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jueves, 9 de julio de 2026

Mercenarios germanos en la Hispania Roaman.. los Salii iuniores Gallicani del Comes Hispaniarum

Los Salii iuniores Gallicani eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre hace referencia a los francos salios, uno de los principales pueblos germánicos establecidos en el bajo Rin. Su denominación indica un origen vinculado a este grupo étnico, cuyos guerreros fueron incorporados progresivamente al ejército romano como parte de la política imperial de integración de contingentes bárbaros en las fuerzas militares de Occidente. El calificativo Gallicani sugiere además su vinculación previa con el ejército de la Galia antes de su asignación a otro teatro de operaciones.

La Notitia Dignitatum, compilada entre finales del siglo IV y comienzos del V, sitúa a los Salii iuniores Gallicani bajo el mando del Comes Hispaniarum, comandante del ejército de campaña de las provincias hispanas. Su inclusión en este documento demuestra que una unidad de origen franco, y por tanto germánico, formaba parte de las fuerzas imperiales destinadas administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque es probable que en esa época la unidad ya estuviera integrada por soldados de procedencias diversas, consecuencia del sistema de reemplazos del ejército romano, conservó su nombre tradicional, que seguía reflejando su origen entre los francos salios y evidencia la creciente presencia de contingentes germánicos en el ejército romano occidental.

Soldados germanos en la Hispania romana. La unidad de los Brisigavi seniores

Los Brisigavi seniores eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre deriva de los Brisigavi, un pueblo germánico perteneciente al grupo de los alamanes, asentado en la región del Breisgau, al este del Rin. Su denominación conserva el recuerdo de ese origen étnico, lo que los identifica como una formación inicialmente reclutada entre guerreros germanos incorporados al servicio de Roma.

La Notitia Dignitatum, compilada entre finales del siglo IV y comienzos del V, sitúa a los Brisigavi seniores bajo el mando del Comes Hispaniarum, el comandante del ejército de campaña de las provincias hispanas. Esta es una de las pruebas más claras de la presencia de una unidad de origen germánico destinada administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque en esa época la composición de la unidad probablemente ya era diversa debido al sistema de reemplazos del ejército romano, el nombre Brisigavi seniores seguía reflejando su procedencia original y constituye un ejemplo de la integración de pueblos germánicos en las fuerzas militares del Imperio romano occidental.

Mercenarios germanos en la Hispania romana, los Tubantes del Comes Hispaniarum

Los Tubantes eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre procede de los Tubantes, un pueblo germánico asentado en la región de Twente, en el actual este de los Países Bajos, dentro del área del bajo Rin. Su denominación conserva el origen étnico de la unidad, indicando que fue formada inicialmente con guerreros de este pueblo germánico incorporados al servicio del Imperio romano.

La Notitia Dignitatum, redactada entre finales del siglo IV y comienzos del V, incluye a los Tubantes entre las tropas bajo el mando del Comes Hispaniarum, responsable del ejército de campaña de las provincias hispanas. Su presencia en este documento constituye una evidencia de que una unidad de origen germánico estaba destinada administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque para entonces sus efectivos probablemente ya no estuvieran compuestos exclusivamente por tubantes debido al sistema de reclutamiento y reemplazo del ejército romano, la unidad conservó su nombre tradicional, que seguía recordando su procedencia germánica y el papel cada vez más importante de los pueblos germanos en las fuerzas militares de Roma.

domingo, 5 de julio de 2026

Germanos al servicio de Roma: la presencia de tropas del Rin en la Hispania tardoimperial

Cuando se aborda la presencia de pueblos germánicos en Hispania, la historiografía tradicional suele situar el inicio de este fenómeno en el año 409 d.C., momento en el que suevos, vándalos y alanos atravesaron los Pirineos aprovechando la profunda crisis política y militar que afectaba al Imperio romano de Occidente. Aquellas invasiones marcaron el comienzo de una nueva etapa histórica que culminaría con el establecimiento de los primeros reinos germánicos en la Península. Sin embargo, esta visión, aunque correcta en términos generales, simplifica una realidad mucho más compleja.

Mucho antes de que los pueblos bárbaros penetraran en Hispania como invasores, hombres de origen germánico ya recorrían sus caminos, defendían sus ciudades y servían en sus guarniciones. No llegaron como enemigos del Imperio, sino como soldados del propio ejército romano. Formaban parte de un sistema militar profundamente transformado durante el siglo IV, en el que el origen étnico de los reclutas había dejado de ser un elemento determinante y donde la fidelidad al emperador y la disciplina militar prevalecían sobre cualquier consideración cultural.

Durante los siglos I y II d.C., las legiones romanas destinadas en Hispania estaban integradas principalmente por ciudadanos del propio Imperio y por auxiliares procedentes de diversas provincias. Sin embargo, las profundas reformas militares impulsadas a partir del siglo III, especialmente durante los reinados de Diocleciano y Constantino, modificaron radicalmente la estructura del ejército romano. La presión constante sobre las fronteras del Rin y del Danubio obligó a incrementar el reclutamiento en las regiones limítrofes, incorporando contingentes completos de pueblos germánicos que, una vez integrados en el ejército, pasaban a formar parte del aparato militar imperial.


Lejos de tratarse de mercenarios ocasionales, muchos de estos soldados desarrollaron largas carreras militares dentro del ejército romano. Algunos alcanzaron incluso los más altos cargos del Imperio, demostrando hasta qué punto Roma había transformado su política de integración. Batavos, francos, salios, bructeros, tubantes, hérulos o ampsivarios aparecen documentados sirviendo bajo las enseñas imperiales en numerosas campañas desarrolladas durante los siglos IV y V.

Una de las fuentes más valiosas para conocer esta realidad es la Notitia Dignitatum, un extraordinario documento administrativo elaborado entre finales del siglo IV y comienzos del V que recoge la organización civil y militar del Imperio romano. Aunque el texto conservado es el resultado de varias actualizaciones, constituye el inventario más completo que poseemos sobre la distribución del ejército romano tardío.

Para Hispania, la Notitia Dignitatum resulta especialmente reveladora. Bajo la autoridad del Comes Hispaniarum, comandante del ejército de campaña destinado en la diócesis hispana, aparecen registradas diversas unidades de infantería y caballería pertenecientes al ejército móvil de Occidente (comitatenses y auxilia palatina). Entre ellas destacan varios cuerpos cuya propia denominación remite a las provincias del Rin inferior y de la Galia Bélgica, regiones donde el ejército romano obtenía desde hacía décadas una parte muy importante de sus efectivos.

Especial interés presentan los Batavi iuniores, unidad cuyo origen debe relacionarse con los antiguos batavos establecidos en el delta del Rin, en el territorio de los actuales Países Bajos. Los batavos habían mantenido una estrecha relación con Roma desde el siglo I d.C., proporcionando algunos de los mejores auxiliares del ejército imperial y adquiriendo una reputación militar que perduró durante toda la Antigüedad tardía. Aunque los Batavi iuniores del siglo IV ya no eran necesariamente descendientes directos de aquellos guerreros, su nombre refleja la continuidad de una tradición militar asociada a una de las regiones más importantes del limes renano.

Junto a ellos aparecen también los Cortoriacenses, cuyo nombre parece derivar de Cortoriacum (la actual Kortrijk o Courtrai, en Bélgica). Esta ciudad se encontraba en una zona fronteriza profundamente militarizada, donde convivían poblaciones galorromanas con numerosos grupos francos y otros pueblos germánicos incorporados progresivamente al sistema defensivo romano. Aunque la Notitia Dignitatum no especifica la composición étnica de la unidad, resulta razonable pensar que buena parte de sus efectivos procediera de este entorno cultural y militar característico del bajo Rin.

Estas tropas pertenecían a los Auxilia Palatina, una categoría de unidades creada durante las reformas constantinianas y considerada entre la infantería de mayor prestigio del ejército romano tardío. A diferencia de los antiguos cuerpos auxiliares del Alto Imperio, los Auxilia Palatina constituían fuerzas de élite integradas en los ejércitos de campaña imperiales, con elevada movilidad, excelente entrenamiento y una importancia táctica fundamental en las operaciones militares del siglo IV. Numerosos estudios han señalado que una parte considerable de estas unidades fue reclutada precisamente entre las poblaciones germánicas asentadas en las provincias del Rin, convertidas ya en uno de los principales centros de reclutamiento del ejército imperial.

La presencia de estas unidades en Hispania adquiere una dimensión aún más interesante cuando se compara con la evidencia arqueológica. Desde mediados del siglo XX, excavaciones realizadas en diversos yacimientos de la Meseta Norte han documentado una notable concentración de objetos característicos del equipamiento militar del ejército romano tardío. Entre los hallazgos más significativos destacan las necrópolis de Simancas (Valladolid), La Olmeda (Palencia), Hornillos del Camino (Burgos) y otros enclaves distribuidos a lo largo del valle del Duero.

Los ajuares recuperados incluyen fíbulas tipo Ballenfibel, hebillas militares de tradición renana, cinturones decorados con placas metálicas, espadas tipo spatha, puntas de lanza y otros elementos cuya distribución coincide estrechamente con la cultura material documentada en las provincias del Rin entre mediados del siglo IV y comienzos del V. Su cronología, situada aproximadamente entre los años 350 y 410 d.C., coincide precisamente con el periodo en el que la Notitia Dignitatum documenta la presencia de unidades del ejército de campaña en Hispania.


Durante décadas, muchos de estos objetos fueron considerados indicadores de asentamientos bárbaros o de la llegada temprana de poblaciones germánicas a la Península. Sin embargo, los avances experimentados por la arqueología militar durante las últimas décadas han llevado a reconsiderar esta interpretación. Hoy resulta evidente que buena parte de este equipamiento formaba parte del armamento reglamentario utilizado por las tropas del ejército romano occidental, independientemente del lugar donde estuvieran destinadas. Un cinturón militar de tradición renana no identifica necesariamente a un invasor franco; puede pertenecer igualmente a un soldado romano destinado en Hispania tras haber servido en las fronteras del Rin.

Esta reinterpretación encuentra un sólido respaldo documental en la propia Notitia Dignitatum. Si el ejército del Comes Hispaniarum incluía unidades reclutadas originalmente en las provincias renanas, resulta perfectamente lógico que sus miembros conservaran parte de su equipo, de sus costumbres funerarias e incluso de determinados elementos culturales propios de su lugar de origen. En consecuencia, la aparición de materiales "germánicos" en las necrópolis hispanas no debe entenderse necesariamente como el resultado de migraciones independientes, sino como la expresión arqueológica de un ejército romano profundamente multicultural, en el que seguramente convivían romanos propiamente dichos, con elementos de etnia germánica. 

En realidad, esta situación refleja una de las transformaciones más profundas experimentadas por el Imperio durante la Antigüedad tardía. El ejército romano dejó de ser una institución formada exclusivamente por itálicos o provinciales romanizados para convertirse en un auténtico mosaico de pueblos integrados bajo una misma estructura política y militar. Francos, batavos, alamanes, hérulos o sármatas podían combatir hombro con hombro bajo las órdenes de oficiales romanos, utilizando tácticas romanas y defendiendo intereses romanos, sin que ello implicara la desaparición completa de sus identidades culturales.

Desde esta perspectiva, Hispania aparece no como una provincia aislada y alejada de las fronteras imperiales, sino como un territorio plenamente integrado en las dinámicas militares del Bajo Imperio. Los soldados que protegían sus ciudades y recorrían sus calzadas procedían de lugares tan diversos como la Galia, Britania, Panonia o las provincias del Rin, convirtiendo a la Península en un espacio donde confluyeron tradiciones militares, culturales y étnicas procedentes de todo el Occidente romano.

