domingo, 5 de julio de 2026

Germanos al servicio de Roma: la presencia de tropas del Rin en la Hispania tardoimperial

Cuando se aborda la presencia de pueblos germánicos en Hispania, la historiografía tradicional suele situar el inicio de este fenómeno en el año 409 d.C., momento en el que suevos, vándalos y alanos atravesaron los Pirineos aprovechando la profunda crisis política y militar que afectaba al Imperio romano de Occidente. Aquellas invasiones marcaron el comienzo de una nueva etapa histórica que culminaría con el establecimiento de los primeros reinos germánicos en la Península. Sin embargo, esta visión, aunque correcta en términos generales, simplifica una realidad mucho más compleja.

Mucho antes de que los pueblos bárbaros penetraran en Hispania como invasores, hombres de origen germánico ya recorrían sus caminos, defendían sus ciudades y servían en sus guarniciones. No llegaron como enemigos del Imperio, sino como soldados del propio ejército romano. Formaban parte de un sistema militar profundamente transformado durante el siglo IV, en el que el origen étnico de los reclutas había dejado de ser un elemento determinante y donde la fidelidad al emperador y la disciplina militar prevalecían sobre cualquier consideración cultural.

Durante los siglos I y II d.C., las legiones romanas destinadas en Hispania estaban integradas principalmente por ciudadanos del propio Imperio y por auxiliares procedentes de diversas provincias. Sin embargo, las profundas reformas militares impulsadas a partir del siglo III, especialmente durante los reinados de Diocleciano y Constantino, modificaron radicalmente la estructura del ejército romano. La presión constante sobre las fronteras del Rin y del Danubio obligó a incrementar el reclutamiento en las regiones limítrofes, incorporando contingentes completos de pueblos germánicos que, una vez integrados en el ejército, pasaban a formar parte del aparato militar imperial.


Lejos de tratarse de mercenarios ocasionales, muchos de estos soldados desarrollaron largas carreras militares dentro del ejército romano. Algunos alcanzaron incluso los más altos cargos del Imperio, demostrando hasta qué punto Roma había transformado su política de integración. Batavos, francos, salios, bructeros, tubantes, hérulos o ampsivarios aparecen documentados sirviendo bajo las enseñas imperiales en numerosas campañas desarrolladas durante los siglos IV y V.

Una de las fuentes más valiosas para conocer esta realidad es la Notitia Dignitatum, un extraordinario documento administrativo elaborado entre finales del siglo IV y comienzos del V que recoge la organización civil y militar del Imperio romano. Aunque el texto conservado es el resultado de varias actualizaciones, constituye el inventario más completo que poseemos sobre la distribución del ejército romano tardío.

Para Hispania, la Notitia Dignitatum resulta especialmente reveladora. Bajo la autoridad del Comes Hispaniarum, comandante del ejército de campaña destinado en la diócesis hispana, aparecen registradas diversas unidades de infantería y caballería pertenecientes al ejército móvil de Occidente (comitatenses y auxilia palatina). Entre ellas destacan varios cuerpos cuya propia denominación remite a las provincias del Rin inferior y de la Galia Bélgica, regiones donde el ejército romano obtenía desde hacía décadas una parte muy importante de sus efectivos.

Especial interés presentan los Batavi iuniores, unidad cuyo origen debe relacionarse con los antiguos batavos establecidos en el delta del Rin, en el territorio de los actuales Países Bajos. Los batavos habían mantenido una estrecha relación con Roma desde el siglo I d.C., proporcionando algunos de los mejores auxiliares del ejército imperial y adquiriendo una reputación militar que perduró durante toda la Antigüedad tardía. Aunque los Batavi iuniores del siglo IV ya no eran necesariamente descendientes directos de aquellos guerreros, su nombre refleja la continuidad de una tradición militar asociada a una de las regiones más importantes del limes renano.

Junto a ellos aparecen también los Cortoriacenses, cuyo nombre parece derivar de Cortoriacum (la actual Kortrijk o Courtrai, en Bélgica). Esta ciudad se encontraba en una zona fronteriza profundamente militarizada, donde convivían poblaciones galorromanas con numerosos grupos francos y otros pueblos germánicos incorporados progresivamente al sistema defensivo romano. Aunque la Notitia Dignitatum no especifica la composición étnica de la unidad, resulta razonable pensar que buena parte de sus efectivos procediera de este entorno cultural y militar característico del bajo Rin.

Estas tropas pertenecían a los Auxilia Palatina, una categoría de unidades creada durante las reformas constantinianas y considerada entre la infantería de mayor prestigio del ejército romano tardío. A diferencia de los antiguos cuerpos auxiliares del Alto Imperio, los Auxilia Palatina constituían fuerzas de élite integradas en los ejércitos de campaña imperiales, con elevada movilidad, excelente entrenamiento y una importancia táctica fundamental en las operaciones militares del siglo IV. Numerosos estudios han señalado que una parte considerable de estas unidades fue reclutada precisamente entre las poblaciones germánicas asentadas en las provincias del Rin, convertidas ya en uno de los principales centros de reclutamiento del ejército imperial.

La presencia de estas unidades en Hispania adquiere una dimensión aún más interesante cuando se compara con la evidencia arqueológica. Desde mediados del siglo XX, excavaciones realizadas en diversos yacimientos de la Meseta Norte han documentado una notable concentración de objetos característicos del equipamiento militar del ejército romano tardío. Entre los hallazgos más significativos destacan las necrópolis de Simancas (Valladolid), La Olmeda (Palencia), Hornillos del Camino (Burgos) y otros enclaves distribuidos a lo largo del valle del Duero.

Los ajuares recuperados incluyen fíbulas tipo Ballenfibel, hebillas militares de tradición renana, cinturones decorados con placas metálicas, espadas tipo spatha, puntas de lanza y otros elementos cuya distribución coincide estrechamente con la cultura material documentada en las provincias del Rin entre mediados del siglo IV y comienzos del V. Su cronología, situada aproximadamente entre los años 350 y 410 d.C., coincide precisamente con el periodo en el que la Notitia Dignitatum documenta la presencia de unidades del ejército de campaña en Hispania.


Durante décadas, muchos de estos objetos fueron considerados indicadores de asentamientos bárbaros o de la llegada temprana de poblaciones germánicas a la Península. Sin embargo, los avances experimentados por la arqueología militar durante las últimas décadas han llevado a reconsiderar esta interpretación. Hoy resulta evidente que buena parte de este equipamiento formaba parte del armamento reglamentario utilizado por las tropas del ejército romano occidental, independientemente del lugar donde estuvieran destinadas. Un cinturón militar de tradición renana no identifica necesariamente a un invasor franco; puede pertenecer igualmente a un soldado romano destinado en Hispania tras haber servido en las fronteras del Rin.

