La presencia de los españoles en la construcción y creación de los EEUU, es algo poco conocido incluso por los propios españoles, tan dados normalmente a odiar nuestra historia, identidad y propia cultura.. En el fondo llevan no menos de 40 años educándonos para esto, para que nos odiemos a nosotros mismos. pero lo cierto, es que cuando investigas acerca del protagonismo español en el nuevo mundo, y especialmente en Norte América, no dejas de sorprenderte la cantidad de personajes curiosos y sorprendentes que había. Uno de ellos es el que vamos a tratar a día de hoy.. un trampero gallego que vivió entre bosques interminables, grandes lagos y tribus indias.
Todo ocurrió mucho antes de que nombres como Jim Bridger, Kit Carson o Jedediah Smith convirtieran al trampero en uno de los grandes personajes de la mitología del Oeste americano, un español nacido a miles de kilómetros de las Montañas Rocosas había comenzado ya una vida extraordinaria en aquellas tierras. Su nombre era Benito Vázquez.
No llevaba sombrero Stetson, porque todavía faltaba casi un siglo para que existiera. Tampoco conoció el ferrocarril, las grandes caravanas de colonos, los revólveres Colt ni las ciudades ganaderas que el cine terminaría identificando con el Far West. Cuando Benito Vázquez llegó a las orillas del Mississippi ni siquiera existían los Estados Unidos de América. El Oeste todavía no era americano. Era, al menos oficialmente, español.
Benito Andrés Vázquez había nacido en Santiago de Compostela en 1738. Sobre sus primeros años sabemos muy poco, como ocurre con tantos hombres del siglo XVIII cuya existencia sólo comienza a dejar huellas abundantes cuando entran al servicio de la Corona o aparecen en documentos administrativos. Las reconstrucciones genealógicas identifican a sus padres como Francisco Vázquez y María de la Puente. En algún momento de su juventud ingresó en el Ejército español y quedó vinculado al Regimiento de Infantería de León. Nada hacía sospechar entonces que aquel joven gallego acabaría sus días en una pequeña población situada al otro lado del Atlántico, junto a uno de los mayores ríos del planeta.
Para comprender cómo llegó hasta allí hay que borrar mentalmente las fronteras actuales de Norteamérica. El continente que conoció Benito era completamente diferente. La Guerra de los Siete Años había terminado en 1763 transformando el mapa colonial.
Francia había perdido gran parte de sus posesiones norteamericanas y Luisiana había pasado a manos españolas. Sobre los mapas de los despachos europeos aquello podía representarse mediante enormes superficies coloreadas con bastante facilidad. La realidad era muy distinta. España acababa de recibir un territorio gigantesco en el que la presencia europea efectiva se concentraba en pequeñas poblaciones, fuertes y puestos comerciales separados por inmensas distancias. Fuera de ellos se extendía un mundo dominado fundamentalmente por las naciones indígenas.
En aquellas tierras los ríos eran las verdaderas carreteras. El Mississippi y el Missouri comunicaban territorios que para un europeo parecían interminables. Por ellos viajaban soldados, comerciantes, aventureros, misioneros, intérpretes y cargamentos de pieles. Osage, Missouri, Kansa, Omaha, Pawnee y muchas otras naciones controlaban o habitaban regiones inmensas, y cualquier europeo que pretendiera comerciar tierra adentro necesitaba comprender que la frontera no era simplemente un territorio vacío esperando ser ocupado. Era una compleja red de pueblos, alianzas, rivalidades y rutas comerciales que existía mucho antes de su llegada. En ese mundo apareció Benito Vázquez.
Las fuentes no son completamente uniformes respecto al momento exacto en que llegó a Luisiana. Algunas reconstrucciones adelantan su presencia hasta 1766, mientras otras lo relacionan con las tropas españolas que consolidaron definitivamente la autoridad de la Corona en la región hacia 1769. La St. Louis Genealogical Society sitúa su llegada a San Luis en la primavera de aquel año. Lo encontramos relacionado con el oficial Pedro Piernas y poco después asentado en aquella pequeña población situada junto al Mississippi.
