miércoles, 30 de septiembre de 2026

La increíble historia de Benito Vázquez. Un trampero español en la historia de los EEUU

La presencia de los españoles en la construcción y creación de los EEUU, es algo poco conocido incluso por los propios españoles, tan dados normalmente a odiar nuestra historia, identidad y propia cultura.. En el fondo llevan no menos de 40 años educándonos para esto, para que nos odiemos a nosotros mismos. pero lo cierto, es que cuando investigas acerca del protagonismo español en el nuevo mundo, y especialmente en Norte América, no dejas de sorprenderte la cantidad de personajes curiosos y sorprendentes que había. Uno de ellos es el que vamos a tratar a día de hoy.. un trampero gallego que vivió entre bosques interminables, grandes lagos y tribus indias. 

Todo ocurrió mucho antes de que nombres como Jim Bridger, Kit Carson o Jedediah Smith convirtieran al trampero en uno de los grandes personajes de la mitología del Oeste americano, un español nacido a miles de kilómetros de las Montañas Rocosas había comenzado ya una vida extraordinaria en aquellas tierras. Su nombre era Benito Vázquez.

No llevaba sombrero Stetson, porque todavía faltaba casi un siglo para que existiera. Tampoco conoció el ferrocarril, las grandes caravanas de colonos, los revólveres Colt ni las ciudades ganaderas que el cine terminaría identificando con el Far West. Cuando Benito Vázquez llegó a las orillas del Mississippi ni siquiera existían los Estados Unidos de América. El Oeste todavía no era americano. Era, al menos oficialmente, español.

Benito Andrés Vázquez había nacido en Santiago de Compostela en 1738. Sobre sus primeros años sabemos muy poco, como ocurre con tantos hombres del siglo XVIII cuya existencia sólo comienza a dejar huellas abundantes cuando entran al servicio de la Corona o aparecen en documentos administrativos. Las reconstrucciones genealógicas identifican a sus padres como Francisco Vázquez y María de la Puente. En algún momento de su juventud ingresó en el Ejército español y quedó vinculado al Regimiento de Infantería de León. Nada hacía sospechar entonces que aquel joven gallego acabaría sus días en una pequeña población situada al otro lado del Atlántico, junto a uno de los mayores ríos del planeta.

Para comprender cómo llegó hasta allí hay que borrar mentalmente las fronteras actuales de Norteamérica. El continente que conoció Benito era completamente diferente. La Guerra de los Siete Años había terminado en 1763 transformando el mapa colonial. 

Francia había perdido gran parte de sus posesiones norteamericanas y Luisiana había pasado a manos españolas. Sobre los mapas de los despachos europeos aquello podía representarse mediante enormes superficies coloreadas con bastante facilidad. La realidad era muy distinta. España acababa de recibir un territorio gigantesco en el que la presencia europea efectiva se concentraba en pequeñas poblaciones, fuertes y puestos comerciales separados por inmensas distancias. Fuera de ellos se extendía un mundo dominado fundamentalmente por las naciones indígenas.

En aquellas tierras los ríos eran las verdaderas carreteras. El Mississippi y el Missouri comunicaban territorios que para un europeo parecían interminables. Por ellos viajaban soldados, comerciantes, aventureros, misioneros, intérpretes y cargamentos de pieles. Osage, Missouri, Kansa, Omaha, Pawnee y muchas otras naciones controlaban o habitaban regiones inmensas, y cualquier europeo que pretendiera comerciar tierra adentro necesitaba comprender que la frontera no era simplemente un territorio vacío esperando ser ocupado. Era una compleja red de pueblos, alianzas, rivalidades y rutas comerciales que existía mucho antes de su llegada. En ese mundo apareció Benito Vázquez. 

Las fuentes no son completamente uniformes respecto al momento exacto en que llegó a Luisiana. Algunas reconstrucciones adelantan su presencia hasta 1766, mientras otras lo relacionan con las tropas españolas que consolidaron definitivamente la autoridad de la Corona en la región hacia 1769. La St. Louis Genealogical Society sitúa su llegada a San Luis en la primavera de aquel año. Lo encontramos relacionado con el oficial Pedro Piernas y poco después asentado en aquella pequeña población situada junto al Mississippi.