Esta reinterpretación encuentra un sólido respaldo documental en la propia Notitia Dignitatum. Si el ejército del Comes Hispaniarum incluía unidades reclutadas originalmente en las provincias renanas, resulta perfectamente lógico que sus miembros conservaran parte de su equipo, de sus costumbres funerarias e incluso de determinados elementos culturales propios de su lugar de origen. En consecuencia, la aparición de materiales "germánicos" en las necrópolis hispanas no debe entenderse necesariamente como el resultado de migraciones independientes, sino como la expresión arqueológica de un ejército romano profundamente multicultural, en el que seguramente convivían romanos propiamente dichos, con elementos de etnia germánica. 

En realidad, esta situación refleja una de las transformaciones más profundas experimentadas por el Imperio durante la Antigüedad tardía. El ejército romano dejó de ser una institución formada exclusivamente por itálicos o provinciales romanizados para convertirse en un auténtico mosaico de pueblos integrados bajo una misma estructura política y militar. Francos, batavos, alamanes, hérulos o sármatas podían combatir hombro con hombro bajo las órdenes de oficiales romanos, utilizando tácticas romanas y defendiendo intereses romanos, sin que ello implicara la desaparición completa de sus identidades culturales.

Desde esta perspectiva, Hispania aparece no como una provincia aislada y alejada de las fronteras imperiales, sino como un territorio plenamente integrado en las dinámicas militares del Bajo Imperio. Los soldados que protegían sus ciudades y recorrían sus calzadas procedían de lugares tan diversos como la Galia, Britania, Panonia o las provincias del Rin, convirtiendo a la Península en un espacio donde confluyeron tradiciones militares, culturales y étnicas procedentes de todo el Occidente romano.

En definitiva, la combinación de las fuentes escritas y del registro arqueológico permite plantear una conclusión de gran interés histórico: la presencia de objetos de tradición germánica en Hispania durante la segunda mitad del siglo IV constituye, en muchos casos, la huella material de las propias tropas del ejército romano y no necesariamente la evidencia de invasiones o asentamientos bárbaros anteriores al año 409. Antes de la llegada de suevos, vándalos y alanos, hombres nacidos en las regiones del Rin ya defendían la Península como soldados del Imperio. Paradójicamente, fueron aquellos "bárbaros de Roma" quienes representaron una de las últimas líneas de defensa del poder imperial en Hispania, pocos años antes del colapso definitivo de la autoridad romana en Occidente.

¿Cuántos fueron? ¿En qué cantidad? ¿Cuál pudo ser su número? Evidentemente, resulta imposible establecer una cifra exacta. Las fuentes antiguas no indican el número de efectivos destinados en Hispania ni permiten conocer el origen étnico de cada soldado. Sin embargo, la documentación disponible demuestra que, varias décadas antes de las invasiones del año 409, la Península ya albergaba un contingente significativo de militares de origen germánico integrados en el ejército regular romano.

Aunque entramos inevitablemente en el terreno de la estimación, algunos datos permiten realizar una aproximación razonable. La mayoría de los especialistas, entre ellos A. H. M. Jones, Dietrich Hoffmann, Michael P. Speidel o Hugh Elton, consideran que un auxilium palatinum contaba normalmente con entre 500 y 800 hombres, si bien determinadas unidades pudieron alcanzar ocasionalmente cifras cercanas al millar de efectivos.

La Notitia Dignitatum atribuye al Comes Hispaniarum un ejército de campaña compuesto por varias unidades de Auxilia Palatina, comitatenses y vexillationes de caballería. Sumando las unidades documentadas, la mayoría de las estimaciones sitúan el contingente militar hispano entre 5.000 y 7.000 soldados, pudiendo alcanzar 8.000 o incluso 10.000 efectivos si todas las unidades se encontraban próximas a su plantilla teórica. Una cifra intermedia, cercana a los 6.000 hombres, suele considerarse hoy la hipótesis más verosímil.

Si una parte importante de estas tropas procedía originalmente de las provincias del Rin, tampoco resulta descabellado pensar que muchos de aquellos soldados estuvieran acompañados por sus familias. Desde finales del siglo III era habitual que los militares profesionales permanecieran largos periodos destinados en una misma provincia, formando hogares estables con esposas e hijos. Aunque no existen cifras concretas para Hispania, la presencia de varios miles de soldados podría haber dado lugar a comunidades vinculadas al ejército de entre 3.000 y 5.000 personas de origen o ascendencia germánica, plenamente integradas en la sociedad provincial y bajo la autoridad imperial.

En cuanto a su religión, una pregunta que seguramente muchos os estaréis haciendo. Tampoco puede establecerse una respuesta única. Entre aquellos soldados probablemente convivían individuos que conservaban las antiguas creencias paganas propias de los pueblos del Rin junto a otros que ya habían adoptado el cristianismo, especialmente entre quienes llevaban años sirviendo en el ejército romano. La diversidad religiosa debió de ser la norma en unas unidades donde el vínculo con Roma dependía más de la lealtad militar que de la identidad étnica o de las creencias personales.

Basándonos en la distribución de los hallazgos arqueológicos, parece probable que buena parte de estas unidades estuvieran acantonadas en un amplio corredor que comprendía Simancas, La Olmeda, Hornillos del Camino, el valle del Duero, el entorno de León y Astorga, e incluso algunos sectores del valle medio del Ebro. Desde esta posición estratégica, el ejército móvil podía desplazarse con relativa rapidez hacia cualquier punto de la Península en caso de necesidad.

Si aceptamos un ejército de campaña de unos 6.000 efectivos y un importante componente reclutado en las provincias renanas, es posible que la Hispania de finales del siglo IV albergara la mayor concentración de soldados de origen germánico conocida en la Península antes de las invasiones del año 409. No obstante, esta debe entenderse como una hipótesis histórica y no como un hecho demostrado, ya que las fuentes no permiten cuantificar con precisión la composición étnica de cada unidad. En cualquier caso, conviene recordar que el ejército romano tardío era una institución profundamente multicultural, en la que convivían soldados nacidos en Italia, Hispania, la Galia, Britania, Panonia o las fronteras del Rin, unidos no por su origen, sino por su servicio al Imperio.

Alvar Ordoño 2026

domingo, 14 de junio de 2026

Los íberos y la cuestión genética: continuidad biológica y diversidad cultural en la Hispania prerromana (últimos estudios genéticos)

Desde que apareció la genética en la arqueología, son constantes los cambios que observamos en la historia. Tambaleando en muchas ocasiones, los cimientos y conceptos sobre los que habíamos asentado nuestras creencias por décadas e incluso siglos. 