San Luis debía de resultar extraordinaria para un hombre procedente de Santiago de Compostela. Fundada pocos años antes por Pierre Laclède y Auguste Chouteau como puesto dedicado al comercio de pieles, seguía siendo culturalmente francesa aunque políticamente perteneciese a España. Sus habitantes hablaban mayoritariamente francés, sus casas conservaban las técnicas constructivas francocanadienses y sus relaciones económicas miraban tanto hacia Nueva Orleans como hacia los territorios indígenas situados río arriba. Sobre aquella sociedad francófona ondeaba, sin embargo, la bandera española.
Benito terminó adaptándose perfectamente a esa extraña combinación de mundos, y después de varios años de servicio militar, decidió abandonar el ejército regular hacia 1772, aunque nunca desaparecería completamente de la organización defensiva de la colonia. Su futuro estaba cada vez más relacionado con la actividad que verdaderamente daba vida a San Luis: el comercio de pieles.
El castor era entonces una pequeña fortuna cubierta de pelo. Sus pieles podían viajar desde las profundidades del continente hasta San Luis, continuar por el Mississippi hacia Nueva Orleans y terminar atravesando el Atlántico. Pero conseguirlas exigía mucho más que colocar trampas. Había que organizar expediciones, comprar mercancías con las que comerciar, contratar hombres, conseguir embarcaciones, conocer los ríos y negociar con los pueblos indígenas. El comerciante fronterizo podía ser al mismo tiempo empresario, explorador, intérprete improvisado, navegante y, cuando las circunstancias lo exigían, soldado.
Por eso llamar simplemente "trampero" a Benito Vázquez resulta atractivo, pero no completamente exacto. No fue todavía un mountain man como los que medio siglo después se internarían durante meses en las Montañas Rocosas. Perteneció a una generación anterior: la de los comerciantes y hombres de frontera que prepararon las rutas por las que posteriormente avanzarían aquellos tramperos legendarios.
Su integración en San Luis quedó definitivamente consolidada cuando, en 1774, contrajo matrimonio con Marie-Julie Papin, perteneciente a una familia francocanadiense establecida en la región. Aquel matrimonio resume de manera casi perfecta el extraño universo de la Luisiana española: un gallego al servicio de la Corona española casado con una mujer de cultura francesa cuyos hijos terminarían viviendo bajo bandera estadounidense.
Tuvieron una familia numerosísima. Las fuentes hablan habitualmente de doce hijos, aunque algunas reconstrucciones genealógicas ofrecen cifras ligeramente distintas. Aquellos niños crecerían escuchando probablemente francés en casa, español en determinados ámbitos administrativos y militares y las lenguas indígenas en los muelles y establecimientos comerciales de San Luis. Varios de ellos terminarían convirtiéndose en soldados, comerciantes, intérpretes y hombres de frontera.
En 1780 Benito adquirió una casa en San Luis. Hay un detalle de aquella operación que permite comprender mejor el mundo en que vivía que muchas páginas de explicaciones: la propiedad fue valorada en pieles. Las fuentes hablan de un pago equivalente a sesenta y dos libras de pieles. La casa era pequeña, construida mediante la técnica conocida como poteaux en terre, gruesos postes de madera colocados verticalmente en el suelo, característica de la arquitectura colonial francesa del valle del Mississippi.
Pero existe otra curiosidad todavía más sorprendente. El lugar donde estuvo aquella propiedad se encuentra aproximadamente en el espacio que actualmente ocupa uno de los extremos del Gateway Arch, el gigantesco arco construido en San Luis como monumento a la expansión de los Estados Unidos hacia el Oeste. La coincidencia posee algo de paradoja histórica. Donde hoy se alza uno de los grandes símbolos del Oeste estadounidense había vivido un español cuando aquel Oeste todavía pertenecía a la Monarquía Hispánica.