San Luis debía de resultar extraordinaria para un hombre procedente de Santiago de Compostela. Fundada pocos años antes por Pierre Laclède y Auguste Chouteau como puesto dedicado al comercio de pieles, seguía siendo culturalmente francesa aunque políticamente perteneciese a España. Sus habitantes hablaban mayoritariamente francés, sus casas conservaban las técnicas constructivas francocanadienses y sus relaciones económicas miraban tanto hacia Nueva Orleans como hacia los territorios indígenas situados río arriba. Sobre aquella sociedad francófona ondeaba, sin embargo, la bandera española.

Benito terminó adaptándose perfectamente a esa extraña combinación de mundos, y después de varios años de servicio militar, decidió abandonar el ejército regular hacia 1772, aunque nunca desaparecería completamente de la organización defensiva de la colonia. Su futuro estaba cada vez más relacionado con la actividad que verdaderamente daba vida a San Luis: el comercio de pieles.

El castor era entonces una pequeña fortuna cubierta de pelo. Sus pieles podían viajar desde las profundidades del continente hasta San Luis, continuar por el Mississippi hacia Nueva Orleans y terminar atravesando el Atlántico. Pero conseguirlas exigía mucho más que colocar trampas. Había que organizar expediciones, comprar mercancías con las que comerciar, contratar hombres, conseguir embarcaciones, conocer los ríos y negociar con los pueblos indígenas. El comerciante fronterizo podía ser al mismo tiempo empresario, explorador, intérprete improvisado, navegante y, cuando las circunstancias lo exigían, soldado.

Por eso llamar simplemente "trampero" a Benito Vázquez resulta atractivo, pero no completamente exacto. No fue todavía un mountain man como los que medio siglo después se internarían durante meses en las Montañas Rocosas. Perteneció a una generación anterior: la de los comerciantes y hombres de frontera que prepararon las rutas por las que posteriormente avanzarían aquellos tramperos legendarios.

Su integración en San Luis quedó definitivamente consolidada cuando, en 1774, contrajo matrimonio con Marie-Julie Papin, perteneciente a una familia francocanadiense establecida en la región. Aquel matrimonio resume de manera casi perfecta el extraño universo de la Luisiana española: un gallego al servicio de la Corona española casado con una mujer de cultura francesa cuyos hijos terminarían viviendo bajo bandera estadounidense.

Tuvieron una familia numerosísima. Las fuentes hablan habitualmente de doce hijos, aunque algunas reconstrucciones genealógicas ofrecen cifras ligeramente distintas. Aquellos niños crecerían escuchando probablemente francés en casa, español en determinados ámbitos administrativos y militares y las lenguas indígenas en los muelles y establecimientos comerciales de San Luis. Varios de ellos terminarían convirtiéndose en soldados, comerciantes, intérpretes y hombres de frontera.

En 1780 Benito adquirió una casa en San Luis. Hay un detalle de aquella operación que permite comprender mejor el mundo en que vivía que muchas páginas de explicaciones: la propiedad fue valorada en pieles. Las fuentes hablan de un pago equivalente a sesenta y dos libras de pieles. La casa era pequeña, construida mediante la técnica conocida como poteaux en terre, gruesos postes de madera colocados verticalmente en el suelo, característica de la arquitectura colonial francesa del valle del Mississippi.

Pero existe otra curiosidad todavía más sorprendente. El lugar donde estuvo aquella propiedad se encuentra aproximadamente en el espacio que actualmente ocupa uno de los extremos del Gateway Arch, el gigantesco arco construido en San Luis como monumento a la expansión de los Estados Unidos hacia el Oeste. La coincidencia posee algo de paradoja histórica. Donde hoy se alza uno de los grandes símbolos del Oeste estadounidense había vivido un español cuando aquel Oeste todavía pertenecía a la Monarquía Hispánica.

Benito también estuvo relacionado con la pequeña comunidad católica de San Luis. Algunas tradiciones familiares le atribuyen haber llevado desde Nueva Orleans una de las primeras campanas utilizadas por la iglesia de la población y haber contribuido económicamente a su mantenimiento. Como sucede con muchos recuerdos familiares transmitidos durante generaciones, algunos detalles resultan difíciles de demostrar documentalmente, pero la tradición sobrevivió entre sus descendientes y terminó incorporándose a las biografías posteriores del personaje.

Mientras Benito formaba una familia y prosperaba como comerciante, al este comenzaba una revolución que terminaría cambiando la historia del continente.