En definitiva, la combinación de las fuentes escritas y del registro arqueológico permite plantear una conclusión de gran interés histórico: la presencia de objetos de tradición germánica en Hispania durante la segunda mitad del siglo IV constituye, en muchos casos, la huella material de las propias tropas del ejército romano y no necesariamente la evidencia de invasiones o asentamientos bárbaros anteriores al año 409. Antes de la llegada de suevos, vándalos y alanos, hombres nacidos en las regiones del Rin ya defendían la Península como soldados del Imperio. Paradójicamente, fueron aquellos "bárbaros de Roma" quienes representaron una de las últimas líneas de defensa del poder imperial en Hispania, pocos años antes del colapso definitivo de la autoridad romana en Occidente.

¿Cuántos fueron? ¿En qué cantidad? ¿Cuál pudo ser su número? Evidentemente, resulta imposible establecer una cifra exacta. Las fuentes antiguas no indican el número de efectivos destinados en Hispania ni permiten conocer el origen étnico de cada soldado. Sin embargo, la documentación disponible demuestra que, varias décadas antes de las invasiones del año 409, la Península ya albergaba un contingente significativo de militares de origen germánico integrados en el ejército regular romano.

Aunque entramos inevitablemente en el terreno de la estimación, algunos datos permiten realizar una aproximación razonable. La mayoría de los especialistas, entre ellos A. H. M. Jones, Dietrich Hoffmann, Michael P. Speidel o Hugh Elton, consideran que un auxilium palatinum contaba normalmente con entre 500 y 800 hombres, si bien determinadas unidades pudieron alcanzar ocasionalmente cifras cercanas al millar de efectivos.

La Notitia Dignitatum atribuye al Comes Hispaniarum un ejército de campaña compuesto por varias unidades de Auxilia Palatina, comitatenses y vexillationes de caballería. Sumando las unidades documentadas, la mayoría de las estimaciones sitúan el contingente militar hispano entre 5.000 y 7.000 soldados, pudiendo alcanzar 8.000 o incluso 10.000 efectivos si todas las unidades se encontraban próximas a su plantilla teórica. Una cifra intermedia, cercana a los 6.000 hombres, suele considerarse hoy la hipótesis más verosímil.

Si una parte importante de estas tropas procedía originalmente de las provincias del Rin, tampoco resulta descabellado pensar que muchos de aquellos soldados estuvieran acompañados por sus familias. Desde finales del siglo III era habitual que los militares profesionales permanecieran largos periodos destinados en una misma provincia, formando hogares estables con esposas e hijos. Aunque no existen cifras concretas para Hispania, la presencia de varios miles de soldados podría haber dado lugar a comunidades vinculadas al ejército de entre 3.000 y 5.000 personas de origen o ascendencia germánica, plenamente integradas en la sociedad provincial y bajo la autoridad imperial.

En cuanto a su religión, una pregunta que seguramente muchos os estaréis haciendo. Tampoco puede establecerse una respuesta única. Entre aquellos soldados probablemente convivían individuos que conservaban las antiguas creencias paganas propias de los pueblos del Rin junto a otros que ya habían adoptado el cristianismo, especialmente entre quienes llevaban años sirviendo en el ejército romano. La diversidad religiosa debió de ser la norma en unas unidades donde el vínculo con Roma dependía más de la lealtad militar que de la identidad étnica o de las creencias personales.

Basándonos en la distribución de los hallazgos arqueológicos, parece probable que buena parte de estas unidades estuvieran acantonadas en un amplio corredor que comprendía Simancas, La Olmeda, Hornillos del Camino, el valle del Duero, el entorno de León y Astorga, e incluso algunos sectores del valle medio del Ebro. Desde esta posición estratégica, el ejército móvil podía desplazarse con relativa rapidez hacia cualquier punto de la Península en caso de necesidad.

Si aceptamos un ejército de campaña de unos 6.000 efectivos y un importante componente reclutado en las provincias renanas, es posible que la Hispania de finales del siglo IV albergara la mayor concentración de soldados de origen germánico conocida en la Península antes de las invasiones del año 409. No obstante, esta debe entenderse como una hipótesis histórica y no como un hecho demostrado, ya que las fuentes no permiten cuantificar con precisión la composición étnica de cada unidad. En cualquier caso, conviene recordar que el ejército romano tardío era una institución profundamente multicultural, en la que convivían soldados nacidos en Italia, Hispania, la Galia, Britania, Panonia o las fronteras del Rin, unidos no por su origen, sino por su servicio al Imperio.

Alvar Ordoño 2026

sábado, 13 de junio de 2026

El viejo rey Alfonso II, rey de Asturias y por extensión de Gallaecia (Hispania cristiana)

Yo, Siervo de todos los siervos de Dios, Rey Alfonso, hijo del Rey Froila, después de que, con la ayuda de Dios, tomé la cumbre de todo el Reino de Gallaecia, y/mismo/también de Hispania, que perdiera por el fraude de Mauregato y, de su destrucción, con ayuda de Dios, tomado el mando del reino, aseguré firmemente todas las fortificaciones, pues fueram vengadas por nuestro victorioso rey Señor Alfonso [I], hijo del Duque Pedro, y rescatándolas de manos de los sarracenos por todas las fronteras de Gallaecia [...] me complace establecer el Trono del Reino en Oviedo y construir allí una iglesia en honra de San Salvador a semejanza de la iglesia de Santa María de la ciudad de Lugo.

"Tumbo viejo de la Catedral de Lugo (AHN, Cod., L. 1043) Nº8, fol. 7v: Testamentum Domini Adefonsis Regis de Sancta Christina um.

sábado, 7 de marzo de 2026

Dos soldados godos en una granja hispano romana.

Una imagen que bien podría haber sido sacada de una fotografía de su época. En ella se ve a dos soldados godos, bien vestidos con panoplia militar de influencia romana. Hablan en un patio de una villa hispana dentro de las campañas del rey Walia en España. 

El rey de los godos llegó a Hispania para combatir bajo alianza romana a los vándalos y a los Alanos en el año 416. Terminando sus campañas en el año 418. Durante estos años, Walia dirigió campañas militares en nuestro suelo contra los Silingos de la Bética, y contra los Alanos de la Lusitania y Cartaginense (su rey Addax murió en combate). Tras estas derrotas, los alanos supervivientes se sometieron a los vándalos asdingos, lo que acabaría fortaleciendo al grupo que después cruzaría a África con Genserico en 429. 

Como consecuencia de estas victorias, y después de estas campañas, Roma permitió a los visigodos establecerse como federados en Aquitania (418), con capital en Tolosa (Toulouse). Esto marcaría el inicio del Reino visigodo de Tolosa. Permitiendo a los visigodos tener gran parte de Hispania bajo su control militar como federados del tardo imperio romano. 

Hablando de la imagen en términos estrictos, vemos como los dos godos portan elementos propios del mundo tardo romano. Panoplia militar muy frecuente entre los bárbaros del siglo V, y que ya comenzaron a tener en siglos anteriores por medio de la influencia que Roma tenía en todos ellos, así como por los constantes servicios como mercenarios, que los bárbaros hacían en los ejércitos romanos tardo imperiales. 

El soldado de la derecha porta en su mano un Draco. Mítico y espectacular elemento romano con cabeza de Dragon, cuya utilidad servía para marcar en el campo de batalla a la unidad a la que se pertenecía, así como la dirección del viento. También se especula que podría tener un carácter intimidatorio para el enemigo, pues al entrar el viento por la boca del Dragon de metal, emitía una especie de silbido / viento. El elemento, si bien fue usado por los romanos, quienes lo popularizaron. No es creación de Roma, sino de los pueblos sármatas de las estepas, de quienes los romanos lo copiaron. El portador del Draco era llamado Draconarius. 

domingo, 1 de marzo de 2026

Un guerrero vándalo en Hispania y el casco de Deurne

La imagen representa a un guerrero vándalo del siglo V, exactamente perteneciente a las invasiones del año 409, cuando varias tribus germánicas del nombrado pueblo, atravesaron los pirineos aliados de los alanos. Tras el una ermita románica muy habitual en los paisajes de la mitad norte de Hispania. A día de hoy se sabe que los vándalos, liderados por el rey Gunderico, hijo de Godegisilio, saquearon los cuarteles tardo romanos de las Galias y los pirineos, incorporando a su panoplia militar elementos propios del mundo romano. 

Esto se sabe gracias a las descripciones que hay de algunos autores clásicos, y de algunos investigadores contemporáneos, como Michael Kazanski, quien menciona Amiens, Reims y Tréveris como puntos claves de la fabricación de armamento romano para el uso del ejercito. Todas estas plazas y fabricas fueron saqueadas entre los años 406 y 407 por varios pueblos germánicos, entre ellos los vándalos, quienes tan solo dos años después atravesarían los pirineos. 

Reforzando la idea del uso de elementos romanos a manos de los vándalos, tenemos tambien una referencia en Procopio de Cesarea (Guerra de los vándalos), quien describe a los vándalos asentados en África como un ejercito que vestía y se armaba al estilo romano. Habiendo abandonado sus costumbres primitivas tras su paso por las Galias e Hispania. 

Si nos fijamos en el guerrero representado de la imagen, porta sobre su cabeza un casco tardo romano. Una replica del yelmo de Deurme. Pieza del siglo IV encontrada en las turberas del año 1910 en los países bajos. Seguramente el yelmo perteneció a un oficial alto de la caballería romana (equites stablesiani) hacia el año 319. Se piensa que su entierro pudiera ser un actor ritual tras finalizar el servicio militar. La pieza se encuentra expuesta en el musei de Rijksmuseum Van Oudheden (Museo nacional de Antiguedades) en Leiden, Paises Bajos.

En Hispania los vándalos se dividieron en dos grandes grupos. Por un lado los Silingos y por otro los Asdingos. Unos ocuparon la actual Andalucía, y los otros la zona norte de Castilla León fronteriza con Galicia. En el año 419 Gunderico planifico asestar una derrota a los Suevos de Hermenerico . Y estuvo a punto de hacerlo tras sitiarlos en las montañas. Se supone que el grupo étnico de los vándalos en Hispania ascendía hasta 80.000 pobladores. Mientras que los suevos prácticamente eran solo unos 25.000. Finalmente y contra todo pronostico, los vándalos de Gunderico no pudieron vencer en sus ansias de exterminar a los suevos, todo ello gracias a la intervención romana de Asterio.

Se ha especulado mucho acerca de la razón por la cual los romanos de la costa Mediterránea española se posicionaron a favor de los suevos.. pudiendo ser una razón la geopolítica. A los romanos (ya debilitados) no les interesaba que un grupo germánico muy numeroso venciera a los Suevos controlando toda la península.  

viernes, 27 de febrero de 2026

Gardingo visigodo en el Norte de Hispania

En la siguiente imagen vemos la recreación de un gardingo visigodo del siglo VI, representado durante alguna de sus campañas en el norte de la península ibérica. La escena permite evocar la figura de estos nobles guerreros en su dimensión militar, lejos del palacio pero aún definidos por su condición de hombres de confianza del rey y miembros de su séquito armado.

En el entramado político del reino visigodo de Hispania, el palacio real constituyó mucho más que un espacio residencial: fue el núcleo efectivo del poder. En torno a la figura del monarca se articulaba un círculo de fidelidades personales que garantizaba la defensa, la administración y la proyección de la autoridad regia. Dentro de este ámbito destaca la presencia de los gardingos, cuya propia denominación remite a su función y posición. El término, de origen germánico (garding, vinculado a gard, “casa” o “recinto”), designaba al “hombre de la casa”, es decir, al integrante del séquito palatino unido al rey por lazos de lealtad directa.