Benito también estuvo relacionado con la pequeña comunidad católica de San Luis. Algunas tradiciones familiares le atribuyen haber llevado desde Nueva Orleans una de las primeras campanas utilizadas por la iglesia de la población y haber contribuido económicamente a su mantenimiento. Como sucede con muchos recuerdos familiares transmitidos durante generaciones, algunos detalles resultan difíciles de demostrar documentalmente, pero la tradición sobrevivió entre sus descendientes y terminó incorporándose a las biografías posteriores del personaje.
Mientras Benito formaba una familia y prosperaba como comerciante, al este comenzaba una revolución que terminaría cambiando la historia del continente.
En 1775 las trece colonias británicas se habían rebelado contra Gran Bretaña. España entró en guerra contra los británicos en 1779 y el Mississippi se convirtió inmediatamente en un frente estratégico. San Luis parecía muy alejada de las grandes batallas de la Revolución americana, pero su posición la convertía en un objetivo.
Los británicos y sus aliados organizaron una fuerza para atacar el asentamiento español. El 26 de mayo de 1780 la guerra llegó hasta las puertas de San Luis. Benito Vázquez estaba allí. No como un comerciante refugiado en su casa, sino como hombre integrado en la milicia española.
La documentación recopilada posteriormente por el historiador Louis Houck muestra que su experiencia militar adquirió entonces especial importancia. Después del ataque aparece encargado de instruir a otros hombres en tareas relacionadas con el servicio militar. San Luis consiguió resistir y la carrera de Benito dentro de las milicias continuó avanzando.
Cuatro años después encontramos uno de los documentos más valiosos para reconstruir su vida. El 26 de marzo de 1784, desde Nueva Orleans, el gobernador español Esteban Miró firmó su nombramiento como capitán de la segunda compañía de milicias de los puestos de Illinois. El documento fue recuperado posteriormente de los archivos españoles y publicado por Louis Houck en sus trabajos sobre el periodo español de Misuri. Allí aparece con el tratamiento de "Don Benito Vasquez".
Este detalle resulta especialmente importante porque nos permite salir de la leyenda. No estamos ante una historia transmitida únicamente por descendientes. El nombramiento existió. La administración española conocía a Benito y reconocía oficialmente sus servicios. Aquel muchacho nacido en Santiago de Compostela se había convertido en capitán de milicias en una de las fronteras más remotas de la América española.
Pero su verdadera obsesión continuaba siendo el comercio. Las canoas y embarcaciones que salían de San Luis remontaban el Missouri penetrando cada vez más profundamente en el continente. El viaje podía prolongarse durante semanas o meses. Las corrientes dificultaban la navegación y los comerciantes dependían de sus relaciones con las distintas naciones indígenas. En aquel mundo, una mala negociación podía significar perder una temporada entera; una tormenta podía destruir mercancías; una enfermedad podía acabar con una expedición y una guerra entre pueblos indígenas podía cerrar de repente una ruta utilizada durante años.
Benito aparece relacionado comercialmente con pueblos como los Osage y los Kansa. El historiador William E. Unrau lo menciona al estudiar la historia de estos últimos en The Kansa Indians: A History of the Wind People, 1673-1873. Su nombre también aparece en el contexto más amplio estudiado por Abraham P. Nasatir en Before Lewis and Clark, una obra especialmente interesante porque muestra hasta qué punto la exploración del Missouri había comenzado mucho antes de la famosa expedición estadounidense.
Ese es quizá uno de los aspectos más fascinantes de la historia de Benito Vázquez. Cuando Lewis y Clark partieron hacia el Oeste en 1804 no estaban entrando en un territorio completamente desconocido. Comerciantes franceses y españoles llevaban décadas remontando aquellos ríos, manteniendo relaciones con los pueblos indígenas y transmitiendo información sobre rutas, distancias y territorios.
La documentación de la época incluso nos permite escuchar, indirectamente, la voz administrativa de Benito. En los fondos de la Missouri Historical Society se conservan papeles relacionados con un asunto comercial de 1779 conocido como el caso Vázquez-Motard, donde figura su testimonio en relación con la valoración de una embarcación y su cargamento. Es un documento aparentemente menor, pero extraordinariamente valioso. Nos recuerda que detrás del personaje aventurero existía también un hombre de negocios preocupado por barcos, mercancías, deudas y contratos.