Hace poco ví una noticia referida a la genética de los iberos, un estudio bastante interesante, que pone al traste muchas de las cosas que se creían. Y aun cuando bien es cierto, que todos estos conceptos deben de ser tomados con cautela, pues ya de por si el estudio genético realizado, suele estar reducido a poblaciones considerablemente pequeñas de población ( en este caso 54 individuos), si que valen para tener una nueva idea o aproximación sobre cual podría haber sido la genética de las poblaciones ibéricas del noroeste peninsular. 

Y es que durante décadas, la historiografía tradicional presentó a los pueblos prerromanos de la Península Ibérica como entidades étnicas claramente diferenciadas. En esa visión clásica, los íberos aparecían como poblaciones autóctonas preindoeuropeas asentadas en la fachada mediterránea, mientras que celtas y celtíberos eran interpretados como pueblos invasores de origen indoeuropeo llegados desde Europa continental. Sin embargo, los avances recientes en arqueogenética están modificando profundamente esta interpretación, mostrando un panorama mucho más complejo y matizado.

Un estudio publicado en 2026 y difundido por medios especializados como La Brújula Verde sostiene que las poblaciones íberas del noreste peninsular mantuvieron una notable continuidad genética durante aproximadamente seis siglos, a pesar de su intenso contacto con fenicios, griegos y posteriormente cartagineses. El análisis de ADN antiguo procedente de diversos yacimientos arqueológicos reveló que la composición biológica de estas comunidades permaneció relativamente estable desde la Primera Edad del Hierro hasta la romanización.

Esta conclusión resulta especialmente significativa porque contradice antiguas hipótesis que interpretaban la aparición de la cultura ibérica como consecuencia de migraciones masivas procedentes del Mediterráneo oriental, incluso planteando que los iberos fueran pueblos del mar, o exiliados de Egipto. 

Los datos genéticos actuales indican, por el contrario, que los íberos fueron esencialmente descendientes de poblaciones locales que habían habitado la Península desde épocas anteriores. La influencia fenicia y griega existió, y fue enorme en términos culturales y económicos, pero no implicó un reemplazo demográfico sustancial.

No obstante, uno de los aspectos más interesantes de estos estudios es que muchos de los individuos analizados portaban el haplogrupo paterno R1b, un linaje asociado a las migraciones esteparias de la Edad del Bronce que transformaron genéticamente gran parte de Europa occidental entre el III y II milenio a.C. Este dato tiene implicaciones importantes para comprender la verdadera naturaleza de las poblaciones ibéricas.

Tradicionalmente se había tendido a identificar lo “preindoeuropeo” con una supuesta continuidad genética neolítica o paleolítica, diferenciada de las poblaciones célticas posteriores. Sin embargo, la arqueogenética moderna demuestra que esta asociación resulta simplista. La expansión de poblaciones con ascendencia esteparia y linajes R1b afectó a buena parte de la Península Ibérica, tanto a regiones posteriormente celtizadas como a aquellas que desarrollaron culturas no indoeuropeas.

En consecuencia, íberos y celtíberos probablemente compartían una base genética relativamente similar. Ambos grupos descendían en gran medida de poblaciones mezcladas surgidas tras las migraciones de la Edad del Bronce. Las diferencias entre ellos no eran tanto biológicas como lingüísticas y culturales. Mientras los celtíberos, y poblaciones de las mesetas indoeuropeas (celtas) hablaban lenguas célticas, mantenían cultura celta y tenían dioses celtas, claramente indoeuropeas, los íberos conservaron una lengua no indoeuropea cuya filiación exacta sigue siendo discutida. Del mismo modo, sus estructuras sociales, sus formas urbanas y sus influencias culturales divergieron notablemente, estando el mundo ibero mas influenciado por el mundo mediterraneo y pre indoeuropeo en su aspecto cultural y artistico (no genético) 

La cultura ibérica se desarrolló en estrecho contacto con el Mediterráneo colonial. Fenicios y griegos introdujeron sistemas de escritura, redes comerciales, nuevas formas artísticas y modelos urbanos que transformaron profundamente las sociedades indígenas de la costa oriental y meridional de Hispania. Sin embargo, esta mediterraneización cultural no implicó necesariamente una sustitución poblacional. Los íberos adoptaron elementos culturales externos mientras mantenían una continuidad biológica esencialmente local.

Este fenómeno no es excepcional en la historia humana. Numerosos pueblos han cambiado de lengua, religión o cultura sin experimentar grandes alteraciones genéticas. El caso de los íberos demuestra precisamente que genética y cultura no son categorías equivalentes. Compartir determinados linajes biológicos no implica hablar la misma lengua ni poseer la misma identidad colectiva.

De hecho, el propio concepto de “pueblo” en la Antigüedad debe entenderse de manera mucho más flexible de lo que sugerían las interpretaciones nacionalistas del siglo XIX. En parte porque en aquellos tiempos, el pueblo o los estados nación, no estaban tan ligados a la territorialidad de un lugar, como al parentesco étnico y racial que tenían sus gens entre ellos. Así pues, por ejemplo en el tema de los iberos.. hablaríamos de distintas tribus que ocupaban un territorio amplísimo, pero que por su semejanza física, cultural, étnica, linguistica, fueron llamados todos ellos con el nombre de Iberos por cartagineses, griegos y romanos. Pueblos extranjeros todos ellos, que si observaron semejanzas entre los habitantes de una zona que mantenían parentestco étnico y cultural entre si, a pesar de formar parte de tribus distintas.  

En este contexto, la Península Ibérica prerromana aparece cada vez menos como un mosaico de razas separadas y más como un espacio de interacción continua entre comunidades emparentadas biológicamente pero diferenciadas por sus tradiciones culturales y lingüísticas. La llegada de Roma sí produjo posteriormente un cambio demográfico mucho más intenso, incorporando poblaciones procedentes de múltiples regiones del Mediterráneo y favoreciendo una integración genética a gran escala dentro del Imperio.