La institución de los gardingos hunde sus raíces en la tradición germánica del comitatus, según la cual un jefe militar se rodeaba de guerreros nobles que le debían fidelidad personal a cambio de prestigio, botín y protección. En el contexto visigodo, este modelo se integró en la estructura política heredada del mundo romano, generando una aristocracia palatina que participaba activamente en el gobierno del reino. Los gardingos, por tanto, no fueron meros guardias, sino miembros de una élite cortesana con relevancia militar y política.

Su presencia en el palacio se manifestaba en funciones diversas. Actuaban como custodios de la persona real y del espacio palatino, pero también como consejeros y colaboradores en la toma de decisiones. La cercanía al monarca facilitaba su promoción a cargos administrativos o territoriales, así como el ejercicio de mandos militares en campañas y operaciones defensivas. En este sentido, los gardingos formaban parte de la red de poder que conectaba el centro palatino con el control efectivo del territorio.

La importancia de este grupo radica en que encarnaba el carácter personalista de la monarquía visigoda. En un sistema donde la elección del rey y las tensiones nobiliarias generaban frecuentes conflictos sucesorios, la fidelidad de los gardingos podía resultar decisiva tanto para sostener la estabilidad del trono como para favorecer su sustitución. Su figura ilustra, en definitiva, la centralidad del palacio como espacio político y la persistencia de formas germánicas de organización del poder en la Hispania de época visigoda.

De este modo, los gardingos deben entenderse como una aristocracia de proximidad al monarca: “hombres de la casa” cuya actividad en el ámbito palatino y en los mandos militares contribuyó a articular el funcionamiento y las dinámicas de poder del reino visigodo hasta su desaparición a comienzos del siglo VIII.

sábado, 17 de agosto de 2024

Interesante representación del conde hispano Wifredo el belloso

Curiosa, a la par que muy realista ilustración de JF Oliveras, del conde hispano godo Guifredo el Velloso. Atrezado, muy acertadamente, con elementos propios del mundo carolingio, como el característico casco de típo capacete con cota de malla lateral, o la loriga escamata.

Guifredo fue hijo de Sunifredo de Urgel, fue conde de Urgel y de la Cerdaña (868/70-897), de Barcelona y Gerona (878-897) y de Osona (886-897) de facto.

Wifredo pertenecía a un linaje hispanogodo de las inmediaciones de Prades, en el condado de Conflent, actualmente en el Rosellón francés. Conde de Urgel y Cerdaña en 870, recibió en el año 878 los condados de Barcelona, Gerona y Besalú de los reyes carolingios. Su gobierno coincidió con un periodo de crisis que llevó a la fragmentación del Imperio carolingio en principados feudales.

Wifredo el velloso, fue el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca y el primero que legó sus estados a sus hijos. A partir de entonces, los condados se transmitieron por herencia y los reyes francos simplemente sancionaron la transmisión. 

viernes, 22 de septiembre de 2023

Casas campesinas en la Comunidad de Madrid en tiempo de los godos

La referencia la podéis encontrar en el museo arqueológico de Alcalá de Henares. Concretamente se basa en los hallazgos del poblado alto medieval de Gozquez de Arriba, en el pueblo de San Martín de la Vega (Madrid). 

En ella se puede ver como algunos campesinos utilizaban una oquedad cavada en el suelo, sobre la que establecían una estructura de madera a modo de cabaña. Con ello, la gente menos pudiente, aprovechaban las paredes de tierra fruto del hueco excavado, ahorrando así material para la estructura de madera de su casa. De esa forma solo necesitaban material para el tejado, y la pared frontal de la entrada.

Aun cuando esta construcción esta datada del tiempo de los godos en España. Lo mas probable es que no fuera usada por los godos, sino por los hispano celtas o romanos. Pues el pueblo godo como tal, formaba parte en su mayoría de una aristocracia en el poder. Si bien es cierto, en el siglo VI y VII, el concepto godo aplicado a España, ya no tenía un significado étnico, y el gentilicio venía a significar grosso modo: habitante del reino de los godos. 

De esa forma, en los siglos ya comentados, tanto hispanos de origen celta, como hispanos de origen romano, eran considerados godos por los propios godos de origen germánico. 

de la imagen yo destacaría, la semejanza existente entre esta casa localizada en los yacimientos de Madrid, con las casas escandinavas del periodo vikingo durante la plena edad media. 


Muestra de visigodos en la comunidad de Madrid. Necrópolis de Daganzo

sábado, 6 de marzo de 2021

Gaut, el dios de la guerra Godo. Sacrificios, rituales y comparativas con otras divinidades indoeuropeas

Seguramente vamos a tratar uno de los temas más demandados y que más morbo o interés despierta en todos los lectores  aficionados al mundo de las viejas tradiciones paganas. Saber o intentar averiguar cual pudo ser la religión de los viejos godos antes de que estos abrazaran el arrianismo a manos del obispo Ulfilas en el siglo IV (350 – 360), convirtiéndose posteriormente de forma oficial al catolicismo a manos del rey Recaredo en el III concilio de Toledo del año 589.

Es evidente que “lo godo” está de moda desde hace tiempo, y aun dentro de su aislamiento histórico, al no ser una de las épocas más tratadas en la propia historia de nuestro país. No son pocos los lectores que buscando tradiciones paganas dentro de la península, y ante el auge del germanismo mitológico a raíz del apogeo del mundo “vikingo”, intentan encontrar por medio de esas raíces godas en el mundo hispano, un vinculo que demuestre como nuestros “antepasados” visigodos adoraron a dioses escandinavos sacados de la mitología vikinga. Algo que a mi modo de ver responde más al sensacionalismo contemporáneo de una moda pasajera que a la verdad histórica desde un punto de vista realista / científico. 

Parece evidente no obstante,  que como ocurrió en toda Europa antes de ser cristianizada, los godos adoraron en su patria original Scanzia, la cual no es otra que Escandinavia, a una serie de dioses propios vinculados a su etnia. Dioses que aun cuando pudieran estar emparentados con otras tradiciones nórdicas,  no dejaban de ser nombrados en lengua goda, y tener una vinculación directa consustancial con la propia identidad de la tribu.

Mitologías y creencias populares que fueron sepultadas con el paso de los siglos al abrazar otras creencias religiosas más modernas que se iban imponiendo en todo occidente. Pero que en cualquier caso perduraron con mayor o menor intensidad, y con mayor o menor pureza hasta el siglo IV. Momento en el que el conocido como obispo de los godos, Ulfilas, tradujo la biblia a la lengua gótica empezando con ello un proceso de reconversión al arrianismo que marcaría un antes y un después con respecto a sus tradiciones arcanas. 

Famosa imagen donde se representa al obispo godo Ulfilas explicando la biblia a los godos paganos

¿Pero que sabemos de forma objetiva acerca de la religión de los antiguos godos?. ¿Tienen razón los que avanzan un culto semejante a lo “vikingo” entre los godos de la tardo antigüedad?. ¿a qué dioses veneraban? ¿Qué sabemos de sus cultos?, ¿de sus rituales?. Y especialmente, ¿practicaron o perduraron esas tradiciones durante su etapa como reyes de la Hispania Gothorum?. A lo largo del siguiente artículo vamos a intentar ofrecer algo de luz a todas estas preguntas.

Inicialmente intentaré recopilar todo lo que se conoce referente a textos clásicos, o textos tratados por historiadores y estudiosos actuales tales como: Daniel Gómez Aragonés, Rosa Sanz Serrano, Javier Soto Chica, o Ana Maríra Jiménez Garnica. Autores que mencionan en sus trabajos de alguna u otra forma la religiosidad y la ritualística pagana de los viejos godos en sus diferentes libros. Posteriormente expondré mi pensamiento y conclusión acerca de cuál pudo ser el dios o la divinidad suprema del panteón pagano godo, y qué sobrevivió de su paganismo original en la edad media hispanica.

(..) Tacito situaba a los gutones también en las regiones del océano, en el norte, dentro de su obra. Siglos después, el historiador Procopio (la guerra de los vandalos, 3, 2-3) ampliaba las informaciones llamándolos gauten, considerándolos como originarios de la isla de Thule en las regiones más septentrionales, emparentandolos con el dios  de la guerra Gaut, además de señalar cómo vándalos y godos tenían un mismo origen por su semejanza física; piel blanca, rubios cabellos, altos de estatura y tener la misma lengua y religión, aunque afirmaba que anteriormente se les llamaba saurómatas y géticos. (..)

Con estas palabras la autora Rosa Sanz Serrano en su libro: / Historia de los godos . Cap I EL ORIGEN DE LOS GODOS – Jordanes y la migración de los godos /, describe como existía un culto a un dios pagano entre los gautas originales, antes del proceso de invasión del continente europeo iniciado a lo largo del siglo III de nuestra era. Esa divinidad era conocida con el nombre de Gaut, o Gaut el furioso como escribe José Soto Chica en su libro VISIGODOS HIJOS DE UN DIOS FURIOSO. 

Yelmos ceremoniales del bronce proto germánico de la isla de Vekso (Dinamarca). Se especula sobre su significad. Si bien parece ser que pudieran estar relacionados con algún tipo de ceremonia religiosa.
No es descartable en en fechas arcaicas, los antepasados de los godos en el bronce nórdico utilizaran algún yelmo ceremonial similar, donde los "cuernos" jugaran un papel de símbolo fertilizante a la par que "guerrero / masculino"

La misma autora nos señala y recalca como el culto al dios Gaut  era practicado mientras la tribu de los godos vivía en Escandinavia. Si bien posiblemente y como parece evidente, dicho culto continuaría cuando los godos entraron en Polonia y Ucrania dando origen a las culturas de Wielbark (siglo III) y Chernajov (Siglo IV). Todo ello sin despreciar un proceso de etnogenesis cultural y “racial” que llevaría a buen seguro a los godos a adoptar creencias propias de pueblos no germánicos, como los escitas. 

Pero regresando al estudio de Sanz Serrano… La escritora se hace eco de la descripción de Procopio, quien en su guerra de los vándalos emparenta racialmente a los dos grupos germanos. Señalando que no solo se asemejan en cualidades físicas, sino también en religión. Cosa que ha sido interpretada en algunos sectores como una evidencia de adoración entre godos y vándalos de un mismo dios pagano. Lamentablemente tenemos que desterrar esa idea fruto del desconocimiento. Pues cuando Procopio (siglo VI) habla en esos términos de godos y vándalos, se refiere al arrianismo, como bien apunta Daniel Gómez Aragonés - HISTORIA DE LOS VISIGODOS. 

Sin embargo  ¿que sabemos objetivamente de ese “Gaut”?. Rosa San Serrano sigue hablando de la religión de los gautas en HISTORIA DE LOS GODOS, basándose en un texto del romano Casiodoro narrado por el rey ostrogodo Teodorico el grande:

(..) Los gauthigoths o descendientes del divino Gaut, que después estuvieron divididos en tres grupos según localización, los greutungos, tervingios y los gepitos. Salieron al mando de su rey Bering en tres barcos distintos y desembarcaron en Gothiscandia. (..)

Por otro lado Daniel Gómez Aragonés en su HISTORIA DE LOS VISIGODOS - capitulo 2 , Sub capitulo - LA RELIGIÓN Y LA LENGUA DE LOS GODOS. Nos transcribe varios textos de Jordanes donde se narra determinados sacrificios humanos por parte de los bárbaros con el objetivo de aplacar a su Dios.

(..) El cronista (Jordanes) habla en varias ocasiones de los sacrificios que realizaban los godos a sus dioses “los godos aplacaron siempre a Marte con un culto crudelísimo, pues le sacrificaban como victimas prisioneros, pensando que el modo más indicado de aplacar al dios de la guerra era con el derramamiento de sangre humana” (..) 