En 1775 las trece colonias británicas se habían rebelado contra Gran Bretaña. España entró en guerra contra los británicos en 1779 y el Mississippi se convirtió inmediatamente en un frente estratégico. San Luis parecía muy alejada de las grandes batallas de la Revolución americana, pero su posición la convertía en un objetivo.

Los británicos y sus aliados organizaron una fuerza para atacar el asentamiento español. El 26 de mayo de 1780 la guerra llegó hasta las puertas de San Luis. Benito Vázquez estaba allí. No como un comerciante refugiado en su casa, sino como hombre integrado en la milicia española. 

La documentación recopilada posteriormente por el historiador Louis Houck muestra que su experiencia militar adquirió entonces especial importancia. Después del ataque aparece encargado de instruir a otros hombres en tareas relacionadas con el servicio militar. San Luis consiguió resistir y la carrera de Benito dentro de las milicias continuó avanzando.

Cuatro años después encontramos uno de los documentos más valiosos para reconstruir su vida. El 26 de marzo de 1784, desde Nueva Orleans, el gobernador español Esteban Miró firmó su nombramiento como capitán de la segunda compañía de milicias de los puestos de Illinois. El documento fue recuperado posteriormente de los archivos españoles y publicado por Louis Houck en sus trabajos sobre el periodo español de Misuri. Allí aparece con el tratamiento de "Don Benito Vasquez".

Este detalle resulta especialmente importante porque nos permite salir de la leyenda. No estamos ante una historia transmitida únicamente por descendientes. El nombramiento existió. La administración española conocía a Benito y reconocía oficialmente sus servicios. Aquel muchacho nacido en Santiago de Compostela se había convertido en capitán de milicias en una de las fronteras más remotas de la América española.

Pero su verdadera obsesión continuaba siendo el comercio. Las canoas y embarcaciones que salían de San Luis remontaban el Missouri penetrando cada vez más profundamente en el continente. El viaje podía prolongarse durante semanas o meses. Las corrientes dificultaban la navegación y los comerciantes dependían de sus relaciones con las distintas naciones indígenas. En aquel mundo, una mala negociación podía significar perder una temporada entera; una tormenta podía destruir mercancías; una enfermedad podía acabar con una expedición y una guerra entre pueblos indígenas podía cerrar de repente una ruta utilizada durante años.

Benito aparece relacionado comercialmente con pueblos como los Osage y los Kansa. El historiador William E. Unrau lo menciona al estudiar la historia de estos últimos en The Kansa Indians: A History of the Wind People, 1673-1873. Su nombre también aparece en el contexto más amplio estudiado por Abraham P. Nasatir en Before Lewis and Clark, una obra especialmente interesante porque muestra hasta qué punto la exploración del Missouri había comenzado mucho antes de la famosa expedición estadounidense.

Ese es quizá uno de los aspectos más fascinantes de la historia de Benito Vázquez. Cuando Lewis y Clark partieron hacia el Oeste en 1804 no estaban entrando en un territorio completamente desconocido. Comerciantes franceses y españoles llevaban décadas remontando aquellos ríos, manteniendo relaciones con los pueblos indígenas y transmitiendo información sobre rutas, distancias y territorios.

La documentación de la época incluso nos permite escuchar, indirectamente, la voz administrativa de Benito. En los fondos de la Missouri Historical Society se conservan papeles relacionados con un asunto comercial de 1779 conocido como el caso Vázquez-Motard, donde figura su testimonio en relación con la valoración de una embarcación y su cargamento. Es un documento aparentemente menor, pero extraordinariamente valioso. Nos recuerda que detrás del personaje aventurero existía también un hombre de negocios preocupado por barcos, mercancías, deudas y contratos.

A finales del siglo XVIII el comercio de pieles de San Luis se había convertido en una actividad ferozmente competitiva. Familias como los Chouteau acumulaban una enorme influencia económica y política. Las autoridades concedían licencias y privilegios comerciales, y conseguir acceso exclusivo a determinadas naciones indígenas podía significar enriquecerse. Perderlo podía significar la ruina.