Los nuevos estudios arqueogenéticos no eliminan las diferencias entre íberos y celtas, pero obligan a reinterpretarlas. Más que pueblos radicalmente distintos desde un punto de vista biológico, probablemente fueron sociedades vecinas surgidas de una base poblacional común, que evolucionaron de manera diferente según sus contactos culturales, sus lenguas y sus procesos históricos particulares. Seguramente las poblaciones iberas de las costas mediterraneas no dejaban de ser "hispanos" emparentados con los celtiberos del interior mesetario, desde la propia llegada de las oleadas de yamnayas a Iberia. Momento en el que el mundo pre indoeuropeo desaparece paulatinamente, ante el empuje de los guerreros indoeuropeos llegados de las estepas. Algo que afecto por igual en mayor o menor porcentaje genetico tanto a iberos como a celtas de las mesetas y norte peninsular. 

sábado, 13 de junio de 2026

El viejo rey Alfonso II, rey de Asturias y por extensión de Gallaecia (Hispania cristiana)

Yo, Siervo de todos los siervos de Dios, Rey Alfonso, hijo del Rey Froila, después de que, con la ayuda de Dios, tomé la cumbre de todo el Reino de Gallaecia, y/mismo/también de Hispania, que perdiera por el fraude de Mauregato y, de su destrucción, con ayuda de Dios, tomado el mando del reino, aseguré firmemente todas las fortificaciones, pues fueram vengadas por nuestro victorioso rey Señor Alfonso [I], hijo del Duque Pedro, y rescatándolas de manos de los sarracenos por todas las fronteras de Gallaecia [...] me complace establecer el Trono del Reino en Oviedo y construir allí una iglesia en honra de San Salvador a semejanza de la iglesia de Santa María de la ciudad de Lugo.

"Tumbo viejo de la Catedral de Lugo (AHN, Cod., L. 1043) Nº8, fol. 7v: Testamentum Domini Adefonsis Regis de Sancta Christina um.

viernes, 15 de mayo de 2026

El feminismo se olvido de Isabel de Castilla ¿Casualidad?

Isabel I de Castilla fue, sin duda, una de las figuras femeninas más poderosas y decisivas de la Europa del siglo XV. Su nombre y su extensa titulatura reflejaban no solo la magnitud territorial de sus dominios, sino también la autoridad política efectiva que ejercía en un mundo profundamente condicionado por estructuras masculinas. Isabel ostentó los títulos de Reina de Castilla, de León, de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarve; Señora de Vizcaya y de Molina; y, tras la caída del reino nazarí, Reina de Granada. A ello se añadiría posteriormente la legitimidad política derivada de las tierras descubiertas allende el océano, quedando vinculada a la expansión de la Monarquía Hispánica hacia las Indias.

Su ascenso al trono no fue el resultado de una concesión ceremonial, sino de una compleja lucha sucesoria en la que demostró una extraordinaria capacidad estratégica. Isabel comprendió antes que muchos gobernantes de su tiempo que el poder no dependía únicamente de la sangre o del derecho dinástico, sino también de la legitimidad política, del apoyo institucional y de la construcción de una imagen de autoridad. Gobernó con plena soberanía, firmó leyes, dirigió reformas administrativas, impulsó la reorganización del Estado y participó activamente en decisiones militares y diplomáticas. Mientras buena parte de Europa concebía a las mujeres nobles como instrumentos matrimoniales o figuras de representación cortesana, Castilla era gobernada por una mujer cuya autoridad nadie podía ignorar. Sin duda un buen argumento para una novela, o para que el sistema mainstream financiado por las elites, usara su figura como empoderamiento feminista, verdad?. Cual es el problema entonces para que ello no ocurra?... En términos genéricos, y como veremos más adelante, simplemente Isabel de Castilla no entra en el estereotipo feminista diseñado por el sistema, sobre lo que una autentica mujer debe de ser. Ella era parte de la historia de España, heterosexual, tradicionalista, y católica. 


La relevancia histórica de Isabel adquiere una dimensión todavía mayor cuando se analiza desde la perspectiva de la evolución de la mujer en distintas civilizaciones. La Europa cristiana medieval, pese a sus limitaciones y contradicciones, permitió en determinados momentos la aparición de mujeres con poder político efectivo: Leonor de Aquitania, Urraca de León, Blanca de Castilla o la propia Isabel constituyen ejemplos de soberanas capaces de intervenir directamente en la política, la guerra y la administración del reino. La tradición jurídica europea, heredera del derecho romano, del cristianismo y de las estructuras feudales occidentales, generó espacios de poder femenino que, aunque excepcionales, fueron reales.

En contraste, numerosos territorios del ámbito islámico histórico desarrollaron modelos sociales más restrictivos respecto al papel político y jurídico de la mujer. La estructura predominante tendió a situar la autoridad masculina como eje central de la organización familiar y social, impidiendo a la mujer, por el simple hecho de ser mujer, a tomar cargos de poder sociales o religiosos relevantes. Discriminando al genero femenino a un simple complemento del hombre para estar en casa cuidada, y engendrando hijos para los varones. En muchos países islámicos contemporáneos continúan existiendo limitaciones relativas al matrimonio, la herencia, la tutela legal, la libertad de movimiento o la participación pública de las mujeres. Estas realidades son reconocidas incluso por organizaciones internacionales de derechos humanos y por movimientos feministas nacidos dentro del propio mundo musulmán.

Sin embargo, el debate contemporáneo alrededor de estas cuestiones suele verse condicionado por factores ideológicos y geopolíticos. En determinadas corrientes políticas occidentales de izquierdas existe una tendencia a evitar comparaciones culturales profundas por temor a ser acusados de intolerancia o etnocentrismo. O simplemente por evidenciar cuestiones históricas que atentan contra sus propios intereses políticos. Llegando a modificar y condicionar la historia a sus intereses en cada momento (últimamente lo estamos viendo en el cine con la sustitución de personajes históricos del mundo europeo por africanos)

Ello ha provocado, en ocasiones, una curiosa paradoja: figuras históricas europeas como Isabel de Castilla, que encarnaron formas reales de autoridad femenina siglos antes del feminismo moderno, son tratadas con incomodidad o reducidas a caricaturas ideológicas, mientras que ciertos sistemas culturales claramente restrictivos hacia la mujer reciben críticas mucho más prudentes o ambiguas, cuando no, directamente se nos intenta vender que el Burka o Niqab es multicultural, feminista y empoderador de la mujer. 


Esta reinterpretación selectiva del pasado responde, en parte, a una batalla cultural por el control del relato histórico. La historia ya no se entiende únicamente como una disciplina destinada a comprender el pasado, sino como un instrumento político capaz de legitimar discursos presentes. Personajes históricos complejos son simplificados, descontextualizados o reinterpretados para adaptarlos a categorías morales contemporáneas. El riesgo de esta tendencia es evidente: cuando la historia deja de estudiarse para empezar a utilizarse como herramienta ideológica, el pasado deja de ser comprendido y pasa a ser manipulado.