Un ritual que nos recuerda inevitablemente a los tan populares y sangrientos sacrificios celtas descritos por los romanos. Pero no queda ahí la cosa, Daniel Gómez Aragonés continúa escribiendo:

(..) Jordanes no se queda aquí, sino que habla de cómo los godos honraban a este dios (Marte) poniendo en los troncos de los árboles - otra vez el factor naturaleza jugando un papel - los restos de los sacrificados y de cómo este dios era el más venerado y respetado (..)

Procopio, en su libro la guerra de los vándalos. Emparenta a godos y vándalos al tener similitudes raciales. Ambos pueblos destacan por ser de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios. cara características que también mencionó Tacito en su Germania como rasgo común a todos los pueblos germanos. 

El texto al que hace referencia Daniel Gómez Aragonés, aparece en el origen y gesta de los godos, donde se pueden averiguar más cosas interesantes sobre las prácticas religiosas de los gautas. El escritor godo Jordanes añade que el padre de los gutones, al que llama Gradivo (Marte) gobierna los campos góticos

(..) A éste le ofrecían las primicias de sus botines, en su honor colgaban de los troncos de los árboles los despojos, y tenían más arraigado su culto que el de las restantes divinidades, ya que les parecía que su devoción por este dios era la que se debía tributar a un padre (..) ..

Tras leer esto, me veo casi en la obligación de escribir  la descripción que Lucano trata en su Farsalia, hablando de un bosque sagrado para los galos,  al cual por cierto honraban con sacrificios humanos. El texto es largo, pero merece la pena.

(..) Había un bosque sagrado nunca violado desde hacía largo tiempo, que rodeaba con sus ramas entrelazadas un aire oscuro y gélidas sombras, ya que los rayos del sol estaban totalmente apartados de ellas. No lo ocupaban los Panes, habitantes de los campos, ni los Silvanos, dueños de los bosques, ni las Ninfas, sino santuarios de unos dioses de ritos bárbaros; ares levantados sobre funestos altares y todos los árboles purificados con sangre humana. Si la antigüedad, que admiraba a los dioses de lo alto, merece crédito, las aves temen posarse en aquellas ramas y las fieras reclinarse en aquellas guaridas; y ni el viento, ni los rayos lanzados por las negras nubes se arrojan sobre aquella enramada. Hay en aquellos árboles, que no ofrecen su fronda a ninguna brisa, un horror particular. También brota de negras fuentes abundante agua y las tétricas representaciones de los dioses carecen de arte y surgen informes de cortados troncos. La suciedad misma y la palidez de la madera ya podrida dejan atónitos; no temen así a las divinidades consagradas por unas imágenes divulgadas: tanto aumenta el terror en no conocer a los dioses a los que han de temer. Ya la tradición contaba que muchas veces a causa del temblor de la tierra las cóncavas cavernas mugían y que los tejos que caían se levantaban de nuevo, que brillaban incendios sin que el bosque ardiese. Los pueblos no lo frecuentan con un culto propio del lugar, sino que se lo han cedido a los dioses. (..) los dioses bárbaros que aquí eran adorados tenían sus altares colmados de horribles ofrendas, y los árboles estaban salpicados de sangre humana.. Nadie se atrevía a entrar en el bosque excepto el sacerdote; e incluso él teme entraren la noche por miedo a que los dioses pudieran salir a tales horas (..) César manda que, introducido el hierro, esta arboleda caiga; pues vencida a la obra y sin haber sido tocada en otra guerra anterior se erguía densísima entre montes desnudos. Pero las fuertes manos temblaron e impresionados por la temible majestad del lugar los leñadores (romanos) creían que, si herían a los árboles sagrados, las hachas se volverían contra sus propios miembros, / despertarían la ira de los dioses / (..) 

(Lucano, Pharsalia, III, 398-455.)

No pretendo asemejar un culto similar entre godos y galos, pero si contextualizar una práctica ritual semejante que tiene como objetivo rendir honores a dioses antiguos que moraban en los bosques. Los celtas ofrecían sacrificios humanos a los arboles, y los godos primitivos honraban a su dios de la guerra entregando en bosques olvidados los miembros despedazados de cuerpos humanos. Todo ello bajo rituales que desconocemos, y bajo ceremonias que no han llegado a nuestro tiempo. 

Siguiendo con Lucano, sabemos igualmente el nombre de los tres dioses a los cuales se honraban sacrificios; Esus Teutates y Taranis. 

Lucano nos ofrece el nombre de la trinidad gala a la que los pueblos celtas ofrecían sacrificios humanos en oscuros y profundos bosques: Esus Taranis y Teutates

(..) Los dioses bárbaros que aquí eran adorados tenían sus altares colmados de horribles ofrendas, y los arboles estaban salpicados de sangre humana.(..) aquellos galos que se hacían propicios con sacrificios humanos a los despiadados dioses Teutates, Esus y Taranis, ante cuyos altares el visitante se estremece (..)

Y también conocemos la vinculación que los romanos hicieron entre su panteón y la trinidad divina Gala. Asignaron a Teutates la equivalencia de Marte, su dios de la guerra. Hablaremos más adelante y con mayor profundidad de las tradiciones galas relacionadas con Teutates, pero antes vamos a continuar hablando y recopilando los datos que tenemos sobre el paganismo del mundo godo.

La escritora Ana María Jiménez Garnica nos cuenta en sus anotaciones del cantar de Waltario, una extraña y sorprendente tradición entre los gautas asentados en el Mar negro. Esto es en el siglo IV, posiblemente a inicios de ese siglo, durante el periodo conocido como cultura de Chernajov (Ucrania). Dice así:

(..) Martius Rector nombre poético de Marte y probable transposición romana del germánico Tiwaz. Este dios, padre divino de los godos durante su etapa en el mar negro (cultura de Chernajov – S IV), tenía su epigrafía en una espada hincada en tierra. Los sajones de tiempos de Carlomagno dieron culto al Irminsul, una de las formas más recientes de Tiwaz, y lo describieron como universalis columna quasi sustinens omnia (..)  / J. DE VRIES, LAS RELIGIONES ANTIGUAS VOL III. Historia de las religiones S. XX, Madrid, 1977, pag 72/

Desconozco la fuente exacta de dicha afirmación por parte de la profesora Jimenez Garnica, lamentablemente no he podido leer el texto original de J. De Vries.  Pero de ser cierta, evidentemente la tradición que atribuye a los godos mediante la cual invocan a Tiwaz / Tyr por medio de una espada clavada en el suelo. Nos recuerda mucho, por no decir en su totalidad. A la tradición alana descrita por Amiano Marcelino, (..) A la manera bárbara, clavan una espada en el suelo y la veneran como a su dios guerrero (..). 

La profesora Jimenez Garnica asegura que los godos clavaban una espada en el suelo y la veneraban como a su dios guerrero. Tradición posiblemente no de origen germanico, y que entraría mas bien dentro de las tradiciones religiosas que adoptaron por influencia con los pueblos asiáticos de las estepas como escitas o sarmatas


Seguramente dicha tradición entre los godos del siglo IV no fuera original de ellos, sino que la adoptaron de los pueblos de las estepas con los que tuvieron gran contacto. Incluso llegando a ser considerados godo-escitas por Jordanes. 

Recordando a Jordanes, sabemos un dato que quizás se nos ha pasado por alto. (..) A éste le ofrecían las primicias de sus botines (..). En su origen y gesta de los Godos, el escritor nos menciona una tradición entre los bárbaros, con la cual ofrecían el sacrificio de parte de los botines de guerra al dios Marte. 

Tradición esta que se ha querido ver en la costumbre impuesta por el rey Ramiro I de Asturias tras la batalla de Clavijo del año 884. El rey decide ofrecer al apostol Santiago Matamoros el botín obtenido tras el combate como muestra de gratitud por la victoria. Iniciando desde ese momento una tradición pactada con el santo, mediante la cual se entregaba anualmente una parte de las mejores cosechas y el pago del botín resultante en cada una de las batallas ganadas. 

Muy posiblemente Ramiro I de Asturias sin saberlo, estuviera recuperando una tradición indoeuropea practicada por los pueblos germanos desde la antigüedad en honor a su dios de la guerra. Práctica que ya describía Jordanes en su libro al tratar el origen y la gesta de los godos. Y que de alguna u otra forma permanecía en el sentir popular alto medieval hispánico de aquellos descendientes del reino godo de Toledo. 

Regresando al tema del paganismo entre los godos. Tenemos un entorno mágico que compartían con los celtas a modo de templo, el bosque. Y conocemos esto no solo por algunos textos escritos anteriormente en este artículo, donde los clásicos nos cuentan como sacrificaban prisioneros de guerra a Marte, si no porque él propio Tacito en su Germánia nos confirma tal suposición al decir:

(..) Por otra parte no consideran digno de la grandeza de los dioses encerrarlos entre paredes ni presentarlos bajo forma humana; les consagran bosques y arboledas y dan nombres de dioses a ese algo misterioso al que solo ven con los ojos de su veneración (..)

Era por tanto el bosque, o más bien determinados bosques consagrados, donde los godos encontraban a sus divinidades para ofrecerlas sacrificios y ofrendas. Teniendo predilección por una a la que llaman Gaut y que los romanos vinculan con Marte

Siguiendo con ese gran libro que es la Germánia, y  en un intento de averiguar la posible “trinidad” pagana de los germanos. Sabiendo ya que los celtas tenían la suya propia, compuesta por Esus, Teutates y Taranis (Lucano, La Farsalia). Nos encontramos con el siguiente texto:

(..) De los dioses honran sobre todo a Mercurio, a quien consideran lícito hacer sacrificios con víctimas humanas en días fijos. Aplacan a Hércules y Marte con animales permitidos. Parte de los suevos sacrifican también a Isis. (..)

Tradicionalmente se ha identificado a Mercurio con Wotan / Lugh, a Hércules con Donnar / Taranis, y a Marte con el dios de la guerra germano  Tyr / Teutates. Por tanto podemos decir que al igual que los celtas, los germanos tenían también una “trinidad divina” compuesta por tres dioses: Wotan, Donnar y Tiwaz / Mercurio, Hércules y Marte.

Comprender esto es muy importante, ya que va a ser la base de nuestro próximo razonamiento al utilizar esta comparativa para descifrar cual pudo ser aquel Gaut descrito por Jordanes basado en los textos de Virgilio. Aquel “padre Gradivo” como también se le nombra en la Getica, que no es otro que uno de los muchos nombres de Marte, cuyo significado está relacionado con el verbo latino Gradior significando “aprestarse al combate” 

(..) El padre Gradivo que gobierna los campos goticos (..) / JORDANES LA GETICA /

Gaut era el dios del cual los godos se consideraban descendientes, y a Marte era a la divinidad que según Virgilio ofrecían sacrificios humanos en los brumosos bosques de norte Europa. ¿Eran la misma divinidad? ¿A qué dios se referían los romanos cuando le comparan con Marte?.

Creo oportuno para el siguiente razonamiento, recurrir a la vieja lengua indoeuropea. Atrasar nuestra investigación hasta los tiempos anteriores a los celtas y germanos. Cuando gran parte del norte de Europa se veía aun en la edad de piedra, a punto de entrar en la era de los metales. Un tiempo en el que reinaban poblaciones indoeuropeas primitivas recién llegadas a Europa desde Asia. Tribus que aun no podían ser llamadas ni celtas ni germanos, pero cuya evolución cultural y étnica daría origen a ambos pueblos. Hablo de los tiempos de la cultura de la cerámica cordada, también llamada la cultura del hacha de combate. 