A finales del siglo XVIII el comercio de pieles de San Luis se había convertido en una actividad ferozmente competitiva. Familias como los Chouteau acumulaban una enorme influencia económica y política. Las autoridades concedían licencias y privilegios comerciales, y conseguir acceso exclusivo a determinadas naciones indígenas podía significar enriquecerse. Perderlo podía significar la ruina.
Benito conoció ambas caras del negocio. Llegó a disfrutar de una posición respetable en San Luis, pero también sufrió conflictos comerciales y políticos. Algunas reconstrucciones de su vida cuentan incluso que pasó treinta y cinco días encarcelado después de enfrentarse con las autoridades por cuestiones relacionadas con sus derechos comerciales. El episodio aparece repetido en diversas biografías posteriores, aunque la documentación accesible no permite reconstruirlo con la misma seguridad con la que conocemos su nombramiento militar. Es uno de esos puntos en los que resulta prudente dejar que la incertidumbre permanezca en lugar de convertir una tradición en certeza.
A finales de la década de 1790 apareció una oportunidad que prometía llevar el comercio todavía más lejos. Jacques Clamorgan y otros comerciantes organizaron una compañía destinada a penetrar profundamente en el alto Missouri y disputar a los comerciantes británicos procedentes de Canadá el lucrativo tráfico de pieles. Benito invirtió en aquella empresa. Parecía una oportunidad extraordinaria, pero terminó siendo una catástrofe.
Las dificultades logísticas, la competencia, los ataques y la falta de los beneficios esperados hicieron fracasar buena parte de aquellas expediciones. Los inversores perdieron enormes cantidades de dinero y Benito estuvo entre los perjudicados. El hombre que durante años había conseguido prosperar en uno de los territorios más difíciles de América comenzó a ver desaparecer su fortuna.
Hay algo casi literario en ello. Benito había cruzado un océano, sobrevivido a la frontera, participado en la defensa de San Luis y negociado durante décadas en un territorio donde una expedición podía desaparecer sin dejar noticias. Sin embargo, lo que terminó quebrando su prosperidad no fue una flecha, una batalla ni una tormenta en el Missouri. Fue una mala inversión.
Mientras sus negocios se deterioraban, también desaparecía el mundo político al que había pertenecido. España había gobernado Luisiana durante casi cuatro décadas cuando, mediante el Tratado de San Ildefonso de 1800, acordó devolver el territorio a Francia. Napoleón Bonaparte soñaba entonces con reconstruir un imperio francés en América, pero sus planes fracasaron rápidamente. En 1803 decidió vender Luisiana a los Estados Unidos.
Benito tenía ya más de sesenta años. Había llegado a San Luis cuando aquello era una pequeña población francófona gobernada por España y ahora iba a convertirse, sin abandonar su casa, en ciudadano de un país que ni siquiera existía cuando había nacido.
La transferencia de soberanía produjo una de las escenas más extraordinarias de la historia de San Luis. En marzo de 1804 se celebraron las ceremonias posteriormente conocidas como el Three Flags Day. La bandera española descendió. Durante unas horas volvió a ondear la francesa. Después fue sustituida por la bandera de los Estados Unidos.
Tres soberanías y tres banderas en apenas un día. Una tradición conservada entre los descendientes de los Vázquez sostiene que Benito y su familia contemplaron emocionados cómo era arriada la bandera española. No podemos saber qué pensó realmente en aquel momento. Cualquier frase puesta en su boca sería invención. Pero resulta difícil imaginar que aquella ceremonia pudiera dejar indiferente a un hombre que había servido durante tantos años a España.
Lo extraordinario es que la historia de los Vázquez no terminó con la desaparición de la Luisiana española. En cierto modo, acababa de comenzar.