En este sentido, la comparación con 1984 resulta particularmente pertinente. En la obra de Orwell, el poder político no se limita a controlar el presente, sino que reescribe constantemente el pasado para garantizar el dominio ideológico sobre la sociedad. La célebre máxima del Partido “quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado” resume una dinámica que continúa siendo profundamente actual. La manipulación de símbolos históricos, la resignificación constante de personajes del pasado y la imposición de lecturas morales únicas recuerdan, salvando las distancias, a ese mecanismo descrito por Orwell, donde nos advertía sobre las dictaduras socialistas futuras que estaban por llegar: adaptar la memoria colectiva a las necesidades ideológicas del momento.

Isabel de Castilla constituye precisamente una figura incómoda para ciertos relatos contemporáneos, como ya advertimos anteriormente, porque rompe numerosos esquemas prefabricados. Fue mujer y gobernante; profundamente religiosa y políticamente pragmática; defensora de una monarquía fuerte y, al mismo tiempo, protagonista de uno de los procesos históricos más decisivos de Occidente. Su figura demuestra que el poder femenino no nació en los laboratorios ideológicos del siglo XX, sino que ha existido bajo formas distintas a lo largo de la historia europea. Siendo España, la odiada España de forma incomprensible por toda la izquierda, su matriz cultural, "racial" e identitario. 

Reducir personajes históricos complejos a etiquetas modernas implica empobrecer la comprensión del pasado. Isabel no puede analizarse únicamente desde categorías políticas actuales, del mismo modo que tampoco puede juzgarse el siglo XV con criterios completamente ajenos a su contexto histórico. La historia exige matices, profundidad y honestidad intelectual. Y precisamente por eso figuras como Isabel siguen generando debate: porque representan realidades históricas demasiado grandes y complejas como para ser absorbidas fácilmente por los marcos ideológicos simplificados del presente.

Siendo casualmente el Caso de Isabel un problema en el presente, pues aun cuando reuniendo todos los factores para ser un icono de las luchas prediseñadas en despachos de grandes lobbys, con claros objetivos de ingeniería social, como no hace mucho aceptó y reconoció Larry Flink, CEO del grupo BlackRocks. No responde a la idealización necesaria de estos grupos y sus izquierdas como exponente feminista para mostrarse como ejemplo de las jóvenes, adolescentes y mujeres. Insistimos.. Isabel fue la mujer mas poderosa de la historia de España, y de su propio tiempo. Pero ni fue feminista, ni trans, ni poliamorosa, ni pro abortista ni activista ecológica, ni vegetariana. Fue española, Cristiana y tradicionalista. Algo que no interesa resaltar a los lobbys que financian todas las luchas sociales en la actualidad. 

No quisiera terminar este artículo, o columna de pensamiento. Sin plantear al mismo tiempo una simple cuestión. Mucho más en la actualidad, donde los mismos grupos que financian el feminismo, y el aborto, financian y apoyan, por intereses políticos, las ventajas del Islam y la multiculturalidad en Europa. ¿Puede alguien darme un ejemplo, solo uno.. ya no que supere, sino que iguale el peso y poder de Isabel de Castilla en el mundo musulmán?. Creo que todos sabemos la respuesta no?. 

López de Zuñiga y el asedio de los 300 españoles en Budapest

El verano de 1686 encontró a Europa inmersa en una de las fases más decisivas de la larga confrontación entre la Cristiandad y el Imperio Otomano. Apenas tres años antes, las murallas de Viena habían resistido el empuje del ejército del gran visir Kara Mustafa en un episodio que alteró profundamente el equilibrio político del continente. La victoria cristiana en el Siege of Vienna no solo frenó la expansión otomana hacia el corazón de Europa central, sino que inauguró una vasta contraofensiva promovida por la Santa Liga bajo patrocinio pontificio. En aquel escenario de fervor religioso, rivalidades dinásticas y ambición imperial, la ciudad de Buda se convirtió en el objetivo principal de las potencias cristianas.

Desde 1541, Buda había permanecido bajo dominio turco, transformándose en el principal bastión otomano en Hungría y en una de las fortalezas más importantes del Danubio. Sus murallas medievales, reforzadas durante más de un siglo de ocupación, dominaban las colinas sobre el río y constituían un símbolo visible del poder otomano en Europa. Para los Habsburgo, su recuperación poseía un valor estratégico incalculable; para numerosos cronistas de la época, en cambio, la campaña adquiría dimensiones casi escatológicas, como si la guerra librada en Hungría representara el último gran enfrentamiento entre dos civilizaciones irreconciliables.

El ejército reunido por la Santa Liga era inmenso y heterogéneo. Bajo el mando de Charles V, Duke of Lorraine se congregaron contingentes imperiales, alemanes, húngaros, bávaros, italianos, croatas y polacos. Entre aquellas tropas figuraba también un pequeño grupo de voluntarios españoles cuya presencia, aunque reducida en número, adquiriría con el tiempo un peso legendario dentro de la memoria militar europea. Las fuentes contemporáneas mencionan a unos trescientos españoles, muchos de ellos veteranos formados en las campañas de Flandes y Lombardía, hombres pertenecientes a esa tradición militar heredera de los antiguos Tercios cuya reputación aún inspiraba respeto en todos los campos de batalla del continente.

Aquellos soldados llegaron a Hungría en una época particularmente compleja para la Monarquía Hispánica. El reinado de Carlos II de España atravesaba una etapa de evidente agotamiento político y económico. Sin embargo, pese al declive de la maquinaria imperial construida en el siglo anterior, el prestigio del soldado español permanecía intacto en gran parte de Europa. La experiencia acumulada durante más de cien años de guerras continuas había convertido a aquellos veteranos en figuras casi míticas, asociadas a la disciplina, la resistencia y una extraordinaria capacidad de combate en circunstancias extremas.

Entre los oficiales españoles presentes en Buda destacaba Manuel Diego López de Zúñiga, miembro de una antigua familia nobiliaria castellana vinculada desde hacía generaciones al servicio de armas. Los Zúñiga, cuyo linaje se remontaba a la Baja Edad Media, habían ocupado posiciones de relevancia tanto en la corte como en el ámbito militar de la Monarquía Católica. Manuel Diego había crecido en un ambiente profundamente marcado por la tradición guerrera y por la idea del servicio al rey como deber inseparable de la condición nobiliaria. Como muchos jóvenes aristócratas españoles del siglo XVII, recibió formación militar desde temprana edad y desarrolló su carrera en los distintos frentes europeos donde combatían las tropas hispánicas.