Sabemos a ciencia cierta hoy en día que los pueblos indoeuropeos introdujeron en Europa el patriarcado divino. Una religión basada en el heroísmo de los dioses celestes. Gran parte de los nombres de los dioses clásicos proceden de aquellos tiempos; El Jupiter romano fue Dius Piter (Dios padre). El Zeus griego fue Dieus, y para los pueblos que darían origen a los germanos fue Diwaz (Diuas / Dios).

A día de hoy casi todos los expertos en mitología germánica han llegado a la conclusión de que el primer dios en importancia durante los albores oscuros del proto germanismo, fue Tyr. Al que se le conoció con distintos nombres como Tiwaz, o el más ancestral Diwaz. Posiblemente el nombre de Diwaz proceda de la lengua indoeuropea arcaica Dieus / Dios

Diwaz por tanto significaría Dios, y es posible que sus orígenes se remontaran incluso a antes de la tradición germánica. Muchos estudiosos apuntan a un posible dios padre de las poblaciones norteñas que evolucionarían en germanos con la llegada de  la edad del hierro. Diwaz no dejaría de ser entonces, un nombre primitivo de Tiwaz, que a su vez fue Tyr en la alta edad  media, y a quien los romanos compararon con Marte. Por lo que podemos asegurar que Tyr fue Marte, y que Marte fue Diwaz. 

Según la tradición escandinava alto medieval Tyr era el dios de la guerra, y de los juicios justos. Curiosamente igual que Teutates, el dios galo al que los celtas ofrecían sacrificios humanos en bosques, y que los romanos equipararon con Marte. Teutates, conocido como Telenvs en Hispania, toma su nombre del viejo indoeuropeo Teut – Tat – Es, cuyo significado es Dios Padre y señor, es decir, padre origen de la tribu, como Diwaz / Tyr

Antes vimos como los godos tenían una deidad padre de la cual se consideraban descendientes. Una deidad a la que llamaron Gaut y de la cual tomaron el nombre de Gautas. En alemán dios es Gott, y se piensa que procede precisamente de la palabra gótica Gaut, la cual significaría Dios. Por lo tanto es muy posible que el Gaut de los godos hiciera las funciones del Teut de los indoeuropeos en el bronce, y del Diwaz de los proto germanos. Un dios de la guerra, padre de la tribu, del cual los godos tomaron el nombre, y que los romanos vincularon con su divinidad de la guerra Marte.

Si esta teoría fuera cierta, Gaut no sería Odin, ni Wotan, como se ha venido pensando habitualmente, sino Tyr / Teutates / Marte / Diwaz, el primitivo dios de los proto germanos. Del cual el propio escritor Jordanes dice tiene prevalencia en culto e importancia por encima de otros dioses dentro del mundo godo (..) tenía más arraigado su culto que el de las restantes divinidades, ya que les parecía que su devoción por este dios era la que se debía tributar a un padre (..) JORDANES / Origen y gesta de los godos /. 

Esta teoría, es sostenida hoy en parte por el especialista en el mundo arcaico de los godos profesor Wolfran, quien duda seriamente en sus trabajos, acerca de que Gaut pueda identificarse con Odin / Wotan.

Lo que está claro, y según hemos visto a lo largo de este articulo, es que los godos durante del siglo III e inicios del IV. Tuvieron los bosques como templos sagrados desde donde dirigirse a los dioses. Ofrecían sacrificios humanos al dios de la guerra “Marte” al considerar la sangre de dichos sacrificios como el elemento más propicio para la divinidad. Nuevamente Gómez Aragones relaciona esta creencia con un incidente histórico, cuando en el siglo V el godo Radagaiso amenaza a los romanos con ofrecer a sus dioses toda la sangre romana. 

Sabemos que esta deidad era la preferida de los gautas, y que gobernaba las tierras donde habitaban. La honraban con una espada clavada en el suelo durante el siglo IV según Jimenez Gárnica, y la ofrecían parte del botín de guerra como gratitud por la victoria. Se consideraban descendientes de un dios / héroe de la patria llamado Gaut. Del cual, y según sus leyendas, ellos mismos se pensaban descendientes al ser el propio Gaut padre de la nación gauta / goda. Gaut comparte con otros dioses cercanos a los germanos determinadas características, como ser padre de la tribu, característica que le emparenta con la divinidad primigenia de los proto germanos Diwaz, quien a su vez se vincula al Teutates galo, y a su vez es vinculado con el Marte romano.  

También sabemos gracias a textos clásicos, que Atanarico mandó construir un tosco ídolo de madera el cual simbolizaba a los dioses, y que amenazó a los cristianos con ser sacrificados a la divinidad si no la ofrecían ofrendas como hacían los demás godos. Jordanes relaciona esta deidad tallada en madera con los anses, los antiguos dioses godos, si bien no aporta el nombre de ninguno de ellos, pudiendo ser relacionada por simple deducción de lo expuesto anteriormente con “Marte”, que como hemos visto no es otro que Gaut / Diwaz, el primitivo dios proto germano padre de la raza y señor de la guerra. 

Por tanto podemos asegurar, que en el moderno panteón escandinavo alto medieval Gaut no es Odin, sino Tyr. Pero.. ¿Qué quedó de todo ese paganismo original en el mundo godo alto medieval? ¿Y sería muy aventurado asegurar que dicho paganismo sobrevivió en la península ibérica bajo dominio visigodo?.

Durante la edad media los godos "humanizaron" a sus dioses transformándoles en héroes de sus cuentos y leyendas. Pasando a tener algunos de ellos atributos propios de sus viejas divinidades 

Resulta evidente deducir que ninguna cultura o religión desaparece de la noche a la mañana en ningún pueblo. Todo proceso de asimilación de nuevas identidades supone un tiempo de fusión donde unas se imponen a la otras. 

Con los godos no ocurrió de forma diferente, y durante gran tiempo el arrianismo de Ulfilas convivió con el paganismo propio de las tradiciones visigodas. Estas tradiciones sobrevivieron al paso del tiempo fusionándose con las propias cristianas a modo de costumbres o creencias populares. Hay varios datos recogidos por Daniel Gomez Aragonés en su libro HISTORIA DE LOS VISIGODOS, que nos demuestran lo comentado, si bien con algunos matices que iremos desarrollando a lo largo de las próximas líneas.

Han sido muy populares y renombrados los concilios de Toledo en los que se hablaba del aumento de la herejía y el paganismo entre los godos. Interpretándose en algunos sectores dichos textos como una evidencia de supervivencia de cultos paganos pan germánicos similares a los vikingos entre los visigodos del siglo VI y VII. Nada más lejos de la realidad, y si bien es cierto que el paganismo estaba aumentando y aun vivía en parte de la Hispania de rural con una importante presencia de creencias antiguas. No menos cierto es que nada tenía que ver con los dioses nórdicos, ni con los dioses antiguos del mundo godo.

En el De Correctione Rusticorum se ofrece un importante conocimiento del mundo rural en Gallaecia, donde la gente de los campos aun practicaba la superstición. Por otro lado sabemos que en algunos montes de la Rioja, los lugareños seguían acudiendo a adorar al “monte” como elemento sagrado desde la antigüedad (morada de los dioses). Y que estas prácticas se mantuvieron de forma residual hasta el siglo VII.

Para más detalle en los concilios de Toledo XI (año 675) y XII (681), reinando en Hispania los reyes godos Ervigio (680 – 687)  y Egica (687 -702). Se establecen normas de castigo para los “visigodos” que practicaran la idolatría y hechicería siguiendo las tradiciones y supersticiones de los hispanos que habitaban el mundo rural. Detrás de estas leyes  podemos interpretar como los godos (si es que en aquellos años aun se puede hablar de godos como tales), especialmente los que estaban más en contacto con el mundo rural. Se estaban dejando influenciar por las tradiciones paganas de los campesinos, participando con ellos de las creencias y prácticas de adoración a espíritus vivientes en montes, arboles, ríos y piedras. 

Por tanto podemos deducir como en efecto a lo largo del siglo VI bajo el mundo godo, el paganismo no solo aun estaba presente en la Hispania visigoda, sino que era practicado alarmantemente por los godos y por los hispanos. No obstante queda igualmente bastante claro que los visigodos ya no recuerdan a sus dioses germanos, sino que practican la hechicería y la superstición que encuentran en la Hispania rural, dejándose influenciar por dichas creencias populares. 

Tampoco pienso que con esto se significara  un olvido a sus creencia cristiana, sino más bien una fusión muy habitual en aquellos tiempos donde los hombres iban a misa por las mañanas y acudían a los campos o ríos por las noches, para pedir gracia o favores a viejos espiritus. A eso es a lo que se refiere el concilio de Toledo con “hechicería y superstición”.

Aún así en el cantar de Waltario del siglo X nos encontramos otro caso de supervivencia pagana mas “germánica” dentro del mundo visigodo. El cantar, traducido por Luis Alberto de Cuenca a lengua castellana, y que cuenta con la aportación de Jiménez Garnica en las anotaciones a pie de página. Aparecen numerosas  reminiscencias  del  paganismo germánico a modo de pequeños “guiños” y gestos de los protagonistas, que Jiménez Garnica identifica con tradiciones y leyendas propias del mundo alto medieval germánico. Todas estas tradiciones culturales aun formarían parte de la “cultura” oral de los godos, no tanto como religión, sino como herencia cultural de origen pagano en tiempos cristianos.

Así pues en la aventura de la saga Waltario el héroe godo pierde una mano, como el dios Tyr. Y su rival queda tuerto de un ojo, como el dios nórdico Odin. Tras el combate la amada de Waltario, la hija del rey de los burgundios Hildegunda. Atiende ofreciendo comida y bebida a los héroes mutilados como hacían las walkirias en el Walhalla, cuidando de los caidos en combate.

En el cantar de Waltario se narra como el héroe godo se aparece en sueños a su enemigo transformado en un guerrero oso. Durante el cristianismo era pecado creer en la transmutación de las almas de hombres y animales. Lo que sugiere una tradición pagana en dicho cantar que Ana J Garnica emparenta con la tradición alto medieval de los berserk. 


Estos son solo algunos de los miles de guiños que se encuentran sutilmente repartidos por todo el cuento. 

Concluimos por tanto que a lo largo de la alta edad media, el paganismo entre los godos continuo a modo de tradiciones residuales en héroes y leyendas, pero no como religión. Si bien, y como se expresa en los concilios de Toledo. El aumento del “paganismo” entre los godos destinados en el ámbito  rural preocupa por su aumento. Lo que evidencia que no solo ellos, sino los propios hispanos aun tenían entre sus tradiciones prácticas paganas heredadas de la antigüedad, las cuales seguramente convivían sin mayor problema con el cristianismo imperante. 

Es decir, y para que quede más claro.. los godos de los siglos VI y VII. Habían humanizado a sus dioses tradicionales convirtiéndoles en héroes de sus cuentos (cantar de Waltario). Practicando oficialmente el cristianismo, y extra oficialmente el paganismo rural vivo en Hispania. Cultos a los espíritus de los montes, ríos, piedras o bosques. Espíritus que a buen seguro hace cientos de años habían sido igualmente viejas divinidades del mundo romano o celta propio de la península.