Uno de sus hijos, Antoine François Vázquez, conocido como Baronet, se convirtió en intérprete y hombre de frontera. Cuando Zebulon Montgomery Pike emprendió en 1806 una de las grandes expediciones de reconocimiento del territorio recién adquirido por los Estados Unidos, Baronet Vázquez viajó con él como intérprete. Reuben Gold Thwaites lo recordaría posteriormente en su monumental colección Early Western Travels, 1748-1846, identificándolo como hijo del español Benito Vázquez de San Luis.
Otro de los hijos, Benito Vázquez Jr., penetraría todavía más profundamente en el Missouri y estaría relacionado con Manuel Lisa, uno de los grandes comerciantes de pieles de la primera frontera estadounidense.
Este punto ha provocado una curiosa confusión histórica. Algunas biografías modernas atribuyen al viejo Benito aventuras ocurridas hacia 1807 en el alto Missouri, Yellowstone y Bighorn. Pero el protagonista de esas expediciones no era el gallego nacido en 1738. Era su hijo, Benito Vázquez Jr. Padre e hijo compartían nombre y actividad comercial, y con el paso de los años sus historias terminaron mezclándose.
Todavía quedaba otro hijo destinado a prolongar mucho más aquella aventura familiar. Pierre Louis Vázquez había nacido en San Luis en 1798. Tenía apenas doce años cuando murió su padre, pero llegaría a convertirse en uno de los verdaderos mountain men de la época clásica del comercio de pieles. Trabajó en las Montañas Rocosas, estuvo relacionado con Andrew Sublette, participó en el establecimiento de Fort Vasquez en el actual Colorado y posteriormente mantuvo una estrecha asociación con el legendario Jim Bridger.
De repente, la historia adquiere una continuidad extraordinaria. Benito Vázquez había llegado a la frontera cuando todavía reinaba Carlos III. Su hijo Louis viviría en el mundo de los hombres de las montañas, los rendezvous de tramperos y las expediciones hacia las Rocosas. Entre padre e hijo se extiende prácticamente toda la transformación del Oeste norteamericano desde la frontera colonial española hasta la época clásica de los mountain men.
Benito no llegó a verlo. Murió en San Luis el 22 de febrero de 1810, con alrededor de setenta y un años. Sus últimos tiempos estuvieron lejos de la prosperidad que había conocido. Las pérdidas comerciales habían reducido considerablemente su patrimonio y existen referencias a que él y Julie tuvieron que desprenderse de propiedades y depender parcialmente de la ayuda de sus hijos.
Pero juzgar aquella vida por el dinero que quedaba al final sería perder de vista todo lo demás. Benito había nacido en Santiago de Compostela en 1738. Había servido en el Ejército español. Había cruzado el Atlántico. Había llegado a una de las fronteras más lejanas de la Monarquía Hispánica. Había comerciado con pueblos indígenas. Había navegado por el Mississippi y participado en las redes que se internaban por el Missouri. Había defendido San Luis durante la guerra contra Gran Bretaña. Había alcanzado el grado de capitán de milicias. Había creado una familia cuyos hijos continuarían avanzando hacia territorios que para muchos europeos todavía eran poco más que nombres sobre un mapa. Y había vivido lo suficiente para contemplar cómo el territorio español en el que había construido su vida se convertía en parte de los Estados Unidos.
Después de su muerte su nombre fue quedando enterrado bajo una historia del Oeste escrita principalmente desde la perspectiva estadounidense. Sin embargo, nunca desapareció completamente.
Durante el siglo XIX Frederick Louis Billon reunió documentos y testimonios sobre los primeros habitantes de San Luis y dejó entre sus papeles referencias a Benito Vázquez y sus actividades comerciales. A comienzos del siglo XX el historiador Louis Houck volvió a encontrar su nombre mientras investigaba el pasado colonial de Misuri. En obras como A History of Missouri from the Earliest Explorations and Settlements y especialmente The Spanish Regime in Missouri, Houck publicó numerosos documentos procedentes de archivos españoles, incluido el nombramiento de Benito como capitán firmado por Esteban Miró en 1784.