Las crónicas lo describen como un hombre severo, de profunda religiosidad y notable prestigio entre sus subordinados. Había servido en diversas campañas antes de acudir a Hungría, donde la guerra contra el turco era percibida no únicamente como una empresa política, sino como una cruzada en defensa de la Cristiandad. Esa dimensión ideológica resulta esencial para comprender el espíritu que animaba a numerosos voluntarios europeos en la campaña de Buda. Muchos de ellos consideraban que luchaban en una frontera histórica donde se decidía el destino espiritual de Europa.

El asedio comenzó formalmente en junio de 1686. Durante semanas, la artillería imperial castigó sin descanso las murallas otomanas mientras ingenieros militares abrían trincheras y levantaban baterías cada vez más próximas a la ciudad. Las condiciones eran extremadamente duras. El calor del verano húngaro, las enfermedades, la escasez de agua y la violencia constante de los combates transformaron el campamento cristiano en un escenario de agotamiento físico permanente. Sin embargo, la resistencia otomana resultó aún más feroz de lo esperado. Los defensores luchaban conscientes de la importancia simbólica de la plaza y rechazaban una capitulación que habría significado el derrumbe de todo el sistema otomano en Hungría.

A medida que avanzaba el asedio, los ataques contra las brechas abiertas por la artillería se volvieron cada vez más sangrientos. Fue en uno de esos asaltos donde la tradición sitúa la acción de los llamados “300 españoles”. Diversos testimonios contemporáneos relatan que el contingente hispano fue empleado como fuerza de choque en uno de los sectores más peligrosos de la muralla. La elección no era casual: los veteranos españoles conservaban fama de tropas especialmente aptas para el combate cercano y para las operaciones de asalto urbano.

El avance sobre las ruinas de la brecha se produjo bajo un fuego devastador de arcabuces, mosquetes y piezas ligeras otomanas. Las fuentes describen un escenario envuelto en humo, polvo y gritos, donde los atacantes debían escalar montones de escombros mientras combatían prácticamente cuerpo a cuerpo con los defensores turcos. En aquel caos de acero, fuego y piedra cayó Manuel Diego López de Zúñiga. Algunas crónicas afirman que murió encabezando personalmente a sus hombres; otras sostienen que fue alcanzado mientras intentaba reorganizar el avance en medio de la confusión del combate. Más allá de las diferencias narrativas, todas coinciden en presentar su muerte como un acto de sacrificio heroico.

La caída de López de Zúñiga impresionó profundamente a sus contemporáneos. Su figura encarnaba el modelo idealizado del noble guerrero barroco: valiente, piadoso y dispuesto a entregar la vida en defensa de la fe y del honor militar. En los años posteriores, la memoria de los españoles muertos en Buda comenzó a adquirir dimensiones legendarias tanto en España como en Hungría. La cifra de “trescientos” pasó a simbolizar el sacrificio colectivo de aquellos voluntarios y fue incorporada progresivamente a la literatura militar y patriótica de los siglos posteriores.

Finalmente, en septiembre de 1686, las fuerzas de la Santa Liga lograron penetrar definitivamente en la ciudad. La conquista de Buda marcó un punto de inflexión en la gran guerra contra el turco y señaló el inicio del retroceso irreversible del poder otomano en Europa central. Para los Habsburgo, la victoria consolidó su dominio sobre Hungría; para la Europa cristiana, el acontecimiento fue celebrado como una prueba de que el avance turco podía ser detenido y revertido.

En medio de aquella transformación geopolítica, el episodio de los españoles adquirió un significado que trascendía su dimensión estrictamente militar. Representaba la supervivencia de una tradición bélica nacida durante el apogeo imperial de los Austrias y todavía capaz de proyectar una poderosa imagen heroica en los últimos años del siglo XVII. Aunque los viejos Tercios estaban desapareciendo como estructura militar, el imaginario asociado al soldado español continuaba vivo en la conciencia europea.

Todavía hoy, en Budapest, algunos monumentos y referencias históricas recuerdan a aquellos combatientes hispanos que participaron en la reconquista de la ciudad. Su memoria permanece ligada a las murallas de Buda, donde durante unas jornadas de sangre y fuego un reducido grupo de veteranos españoles escribió uno de los episodios más singulares y olvidados de la historia militar europea.

domingo, 10 de mayo de 2026

Asesinan a la dueña de la mercería Pontejos. Un lugar clásico para los recreadores de Madrid, y seguramente de España.

Hace unos días me despertaba con una noticia que me impactó. Una noticia que empieza a ser habitual en la España que nos esta tocando vivir por la incompetencia, el el mejor de los casos. O directamente por la estrategia y mala fe de los políticos en el peor de los casos.

La noticia fue publicada en distintos medios de comunicación y decía lo siguiente; Una anciana de 80 años asesinada a golpes en el interior de su chalet en Galapagar.  Fijaros que yo soy de los años 70.. viví en primera persona el "terror" de las bandas juveniles tipo "el vaquilla", "el Jaro". Bandas juveniles por otro lado, cuya delincuencia se centraba mas en pequeños robos de bolsos en la calle, y algún que otro "palo" a un banco. Normalmente sin victimas serias ni muertes violentas de por medio. 

La noticia de la anciana asesinada a golpes me afectó en particular por varias razones. Por un lado, por lo bizarro de pensar que una anciana indefensa, con la edad de mi madre, fue sorprendida por un grupo de personas (supongo que personaslandeses) en el interior de su vivienda. Siendo amordazada, y golpeada sistemáticamente hasta la muerte por los asaltantes... ¿Os podéis llegar a imaginar lo que supone asesinar a golpes a una anciana que a duras penas se mantiene?.  

Como digo, noticias como estas empiezan a ser habituales en esta España moderna. Puñaladas diarias en restaurantes, parques, autobuses, metro.. Jóvenes a machetazos los fines de semana, mujeres decapitadas a plena luz del día, violaciones grupales a mujeres y niñas casi cada 15 días.. Con este panorama una anciana asesinada asesinada en su casa no tendría mas relevancia que otras noticias. Pero, la importancia del suceso no recae en el incidente, sino en quien era. 

Se trataba de Elía Cobian, dueña de la famosa y popular mercería de Pontejos. Una tienda especializada en telas y costuras a la que muchos recreadores históricos hemos acudido para comprar distintos elementos que aplicar a nuestros trajes históricos. Un lugar sobradamente conocido por todos nosotros a inicios de la década del 2010 que cerró sus puertas en el año 2018. 

Curioso a la par que cada vez más habitual... Toda tu vida trabajando, sin pensar que en algún momento un grupo de personas pudiera entrar en tu casa y matarte a palos. Los vecinos de Galapagar, un barrio de lujo de Madrid al que por cierto, se mudó Pablo Iglesias para criar a su familia fuera de la degradación y decadencia del barrio de Vallekas (curioso). Aseguran que la delincuencia y los robos son una constante desde hace tiempo. 