Alvar Ordoño 2021 - Recreador e investigador histórico de los grupos; BAIRA, REGNUM CASTELLAE, HISPANIA DE LOS VIKINGOS e HISPANIA GERMANORUM -

domingo, 26 de julio de 2020

La presencia germánica en Castilla. Por Olegario de las Heras

«Huar ik im, midzani ik im, dzar is ains Gutiksland»
(Allí donde yo esté, mientras yo esté, eso es una tierra goda)
Aforismo visigodo

«Llevo a Castilla en la planta de mis pies»
Rodrigo Díaz de Vivar

«Buscaba celtas... y encontré germanos»
Miguel Serrano

Ruy Díaz ha salido de Valencia junto a sus gentes de armas. Se dirige al encuentro de Alfonso, rey de Cas­tilla. Cuando ambos hombres de di­visan, Rodrigo se adelanta junto a quince de sus caballeros y descabal­ga. El Poema narra la escena que se desarrolla a continuación: «...el que en buen ora nadó; / los inojos e las manos en tierra los fincó / las yer­bas del campo a dientes las tomó» (1). El gesto ritual germánico que ejecuta Rodrigo Díaz, un gesto de aceptación de la superioridad jerár­quica del monarca, es comprendido y celebrado por todos los presentes. Un caballero germano reconocía como su señor a un rey germano ante una corte germana y una Gefolge de gue­rreros germanos que regresaban del exilio. Visigodos. Tales eran y por tales se tenían.

La conciencia gótica de los pueblos de los diferentes reinos de España es una constante que casi ha llegado a nuestros días. Saavedra Fajardo redactó su Corona Gótica, castellana y austriaca con el fin de ofrecer argumentos para una alianza entre dos naciones pobladas por go­dos: Suecia y la España de los Aus­trias. Mucho antes, en el siglo XIII, Jiménez de Rada comenzaba su na­rración de los avatares de la historia castellana, que tituló Historia Góti­ca, con la salida de los godos de la «Isla de Scania». Esta conciencia se ha reflejado en diversos elementos socioculturales, comunes al conjunto de España, pero especialmente carac­terísticos de la sociedad castellana. En realidad, la percepción que ésta tuvo de sí misma es un hecho que habla por sí solo de una presencia efectiva del elemento germánico en ella. Un reciente estudio sobre algu­nos aspectos del «goticismo», discu­tible quizá en algunos extremos, pue­de verse en Stallaert (1998).

El Occidente europeo sufrió una trasformación profunda a causa de las invasiones germánicas que sellan el final del Imperio de Roma. Estruc­turas político-sociales caracterizadas por la mentalidad y el derecho ger­mánicos se levantan sobre las ruinas de las antiguas provincias occidenta­les. En Hispania, tras muchas vicisi­tudes, los visigodos, se hacen con la práctica totalidad de la Península. Su reino caerá el 711 por efecto de las armas musulmanas y de la miopía política. Es historia conocida.

Desde el mismo momento en el que la ciencia histórica se enfrasca en el estudio de los reinos cristianos altomedievales la presencia en todos los ámbitos de la vida de rasgos de origen germánico hizo evidente que no se había producido ninguna cesu­ra importante entre el reino godo y las nuevas estructuras septentriona­les. El acuerdo entre los historiadores sobre esta cuestión era general, sólo se discutía sobre cuestiones de deta­lle. Sin embargo, en la década de los 70, dos medievalistas, Abilio Barbe­ro y Marcelo Vigil, publicaron una serie de trabajos, entre ellos los más conocidos son los publicados en 1974 y en 1979, sobre el fin del mun­do visigodo y los inicios de los pri­meros núcleos de resistencia cristia­na en el norte astur-cántabro. Su te­sis, que gozó de un éxito inmediato, en realidad por razones más bien ex­tra-académicas como subraya García Moreno en la introducción al libro de Novo Guisán (1992), sostenía, entre diferentes cuestiones, que astures, y cántabros jamás fueron sometidos por los visigodos y que tras la des­aparición como poder dominante en la península de estos últimos se for­marían núcleos de resistencia de tra­dición indígena al poder islámico. Esta tesis, que como hemos dicho gozó de mucho predicamento, está hoy totalmente desechada. Los traba­jos de Besga Marroquín (1983) y Novo Guisán, antes mencionado, han supuesto su carta de defunción. Los godos conquistaron el norte y crea­ron allí los ducados de Cantabria y Asturias. Del primero nos informan, por ejemplo la Crónica Albeldense o la redacción rotense de la Crónica de Alfonso III. Del segundo las fuentes son más antiguas: el Cosmógrafo de Rávena o San Valerio del Bierzo. Por otra parte, el registro arqueológico testimonia una notable presencia vi­sigoda en la región astur-cántabra durante los siglos de existencia del Reino de Toledo: de necrópolis a cecas (Pésicos), de restos arquitectó­nicos a las típicas pizarras visigóti­cas, el registro nos habla de la pre­sencia goda. Territorios controlados políticamente por la aristocracia visi­goda, Asturias y Cantabria sirvieron de refugio a millares de germanos que subían no sólo desde los Campi Gothorum (Sánchez Albornoz calcu­ló un primer asentamiento en estas llanuras de unos 60.000 germanos), sino desde todo el desaparecido reino: «...(los hispanovisigodos) diri­giéndose fugitivos a las montañas
sucumben de hambre» podemos leer en la Continuatio hispana del 754 o también en la Crónica de Alfonso III ya mencionada «entre los godos que no perecieron por la espada o de hambre, una parte se acogió a Fran­cia, pero la mayoría se refugió en esta patria de los asturianos». Las fuentes musulmanas (Al Razi, el Aj­bar Ma^ymu'a, Ibn'ldari, etc.) narran los mismos acontecimientos. Los numerosos hidalgos de la zona en la Edad Moderna, sucesores a través de los infanzones, de los filii primatum visigodos; la toponimia, tanto en su aspecto positivo, que prueba inmi­graciones colectivas, como en el ne­gativo, que explica la desaparición de topónimos germánicos en el valle del Duero; la temprana presencia de nombres godos y la pronta aparición en la región de instituciones de estir­pe germánica, sólo explicables a tra­vés de la inmigración visigoda, son los argumentos clásicos que para Sánchez Albornoz (1966, 152-154) avalan la realidad de la migración gótica hacia el norte. Allí los godos reconstruirán sus estructuras políticas según sus usos tradicionales.

Efectivamente, el proceso recon­quistador y repoblador que se inicia en el lado septentrional de los mon­tes expande un ente político esencial­mente germánico y un pueblo étnica­mente germanizado. El reino oveten­se pronto recrea las instituciones po­líticas de la desaparecida corte tole­dana, en el ámbito de lo ideológico, lo institucional y lo «espacial»: Ban­go Torviso (1992, 303-4) escribe acerca de la arquitectura «prerrománica astur»: «En líneas generales, se puede afirmar que los espacios arquitectónicos de los edifi­cios y los aspectos sociales que ex­plican su funcionalidad son los mis­mos que se codificaron en el arte tardo-romano de la Hispania gober­nada por los reyes godos de Toledo. Es en este sentido que prefiero hablar más unitariamente del arte medieval prerrománico y considerar­lo, como he hecho en alguno de mis últimos trabajos, como la prolonga­ción del ordo gothorum. Esta tradi­ción no se agotará hasta que sea su­plantada por el arte románico».

El pequeño núcleo neogótico pronto se estabiliza y comienza el lento regreso hacia el sur de las espa­das y los arados germánicos. Escribe Sánchez Albornoz (1978, 48): «Es notorio que la repoblación de la zo­na portuguesa se hizo por gallegos, suevo-godos y algunos mozárabes; que el reino de León se pobló por astures, algunos godos, algunos ga­llegos y muchos mozárabes. Y que repoblaron la Castilla condal, vasco­cantábricos, las masas godas refu­giadas al norte de los montes y un puñado de mozárabes. La toponimia y el habla de cada una de estas re­giones comprueban esas realida­des». Sólo indicaremos que hay co­mún acuerdo en el goticismo de los mozárabes que migran hacia el norte, de lo que hay abundantes testimonios en las fuentes musulmanas, y en el carácter germánico, atestiguado por la antroponimia, de muchos repobla­dores «gallegos» y «asturianos».

No obstante, ¿Qué hombres y qué tipo de sociedad son los que se están expandiendo sobre las tierras que se extienden desde las costas del Cantábrico hasta el Duero? En reali­dad, todos y cada uno de los elemen­tos políticos, sociales y culturales que aparecen ante nuestros ojos nos remiten al inmediato pasado visigo­do.

Frente a algunas sugestiones en contra, la investigación antropológi­ca ha determinado de forma incon­testable el carácter nórdico de las poblaciones góticas asentadas en la meseta. Escribe llse Schwidetzky (1957, 160, 161): «No obstante, en función del material de que dispone­mos puede concluirse: los visigodos hispánicos, cuyos restos se nos han conservado en los cementerios de Castilla, presentan el mismo carác­ter antropológico que las poblacio­nes germánicas de los Reihengraber (sepulturas en hileras) de la Europa central y nórdica y que la población del territorio de origen gótico. A pri­mera vista esta conclusión podría parecer sorprendente. Pero tras un examen más atento, no está en nin­gún modo en contradicción con la historia del pueblo visigodo». En una muy detallada investigación poste­rior, Varela (1974-5) llega a una con­clusión semejante; en las páginas 152-3 podemos leer: «...se comprue­ba que el tipo más frecuente en las necrópolis visigodas es el nórdico de las sepulturas en hileras, cuya pro­porción es del 56,50 % (...) medite­rráneo grácil el 20,76% y el croma­ñoide con 12,25% (...) el braquimor­fo curvooccipital y el mediterráneo robusto con el 6,71% y 3, 78% res­pectivamente. Estos porcentajes con­trastan con los obtenidos por Pons en los hispanorromanos de Tarrago­na, sobre todo por la ausencia de ejemplares nórdicos en la citada po­blación»; en cuanto a las compara­ciones con otros grupos afirma: «Los resultados obtenidos por este método ponen de manifiesto que los visigo­dos españoles se aproximan más a los grupos nórdicos que a los medi­terráneos, no sólo por el grado de las desviaciones sino por el sentido de las mismas (...) las series nórdicas que muestran una mayor semejanza con los visigodos españoles son las poblaciones de Mitteldeutsche y de Südwetdeutsche». Lamentablemente, como el propio Varela señala, hacen falta estudios que valoren la trascen­dencia en la población española pos­terior de «esta importante influencia de los grupos nórdicos durante el periodo visigodo» (2). Sin embargo, es posible que el avance de la inves­tigación nos confirme este extremo: Especialistas de la Universidad de Barcelona están estudiando sepultu­ras excavadas en roca de tradición visigoda halladas en el norte de Cas­tilla datables, en principio, en los siglos VIII o IX, correspondientes a individuos de elevada estatura (Varela ha constatado que los indivi­duos de las tumbas visigóticas pre­sentaban una media de estatura supe­rior, por ejemplo, a los escandinavos de aquella época). Sin embargo, sí que podemos inferir una presencia masiva del tipo nórdico en las tierras de Castilla y León durante los primeros siglos de la reconquista: numero­sas miniaturas o frescos (¡San Isido­ro!) nos muestran retratos de perso­najes de todas las clases sociales del reino con los cabellos rubios o casta­ños y los ojos claros; la piel es siem­pre clara y sonrosada. Igualmente, no son raras en los textos descripciones de personajes con estos rasgos. Y es de sobra conocido el valor que se les concedía en la sociedad castellano­leonesa. Pero no sólo esto: las fuen­tes musulmanas, muy detallistas a este respecto, nos retratan una pobla­ción septentrional, y no sólo a la no­bleza, notablemente rubia y blanca. Estas gentes no eran sino los descen­dientes de los nórdicos enterrados en las sepulturas visigóticas.