Más tarde Lawrence Kinnaird realizó una de las recopilaciones documentales fundamentales para comprender aquella época en Spain in the Mississippi Valley, 1765-1794. Abraham P. Nasatir reconstruyó las expediciones y redes comerciales anteriores a Lewis y Clark en su monumental Before Lewis and Clark. Investigadores posteriores, entre ellos Jaxine Lecompte al estudiar la vida de Baronet Vázquez, recurrieron directamente a los Vasquez Papers conservados por la Missouri Historical Society y volvieron a encontrarse inevitablemente con el viejo Benito.
Gracias a esos historiadores sabemos que no necesitamos convertirlo en una leyenda para que su historia resulte fascinante. Los documentos bastan. Su nombre aparece en testimonios comerciales de 1779. Aparece entre los hombres de la milicia española. Aparece en documentos de Esteban Miró. Aparece en los registros de los comerciantes de San Luis. Aparece en investigaciones sobre las relaciones con los pueblos indígenas. Y vuelve a aparecer cuando los historiadores siguen la pista de sus hijos hacia el interior del continente.
Quizá por eso "trampero español" sea una descripción demasiado pequeña para Benito Vázquez. Fue soldado, comerciante, miliciano, capitán, colono y hombre de frontera. Perteneció a una generación anterior a los grandes mountain men, a aquellos hombres que comenzaron a construir las redes comerciales y humanas que después permitirían internarse cada vez más profundamente en el continente.
Existe finalmente una coincidencia histórica difícil de mejorar incluso recurriendo a la ficción. En San Luis se levanta hoy el Gateway Arch, el gigantesco arco de acero construido como símbolo de la expansión estadounidense hacia el Oeste. Los visitantes caminan bajo él pensando en exploradores, pioneros, caravanas y hombres de las montañas.
Muy pocos saben que aproximadamente allí, cerca de uno de los extremos donde hoy se apoya aquella inmensa estructura, estuvo una vez la pequeña casa de madera de Benito Vázquez.
Una casa pagada con pieles. Allí vivió un gallego que había nacido cuando todavía reinaba Felipe V, que cruzó el Atlántico al servicio de España y que terminó sus días en una ciudad estadounidense. Allí formó una familia cuyos hijos continuarían avanzando hacia las Montañas Rocosas. Allí contempló cómo desaparecía la bandera bajo la que había servido durante buena parte de su vida.
Décadas después llegarían Jim Bridger, Kit Carson, las grandes compañías peleteras y todos aquellos nombres que acabarían alimentando la leyenda del Oeste.
Pero antes de los cowboys, antes de los revólveres Colt, antes de las diligencias, antes de las caravanas de colonos e incluso antes de que existieran los Estados Unidos, un español llamado Benito Vázquez ya había llegado hasta allí.
Sin duda una historia apasionante, que nos deja ver hasta donde ha llegado el mundo hispánico, y lo poco conocido y potenciado que es por los propios españoles. Seguramente si Benito Vazquez fuera francés, Americano, inglés o Alemán, todo el mundo conocería su nombre. Pero tristemente tuvo la desgracia de ser español. Un país que ha sido educado para olvidar y despreciar a sus propios héroes.
Por ello, la historia de Benito, aun cuando digna de una película, nunca vera la luz en cine, o en libros.. no interesa a ningún compatriota hablar de un Gallego que sirvió con orgullo a las milicias españolas, y que defendió la bandera bajo las ordenes del rey. Así como que contribuyó a todo lo mencionado con orgullo y dedicación.
Esto nos deja ver, cuan insignificantes son las vidas que todos tenemos hoy, en comparación con esa generación de hombres, que desde los tercios de Flandes, hasta los pioneros americanos o las milicias hispanas de Bernardo de Gálvez defendiendo Pensacola, llevaron el nombre, la heroicidad y la épica española hasta niveles desconocidos en el presente.



