En fin, una victima más en esta España moderna, a la que sumar un joven nigeriano asesinado a puñaladas en San Blas el día 5 de Mayo del 2026 (noticia). O de la mujer china de 42 años decapitada al grito de Allah Akbar en Barcelona del 5 de Mayo del 2026 (noticia), o del 4 de Mayo del 2026 en el Rabal, donde un "joven" mató a un hombre a puñaladas (noticia). O del 2 de Mayo en Madrid, donde un "joven" apuñalo a otro hombre en plena calle (noticia) O del 8 del 5 del 2026, donde varios "jovenes" encapuchados apuñalaron a otro dentro de un autobús en Colemar Viejo (noticia). O la del 10 de Mayo del 2026.. donde varias "personas" apuñalaron a un hombre en las fiestas de Torrelavega (noticia). O laguna del Duero en la fecha del 10 de Mayo del 2026 (noticia). O en San Sebastian, 10 del 5 del 2026, un "hombre" en plena calle intenta apuñalar a varios viandantes (noticia)... O en las 130 agresiones por arma blanca en Madrid, registradas por el SAMUR en las últimas fechas (noticia).

En fin... curiosos estos tiempos que vivimos, no creéis?. Por supuesto, los políticos todos viviendo en barrios aislados del populacho, con cámaras de seguridad y vigilancia 24 horas al día, y con 4 coches de la guardia civil a la puerta de su domicilio. En la España obrera, hay clases, y CLASES. 

Sinceramente no se como terminará esto, pero pinta bastante mal. cada vez cala mas hondo en el sentir popular, que el pueblo está solo. Ni politicos, ni policia, ni guardia civil, ni militares puede hacer nada por corregir el funesto rumbo que está tomando España, cada vez mas cerca de un narco estado delincuencial como México o países latino americanos. Europa, quien te ha visto, y quien te ve. 

sábado, 18 de abril de 2026

Cascos con protección nasal del mundo hispano alto medieval, y escandinavo del siglo XI

En esta ocasión os voy a hablar del denominado spangenhelm con protección nasal, el cual constituye uno de los tipos de casco más difundidos en la Europa altomedieval, siendo ampliamente reconocido tanto en contextos cristianos como escandinavos. Su uso se documenta, al menos, desde el siglo IX, momento en el cual se consolida como una pieza fundamental del equipo defensivo de las élites guerreras.

Durante el siglo IX, este tipo de casco se caracterizaba por una construcción segmentada: varias placas metálicas se ensamblaban mediante remaches sobre una estructura, generalmente reforzada por bandas (los spangen), que convergían en la parte superior. Este sistema permitía una fabricación relativamente eficiente y adaptable, lo que favoreció su amplia difusión por Europa occidental.

A lo largo del siglo X se observa una fase de transición en su desarrollo técnico. Progresivamente, el modelo segmentado fue dando paso a cascos forjados en una sola pieza de metal, eliminando la necesidad de remaches estructurales. Este proceso culmina en el siglo XI con la aparición de formas más evolucionadas, como el denominado tipo “Olmutz”, en el que tanto la calota como el nasal se integran en una única estructura metálica.

Desde el punto de vista tipológico, el casco mantiene una notable continuidad: un capacete de forma semiesférica o cónica provisto de protección nasal. No obstante, el cambio en las técnicas de fabricación supone una mejora significativa en términos de resistencia y durabilidad.

En el ámbito de la Península Ibérica, este tipo de casco tuvo una notable presencia entre los siglos IX y XI, siendo probablemente uno de los más utilizados por las élites militares y los caballeros. Su difusión en este territorio se inscribe dentro de un contexto más amplio de intercambios culturales y tecnológicos en la Europa medieval.

Resulta particularmente significativo que este modelo terminara por imponerse también en el mundo escandinavo. Mientras que los cascos de los siglos IX y comienzos del X en Escandinavia presentan características propias, en el siglo XI se observa una clara convergencia hacia formas más comunes en Europa occidental. En consecuencia, la imagen del guerrero escandinavo de este periodo se aproxima más a la de sus contemporáneos francos o hispanos que a la de los vikingos de épocas anteriores.









Hispania de los Vikingos 2026. Los yelmos de Gjermundbu (siglo IX inicios del X). Fotos de caballeros de Ulver

Seguimos con algunas imágenes nuevas del evento de la Hispania de los Vikingos 2026. En esta ocasión algunas imágenes gentileza del grupo recreacionista de Caballeros de Ulver, nos sirven para documentar un tipo de yelmo escandinavo que muchos de vosotros seguramente habéis visto en el evento. 

Se trata del conocido como yelmo, o casco de Gjermundbu (Noruega). Aproximadamente datado dentro del siglo IX, o inicios del X, en plena era vikinga escandinava. Es un casco característico por sus anteojos. En algunos casos rodeado de cota de malla, y en otros dejando la cara al descubierto, tapando la cota de malla solo la nuca y los laterales. Realmente se trata de una tipología de casco de la zona (escandinavia) con algunas variantes, como podemos ver en la imagen de abajo. 

Es decir, no solo existió un estilo de yelmo con anteojos en el mundo vikingo, sino distintos modelos usando un estilo propio de la zona. Así pues tenemos el ya citado casco de Gjermundbu, el de Tjele de Dinamarca, o de Lokrume en Suecia etc etc. 

Realmente, es posible que se trate de una evolución artística de cascos nórdicos anteriores, como los de Valsgarde y los de Vendel. De ahí que se mantenga el mismo estilo de cota de malla cerrada en los anteojos, abriéndose poco a poco a lo largo del siglo X.  Perdiéndose posteriormente la totalidad de la cota de malla a lo largo del siglo XI. Donde ya serían yelmos extremadamente antiguos, residuales, y posiblemente raros de ver frente a los cascos con protección nasal








Hispania de los Vikingos 2026. Fotos de la Voz de El Espinar

Aquí os dejo algunas imágenes realizadas por La Voz de El Espinar, referentes al pasado evento de la Hispania de los Vikingos 2026. Un evento, que como todos ya sabéis, comenzó en el año 2012, haciéndose realidad en Marzo del año 2013. 

Estamos a 2026 camino del 2027, y pese a tener muchos problemas por el camino, poco a poco seguimos adelante en nuestro camino de divulgar y dar a conocer cual fue la historia de España. Especialmente en este punto tan "oscuro" y poco conocido por la mayoría de la gente, como fueron los ataques escadinavos a la penínsila ibérica durante la alta edad media. 