En cuanto a la sociedad que van forjando estos hombres, comenzare­mos nuestro breve repaso citando in extenso algunos párrafos escritos por Antonio Hernández (1982, 31-5) en los que coteja la sociedad visigoda y la castellanoleonesa, en las dos ver­tientes cortesana y popular, resu­miendo de manera clara y amena los enormes paralelismos entre «ambas» sociedades: «Los visigodos (...) no identificaron jamás la idea de pueblo (volk) con un determinado país. Pri­mera semejanza con los castellanos que jamás identificaron a su reino con un determinado paisaje o unas características geográficas, sino con una forma de ser, de vivir, de enten­der la vida (... ) Nunca se habló de un rex Hispaniae sino de un rex Got­horum. Este apego a la propia nacio­nalidad como carácter racial se ma­nifestaba en el importante papel que desempeñaban los vínculos deriva­dos de la comunidad de sangre. El grupo familiar y gentilicio, como después en Castilla y León, tenía una gran cohesión interna y estaba en la base de la organización política del pueblo visigodo. Comprendía a las personas descendientes por línea masculina de un mismo tronco (Sippe), lo cual suponía una unidad de intereses en sus relaciones con los miembros de otras sippes y daba a estos grupos familiares cierta enti­dad jurídico-pública. Esta entidad se basaba en el respeto del principio que otorgaba igualdad jurídica a todos los miembros de cada uno de ellos y que excluía toda enemistad entre los mismos, debiendo todos los componentes de la sippe vengar con­juntamente la ofensa inferida a uno de ellos por un miembro de otro gru­po gentilicio. Nada más lejos del de­recho romano vigente entre los his­panos desde hacía ya varios siglos, proclive a los tribunales antes que a la espada; y nada más cerca de las costumbres y normas que volveremos a ver prácticamente calcadas en León y Castilla: la hidalguía como sentimiento de ser, no sólo "hijo de sus obras", hijo de algo, sino más bien como ser hijo de alguien, senti­miento de clan que se extiende más allá de la propia persona para al­canzar a ascendientes y descendien­tes, laterales y colaterales, cónyuges y criados e incluso animales y cosas. Este sentimiento de pertenecer a un tronco común al que pertenecen los que por línea paterna llevan el mis­mo gentilicio, comporta entre los castellanoleoneses, como entre los godos, una serie de obligaciones y modelos de conducta que llevan a ese orgullo y soberbia castellanos: venganzas, desafíos, odios que dura­ban generaciones enteras, enemista­des familiares convertidas en verda­deras guerras de bandería, tan típi­cas en nuestra historia y reflejadas de modo harto elocuente en el Ro­mancero y los Cantares de gesta (La Afrenta de Corpes, Bernardo de Car­pio, Los Siete Infantes de Lara, etc.)».

«Junto a los vínculos de sangre, los vínculos de fidelidad. En virtud de ellos una persona, voluntariamen­te, pasaba a depender de otra, de la que recibía protección en caso de necesidad, a cambio de prestarle un juramento de fidelidad que le obliga, sin perder por ello su condición de hombre libre, a seguirle y a luchar a sus órdenes, recibiendo manutención y ropa. De esta forma los visigodos poderosos se veían rodeados de gru­pos de fideles que recibían el nombre germánico de gefolge o gesiende. He aquí otra costumbre seguida por los castellanos y de la cual tantos y tan­tos ejemplos tenemos en nuestra his­toria. ¿Qué otra cosa eran las mes­nadas de los condes de Castilla, le­vantadas por todos los infanzones que les debían lealtad? Precisamente la palabra mesnada significa "los que comen pan en la mesa de su se­ñor"».


«El órgano esencial de la vida política de los visigodos era la asam­blea de hombres libres capaces de combatir (Thing o Ding); esta asam­blea tenía poder judicial y en su seno se debatían todos los problemas im­portantes de la comunidad y a ella tenían acceso las mujeres en repre­sentación de sus maridos, padres o hijos muertos o ausentes ¿No es esto antecedente exacto de los célebres "concejos abiertos" de la Castilla condal?». Acerca de la asamblea ju­dicial rural asturleonesa escribe Sán­chez Albornoz (1978, 77-78): «¿Contribuyeron a su formación la asamblea germánica y el conventus publicus vicinorum (propio de la Hispania visigoda)? (...) creo haber demostrado que los iudices hispano­godos se hallaban asistidos por audi­tores o jurados, siguiendo probable­mente la tradición germánica; y no es aventurado suponer que en la zo­na donde los godos se asentaron ma­sivamente, con otras muchas tradi­ciones visigodas perduraría la cos­tumbre de congregarse para resolver sus problemas judiciales menores (...) los emigrantes habrían llevado estas prácticas al norte en el siglo VIII y los repobladores las habrían luego llevado al valle del Duero» y más adelante «Las leyes leonesas presentan a los ciudadanos de León, pertenecientes a la nueva clase de los hombres libres que estudiamos, admitidos a pruebas judiciales de abolengo germánico y les otorgan derecho de venganza, en la España cristiana probablemente de origen visigodo. Y es precisamente en los fueros otorgados a los municipios en lo que se agruparon los hijos y los nietos de los pequeños propietarios libres asturleoneses donde Ficker e Hinojosa han encontrado huellas más claras del derecho germánico en España. Será por ello aventurado negar que entre los boni homines que la repoblación creó en el reino leonés figuraron muchas familias de sangre gótica» y «Muchos textos nos demuestran en efecto que en el con­cilium y ante los boni homines se hacían las donaciones y las conpra­ventas, se nombraban los ejecutores al uso germánico y se acordaba todo género de contratos» (Sánchez Al­bornoz 1978, 77-78; 174 y 181-182). En este ámbito del derecho los godos populares de la meseta practicaron lo que luego sería llamado por los cas­tellanos fuero de albedrío o derecho consuetudinario, interpretado por un juez popular o mejor dicho dos: los guzmans (literalmente los "hombres buenos") y "hombres buenos" llama­rían luego los castellanos a sus jue­ces (los célebres "bisjueces"). Los usos jurídicos germánicos que apare­cen en Castilla, repudiados por el Fuero Juzgo, una compilación esen­cialmente de derecho romano, eran, entre otros, la responsabilidad penal colectiva, extendida a los parientes o conciudadanos del ofensor; la ven­ganza privada, la prenda extrajudicial y otras formas de tomarse la justicia por sí mismo, sustrayéndola a la au­toridad pública; el duelo judicial; los compurgadores o conjuradores que acompañaban a quien debía justifi­carse mediante juramento y juraban con éste no siendo necesario el cono­cimiento el hecho objeto de tal justi­ficación etc. Estos usos no aparecen sólo en la Castilla condal sino en la totalidad del Reino leonés.

Pero sigamos a Antonio Hernán­dez en su comparación de ambas so­ciedades: «En cuanto a la vida fami­liar, los visigodos eran celosísimos guardianes del honor conyugal, no circunscrito solamente a los dere­chos del varón sino a los de la mujer. No es necesario aportar prueba al­guna (la Historia habla) para com­probar la importancia y la gravedad de todos los asuntos relacionados con la fidelidad conyugal entre los castellanos de los primeros siglos; pundonor que, pasando por las Parti­das, con terribles penas para el adul­terio, llega hasta el siglo de Oro de la literatura de Castilla; recuérdese el ya proverbial "honor calderonia­no" que ha llegado hasta nuestros días. La severidad de las leyes visi­godas para defender la familia está bien patente: se imponía la pena de muerte por el uso o la entrega de drogas para causar el aborto. En cuanto a la aplicación del derecho de gentes, en el que Castilla y León destacarían por su humanismo, tene­mos antecedentes en las disposicio­nes del rey Wamba en su expedición a Septimania tras la rebelión del du­que Pablo, donde castigó severamen­te a los soldados culpables de sa­queo y ultrajes y ordenó circuncidar a los violadores de mujeres».

«Por contraste, los visigodos eran extraordinariamente tolerantes en materia religiosa. Pocos pueblos han merecido mejor el calificativo de tolerantes: un visigodo fue el que increpó a Gregorio de Tours, pro­bándole que era deber de cristianos tratar con respeto lo que para otros era objeto de veneración, incluso los ídolos de los gentiles. Mientras per­manecieron en el arrianismo jamás intentaron entrometerse en los asun­tos doctrinales católicos (..) Esta tolerancia es norma en todo el Reino de Castilla y León desde el siglo VIII al XIII, llegando incluso a titularse Alfonso VI y Alfonso VII como Em­peradores de las Tres Religiones».

«Por lo que respecta a la orga­nización social, los visigodos eran un pueblo de ganaderos y agriculto­res. Entre las clases populares del norte (la meseta), la propiedad pri­vada apenas estaba desarrollada, no así entre las clases altas que se asen­taban principalmente en la Corte de Toledo y que eran propietarias de grandes latifundios. De ahí vendría después la separación clasista (que no racial o nacional) entre leoneses y castellanos, latifundistas lo prime­ros y comunales los segundos, como veremos detalladamente más adelan­te, aunque descendientes de godos eran tanto unos como otros, en bue­na parte». En realidad, no podría hablarse en justicia de una frontera geográfica neta entre una Castilla popular y un León señorial: sólo ca­bría hablar de una mayor intensidad de la presencia de unas estructuras socioeconómicas o políticas determi­nadas en momentos y espacios deter­minados. Castilla conoció los señorí­os, laicos y eclesiásticos y León mu­chas comunidades con instituciones comunales. Basta ojear los trabajos, ya clásicos, de Sánchez Albornoz, Julio González, Julio Valdeón, Sal­vador de Moxó, Emilio Mitre y tan­tos otros.

«La unidad económica de habi­tación era la aldea o marca cuyos miembros poseían colectivamente el ganado y las tierras, los cuales se sorteaban periódicamente entre los miembros de la marca para su apro­vechamiento particular; sólo la casa y el huerto situado alrededor de ella eran propiedad privada y enajenable de cada uno. Los pastos, los montes y los bosques eran propiedad comu­nal (Allmende) y de aprovechamien­to colectivo. También las faenas agrícolas se realizaban colectiva­mente ¿Cabe encontrar algo más parecido al sistema que luego des­arrollarían los primitivos castellanos al comienzo de la Reconquista?». Sánchez Albornoz (1978, 167-72) sostiene que estos sistemas comuna­les de trabajo tienen su origen en el «sistema germano de explotación coactiva de los campos de labor y de aprovechamiento colectivo de la All­mende», aludiendo a su pervivencia en algunos lugares de Castilla (Comarca de Riaño o Zamora) en el siglo XIX.

«En el orden económico, los visigodos aportaron notables mejo­ras en la agricultura y la ganadería en los lugares en los que se estable­cieron, como por ejemplo la intro­ducción de la alcachofa, desconoci­da en la Hispania romana y que ellos trajeron consigo; el cultivo del man­zano para al fabricación de sidra, la explotación intensiva del trigo y, por último, la mejora y aumento de la cabaña ganadera, que floreció a partir del siglo V. Se desarrolló mu­chísimo, en efecto, la ganadería la­nar (tan importante en la economía de la primitiva Castilla y herencia directa de la economía goda popu­lar), y nos consta el hecho de que ésta pasó a ser, precisamente en aquel momento, transhumante, aban­donando su antigua categoría esta­bulada, única en la Hispania roma­na. Fundamentalmente enfocada a la producción lanar mientras que la de cerda, que también alcanzó mucho más auge que durante el periodo ro­mano, lo estaba a la alimentación. Grandes rebaños transhumantes y cría doméstica de cerdos para con­sumo familiar: otra herencia que los castellano leoneses recogieron de sus abuelos visigodos. Dedicaron al ga­nado caballar una especial atención por su utilidad bélica ya que todo godo libre que pudiera mantener un caballo entraba a formar parte de los cuerpos montados: un clarísimo antecedente de lo que después en Castilla se llamará caballería villa­na».

Estos sencillos apuntes delinean, efectivamente, una transición sin so­lución de continuidad entre las co­munidades visigodas y el pueblo cas­tellanoleonés. Pero son más y de di­ferente orden los testimonios que encontramos de la presencia germá­nica. La arqueología nos habla de la pervivencia de estilos en artes meno­res, de la perpetuación de costumbres funerarias o de los estilos arquitectó­nicos: el ya mencionado arte asturia­no, las iglesias rupestres (aunque éste es un tema espinoso) o la posible da­tación posterior a la conquista musul­mana de algunas iglesias visigodas.

Por su parte, la diplomática documenta un gran predominio de la antroponimia germánica entre los castellanos y leoneses de los prime­ros siglos: alrededor del 50% de pa­tronímicos reflejados en documentos civiles, subiendo hasta el 90% en las clases altas, siendo harto sabido que sólo a personas de origen germánico se les daba un nombre de ese tipo, aunque los de origen latino, griego, etc., podían corresponder en muchos casos a germanos (son numerosos los documentos en los que se especifica que un godo con nombre germánico es conocido también por otro latino). Los documentos están firmados o mencionan a hombres de todas las clases sociales que se llaman Frede­nando, Godosteo, Soario, Ruderig, Sinderedus, Gundisalvus, Ulfilas, Ibbas, Uldila, Sisbert, Segga, Granis­ta, Wildigern, Liuva, Argimund, Fro­ga, Afrila, Guldimir, Ricimir, Akhila, Sintharius, Geila, Floresindus, Gu­discalcus, Ranosindus, Argebald, Gundefred, Eldigis, Wiliesind, Wal­demir, Recaulfo, Idulfo, Ervigio, Fa­vila, Fruela o a Alonso, Alvaro, Ber­mudo, Gonzalo, Guerra, Guardia, Ramiro Manrique... pero también a Ermenesinda, Elvira, Urraca, Matil­de, Benilde, Alodia, Berenguela, Brunequilda, Gasuinda, Ingundis, Goisvinda, Gosuinda, Hiduarens, Ringuntis, Ermenberga, Hildoara, Hilda, Liuvigoto, Teudigoto, Cixilo, Egilo, Ello, Elduara, Giselawara, Monnia, Ginta, Glarea, Adergoto, Anderquina, Guntroda, Flagina, Ar­gilo, Gutina... nombres visigodos de infanzones, campesinos, iudices o monjes.

Pero la documentación diplomáti­ca ofrece una información sobre la presencia visigoda en el origen de Castilla o León de tal magnitud que apenas podría describirse. Un botón de muestra: Los títulos de infanzonía que se concedían desde la corte de Oviedo a los descendientes de los filii primatum visigodos, condes de las ciudades o jefes de marcas o al­deas de Tierra de Campos, son, por ejemplo, muy numerosos en la Casti­lla condal. En tiempos de García Fer­nández unos 600. Siendo los infanzo­nes un grupo minoritario entre los godos podemos hacernos una idea de la importancia del elemento visigodo en la pequeña Castilla de ese mo­mento.

La toponimia nos ofrece una enorme cantidad de nombres de po­blaciones que denotan un origen eti­mológico gótico formados a partir de los términos burg, godo, guz o antro­pónimos germánicos. Hernández (1982, 59-60) proporciona más de un centenar distribuidos por el triángulo que forman las provincias de Santan­der, Salamanca y Soria. Frente a este número, por ejemplo, sólo son once, y circunscritas, salvo dos excepcio­nes, a los rincones nororientales de las provincias de Burgos y Palencia, las poblaciones que por su nombre delatan el origen vascón de sus repo­bladores. No obstante, la toponimia y la antroponimia documentan la pre­sencia de cierto numero de elementos vasco-navarros ( esencialmente nava­rros) en la Extremadura castellano­leonesa (grosso modo las tierras al sur del Duero hasta las sierras) con­centrados especialmente en la pro­vincia de Ávila. Vease por ejemplo Villar (1986, 103-116). Sin embargo, su numero es en verdad pequeño, y en él se incluyen ademas los de ori­gen riojano, resultando discutible la adscripción vascona de algunos de ellos.

En otro campo Hernández nos proporciona una interesante indica­ción relativa a las danzas de espadas o del paloteo, muy comunes en las tierras castellanas, especialmente en la septentrionales, y que para etnólo­gos alemanes (Hernández 1982, 65­66 y notas 16, 17 y 18) serían danzas germánicas de carácter guerrero, idénticas a las que aun se conservan en las islas de Frisia y de Islandia y cuya preservación entre las comuni­dades rurales visigodas y castellano­leonesas es lógica por razones socia­les y culturales y que resulta imposi­ble por razones de la misma naturale­za que fueran patrimonio de los pue­blos célticos del norte peninsular.

Pero uno de los elementos cultu­rales en los que se hace más visible la huella germánica es en la épica. Los cantares de gesta son, en verdad, cánticos guerreros y leyendas tradi­cionales góticas. Se sabe que se can­taban ya en el siglo IX. Cantos heroi­cos tradicionales pertenecientes a un pueblo nuevo. En realidad, cantos tradicionales pertenecientes a un pueblo antiguo, el godo, que perdura en sus descendientes biológicos cas­tellanos y leoneses. Estos cantos na­rran las hazañas de los héroes anti­guos y de los presentes. Se recuerdan los antiguos: los Carmina Maiorum de los que habla San Isidoro (Menéndez Pidal 1969, 26-27) y se componen otros siguiendo patrones semejantes. Escribe Menéndez Pidal (1974, 19 y ss.) «...conviene suponer para la épica castellana esos mismos orígenes germánicos (que la épica francesa) (...) Tácito nos habla de antiguos cantos de los germanos que servían de historia y de anales al pueblo, y nos indica dos asuntos de ellos: unos celebran los orígenes de la raza germánica, procedente del dios Tuistón y de su hijo Mann (esto es una epopeya etnogónica); otros cantaban a Arminio, el libertador de la Germania en tiempos de Tiberio (una epopeya enteramente histórica). Más tarde, el uso de estos cantos narrativos está atestiguado respecto a varias de las razas germánicas que se establecieron en territorio del Im­perio romano: lombardos, anglosa­jones, borgoñones y francos. Por lo que hace a los establecidos en Espa­ña, la existencia de estos cantos está afirmada por testimonios diversos (...) En apoyo de este presumible en­tronque de la epopeya castellana con las leyendas de la edad visigoda, no­taremos que la sociedad misma re­tratada en esa epopeya tiene un ca­rácter fuertemente germánico que enlaza a su vez son las instituciones y costumbres de los visigodos, reto­ñadas en los reinos medievales. En la épica castellana el rey o señor, antes de tomar una resolución con­sulta a sus vasallos, clara manifesta­ción del individualismo germánico. El duelo de los dos campeones reve­la el juicio de Dios, y se acude a él tanto para decidir una guerra entre dos ejércitos como para juzgar sobre la culpabilidad de un acusado. El caballero, en ocasiones, pronuncia un voto lleno de soberbia y difícil de cumplir, costumbre que proviene de un rito pagano conocido entre los germanos. La espada del caballero tiene un nombre propio que la distin­gue de las demás. Se cortan las fal­das de la prostituta como pena infa­mante. El manto de una señora es, para un hombre perseguido, asilo tan inviolable como el recinto sagra­do de una iglesia. Y así otros muchos usos. Pero no hablamos sólo de usos aislados. Las más significativas cos­tumbres germánicas se constituyen como el espíritu mismo de la epope­ya». Y a lo largo de varias páginas deliciosas Menéndez Pidal señala la presencia en la epopeya castellana todos los rasgos psicológicos y socia­les que Tácito hace propios de los hombres del Norte: embriaguez, su­ciedad o pereza, pero también inde­pendencia indomable, castidad y fi­delidad; su sistema de congregar la hueste o el ardor belicoso en presen­cia de la mujer; los consejos de los hombres de armas y el gusto por lle­gar tarde; la venganza obligatoria para todos los parientes y la inexis­tencia de perdón para el adulterio: El acto ritual infamante de desnudar a la mujer adúltera en público que Tácito describe, resuena en los versos del romancero: «Yo te cortaré las faldas por vergonzoso lugar /por cima de las rodillas un palmo y mucho más». Una valoración reciente de las ideas de Menéndez Pidal sobre el origen de la épica castellana puede verse en Millet (1998 11-28).

Pero otra aproximación al mun­do de la épica nos puede revelar otros aspectos para muchos quizá inesperados. Ana Ma Jiménez Garni­ca llama la atención en su introduc­ción a la traducción del Cantar de Valtario de Luis Alberto de Cuenca (Madrid 1998), poema muy relacio­nado con el castellano de Gaiferos, sobre la coexistencia de dos mundos en conflicto en el poema, el pagano y el cristiano. Valores de ambos mun­dos se contraponen y algunos de los protagonistas aparecen caracteriza­dos con los rasgos definitorios de los grandes dioses del panteón germáni­co (Wotan Tiwaz..) Pero lo más no­table sería, según Jiménez Garnica que «...bajo el aparente carácter profano de Waltharius, la atención se centra en el héroe y en su conflic­tivo proceso interno de espirituali­dad, lo que es rasgo común a la épi­ca germánica y causa de su específi­co carácter trágico y fatalista (...) para regresar a su patria tiene que superar una serie de disciplinas psi­cológicas y físicas que le capacita­rán como futuro monarca». Además, Waltharius parece reunir en su perso­na una «síntesis trifuncional»: tras la batalla ejecuta actos rituales germá­nicos a divinidades correspondientes a los tres ámbitos funcionales. En definitiva, estamos ante una poesía que en palabras de Menéndez Pidal (1974, 28) tuvo «que nacer entre los descendientes de los germanos esta­blecidos en España, los que ocuparon aquellos Campos Góticos, en cuyo límite oriental surgen las pri­meras manifestaciones épicas cono­cidas» y que, mostrando un mundo de valores germánicos, fueron quizás el refugio de una sabiduría que ape­nas podía transmitirse por otros me­dios.

Pero la herencia germánica en Castilla no se agota en los campos que hemos mencionado hasta ahora. La etnología, la antropología social, que documentan la pervivencia en el folclore y los usos sociales de ritos y costumbres de raigambre germánica, y sobre todo la lingüística son cam­pos que no hemos abordado (salvo la mención a danzas o topónimos y an­tropónimos), dado que esperamos tratarlos, junto a un análisis detallado del derecho consuetudinario germá­nico, en un próximo trabajo.
Con todo, nuestro objetivo ha sido únicamente llamar la atención no sólo sobre lo inmenso de la huella germánica en nuestro pueblo, sino sobre todo, como alguien ha escrito ya, sobre el germanismo como «alcaloide de lo castellano», como eje, como Irminsul, alrededor del cual se despliega en todas direccio­nes aquello que sólo cabe definir con su propio nombre: Castilla.

Olegario de la Eras / La presencia germánica en Castilla. Tierra y Pueblo nº 1. Valencia 2003

Notas:

1.Poema de Mio Cid, Introduc­ción y notas de Ángeles Cardona de Gibert y Joaquim Rafel Fontanals y versión modernizada de Maria Juana Ribas, 128 edición, Barcelona 1982, pp. 288, versos 2020-2022.

2. No obstante, es preciso señalar que en los últimos decenios se ha revisado el conjunto de necrópolis atribuidas a los visigodos, eliminán­dose un cierto número de ellas, ya que se ha establecido su carácter tar­dorromano y su cronología anterior al asentamiento de los germanos, las cuales presentan un ajuar militarizan­te pero no son atribuibles en ningún caso a los visigodos (García Moreno 1989, 79). No sabemos en qué medi­da este hecho podría afectar a los porcentajes que ofrece Varela, en todo caso es posible que de aquí sur­giera un aumento proporcional del tipo nórdico aunque por ahora no es posible afirmar nada con seguridad.