Jornadas de reconstrucción histórica de Pina de Ebro




domingo, 15 de marzo de 2026

El loberíco de Albadalejo y el campo de Montiel

El siguiente texto fue escrito a inicios del año 2026, formando parte de un estudio mas extenso que publiqué en un fanzine distribuido en PDF llamado: Lobos Hechizados, la licantropía en la Castilla del siglo XIX. 

En dicho artículo, el cual podéis encontrar en mi patreon, abordaba de una forma extensa el origen del mito del hombre lobo, y especialmente de la tradición folklórica de dicho mito en su ámbito castellano. 

El extracto que os comparto a continuación, se llama: el Loberíco de Albadalejo y el campo de Montiel. En líneas generales, trata de una tradición actual castellano manchega, que ahonda sus raíces folklóricas en creencias propias del siglo XIX, enlazadas con las creencias populares de los Lobos Hechizados de las dos castillas. 

Es posible por tanto, que al leer solo este extracto del articulo en cuestión, no se entienda en su totalidad. Pues el mismo fue escrito como complemento de un estudio mas amplio. En cualquier caso espero que os guste, y que sepáis entenderle como parte de un contexto mayor y más amplio que englobaría todo lo que es la tradición del mito del hombre lobo en Castilla a lo largo del siglo XIX.

(..) Me veo obligado a tratar de forma concreta y personal, la figura del Loberico de Castilla la Nueva, una figura carnavalesca relacionada con las mascaradas invernales castellanas.

En lo estrictamente folclórico, es un personaje enmascarado, de aspecto salvaje, Suele vestir pieles de animales, llevar cencerros, la cara pintada de negro o cubierta con una máscara animal, y a veces va armado con palos o utensilios para hacer ruido.

Durante el Carnaval recorre las calles asustando y provocando a la gente, especialmente a niños y jóvenes, siempre en tono festivo. Se ha teorizado mucho sobre el posible origen del personaje, relacionándolo normalmente como una representación de lo animal, lo indómito y lo transgresor. Elementos, por otro lado, típicos de las fiestas y las mascaradas de invierno castellana que simbolizan el caos antes del orden primaveral.

El loberico en la actualidad, está emparentado en las fiestas patronales con otras figuras manchegas y castellanas como las botargas, los zangarrones o los diablos de Carnaval. Pero lo que oculta en su transfondo tradicional, es la creencia en la licantropía de las gentes de Castilla. Hoy en día se mantiene como seña de identidad cultural de Albadalejo, gracias a la participación vecinal y a la recuperación de tradiciones.

No obstante, Desde una perspectiva histórico-antropológica, la figura del Loberico puede interpretarse como una derivación folclorizada de creencias mucho más antiguas, vinculadas a la tradición castellana del lobo hechizado o lobo encantado, ampliamente documentada en la literatura oral del siglo XIX e incluso en fuentes anteriores. Aunque en la actualidad el Loberico se manifiesta como un personaje festivo integrado en el ciclo carnavalesco, su trasfondo simbólico remite a un imaginario rural donde la licantropía era concebida como una posibilidad real, o al menos verosímil, dentro del sistema de creencias populares.

Julio Caro Baroja, en sus estudios sobre las mascaradas de invierno y el Carnaval peninsular, señala que muchas de estas figuras rituales proceden de antiguas representaciones del mal, lo animal y lo marginal, posteriormente domesticadas por la cultura festiva (Caro Baroja, El carnaval, 1965).

En este sentido, el Loberico participa de un proceso similar: una figura originalmente temida, asociada a la pérdida de la condición humana, que es progresivamente absorbida por el ritual colectivo hasta convertirse en un elemento identitario y lúdico. Tal como recoge Lisón Tolosana en sus análisis sobre creencias mágicas y marginalidad (Antropología cultural de España, 1971), la transformación en animal suele interpretarse como consecuencia de una falta, un castigo o una situación liminal, lo que refuerza su carácter de figura ejemplarizante dentro del relato popular. Esta ambigüedad moral se refleja en el Loberico, que no es un ser completamente maligno, sino un personaje que transgrede, asusta y provoca, pero sin romper definitivamente el marco comunitario.

Desde el punto de vista simbólico, la hibridación hombre-animal constituye un motivo recurrente en las culturas europeas, especialmente en aquellas de base pastoril. Claude Lévi-Strauss subrayó que los animales, en el pensamiento simbólico, funcionan como operadores conceptuales que permiten expresar tensiones sociales y contradicciones internas (La pensée sauvage, 1962). El lobo, en particular, ocupa un lugar central en el imaginario castellano como encarnación de lo salvaje, lo nocturno y lo exterior a la comunidad, lo que explica su frecuente asociación con relatos de hechicería y licantropía del siglo XIX.

El Carnaval, como marco ritual en el que se inscribe actualmente el Loberico, actúa como un espacio de inversión simbólica del orden social. Siguiendo a Mijaíl Bajtín (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, 1965), el tiempo carnavalesco permite la suspensión temporal de normas, la burla del miedo y la materialización de lo grotesco. En este contexto, la figura del lobo hechizado deja de ser un motivo de terror para convertirse en una presencia controlada y ritualizada, integrada en la fiesta.

No obstante, esta transformación no implica una pérdida total de significado. Como apunta Victor Turner en su teoría de la liminalidad (The Ritual Process, 1969), los personajes que actúan en los márgenes del orden social cumplen una función esencial en los rituales de tránsito. En ellos el Loberico encarna precisamente esa condición liminar: ni completamente humano ni plenamente animal, ni peligro real ni simple máscara, situándose en un espacio simbólico intermedio que remite directamente a las antiguas creencias en la licantropía.

Por tanto, puede afirmarse que el Loberico de Albadalejo constituye un ejemplo paradigmático de continuidad cultural, en el que una creencia ancestral (la del lobo hechizado) ha sido reinterpretada y resignificada dentro de un marco festivo contemporáneo. 

Su pervivencia demuestra cómo las comunidades rurales han sabido canalizar narrativas de miedo y exclusión a través del ritual, transformando la leyenda en patrimonio cultural y la superstición en tradición. O lo que es lo mismo, el Loberico representa en la actualidad, el miedo ancestral a la figura del Lobo Hechizado en el pasado, mezclado con distintos elementos de corte pagano que vinculan a los Españoles del siglo presente, con los arcaicos habitantes de la península ibérica desde la edad de piedra, al menos en su aspecto cultural y tradicional ( algo que ya trate en: los orígenes paganos del hombre lobo 2025).

Alvar Ordoño - Lobos Hechizados, la licantropía en la Castilla del siglo XIX - El loberico de ALbadalejo y el campo de Montiel - 2026 -