Benito conoció ambas caras del negocio. Llegó a disfrutar de una posición respetable en San Luis, pero también sufrió conflictos comerciales y políticos. Algunas reconstrucciones de su vida cuentan incluso que pasó treinta y cinco días encarcelado después de enfrentarse con las autoridades por cuestiones relacionadas con sus derechos comerciales. El episodio aparece repetido en diversas biografías posteriores, aunque la documentación accesible no permite reconstruirlo con la misma seguridad con la que conocemos su nombramiento militar. Es uno de esos puntos en los que resulta prudente dejar que la incertidumbre permanezca en lugar de convertir una tradición en certeza.

A finales de la década de 1790 apareció una oportunidad que prometía llevar el comercio todavía más lejos. Jacques Clamorgan y otros comerciantes organizaron una compañía destinada a penetrar profundamente en el alto Missouri y disputar a los comerciantes británicos procedentes de Canadá el lucrativo tráfico de pieles. Benito invirtió en aquella empresa. Parecía una oportunidad extraordinaria, pero terminó siendo una catástrofe.

Las dificultades logísticas, la competencia, los ataques y la falta de los beneficios esperados hicieron fracasar buena parte de aquellas expediciones. Los inversores perdieron enormes cantidades de dinero y Benito estuvo entre los perjudicados. El hombre que durante años había conseguido prosperar en uno de los territorios más difíciles de América comenzó a ver desaparecer su fortuna.

Hay algo casi literario en ello. Benito había cruzado un océano, sobrevivido a la frontera, participado en la defensa de San Luis y negociado durante décadas en un territorio donde una expedición podía desaparecer sin dejar noticias. Sin embargo, lo que terminó quebrando su prosperidad no fue una flecha, una batalla ni una tormenta en el Missouri. Fue una mala inversión.

Mientras sus negocios se deterioraban, también desaparecía el mundo político al que había pertenecido. España había gobernado Luisiana durante casi cuatro décadas cuando, mediante el Tratado de San Ildefonso de 1800, acordó devolver el territorio a Francia. Napoleón Bonaparte soñaba entonces con reconstruir un imperio francés en América, pero sus planes fracasaron rápidamente. En 1803 decidió vender Luisiana a los Estados Unidos.

Benito tenía ya más de sesenta años. Había llegado a San Luis cuando aquello era una pequeña población francófona gobernada por España y ahora iba a convertirse, sin abandonar su casa, en ciudadano de un país que ni siquiera existía cuando había nacido.

La transferencia de soberanía produjo una de las escenas más extraordinarias de la historia de San Luis. En marzo de 1804 se celebraron las ceremonias posteriormente conocidas como el Three Flags Day. La bandera española descendió. Durante unas horas volvió a ondear la francesa. Después fue sustituida por la bandera de los Estados Unidos.

Tres soberanías y tres banderas en apenas un día. Una tradición conservada entre los descendientes de los Vázquez sostiene que Benito y su familia contemplaron emocionados cómo era arriada la bandera española. No podemos saber qué pensó realmente en aquel momento. Cualquier frase puesta en su boca sería invención. Pero resulta difícil imaginar que aquella ceremonia pudiera dejar indiferente a un hombre que había servido durante tantos años a España.

Lo extraordinario es que la historia de los Vázquez no terminó con la desaparición de la Luisiana española. En cierto modo, acababa de comenzar.

Uno de sus hijos, Antoine François Vázquez, conocido como Baronet, se convirtió en intérprete y hombre de frontera. Cuando Zebulon Montgomery Pike emprendió en 1806 una de las grandes expediciones de reconocimiento del territorio recién adquirido por los Estados Unidos, Baronet Vázquez viajó con él como intérprete. Reuben Gold Thwaites lo recordaría posteriormente en su monumental colección Early Western Travels, 1748-1846, identificándolo como hijo del español Benito Vázquez de San Luis.

Otro de los hijos, Benito Vázquez Jr., penetraría todavía más profundamente en el Missouri y estaría relacionado con Manuel Lisa, uno de los grandes comerciantes de pieles de la primera frontera estadounidense.

Este punto ha provocado una curiosa confusión histórica. Algunas biografías modernas atribuyen al viejo Benito aventuras ocurridas hacia 1807 en el alto Missouri, Yellowstone y Bighorn. Pero el protagonista de esas expediciones no era el gallego nacido en 1738. Era su hijo, Benito Vázquez Jr. Padre e hijo compartían nombre y actividad comercial, y con el paso de los años sus historias terminaron mezclándose.

Todavía quedaba otro hijo destinado a prolongar mucho más aquella aventura familiar. Pierre Louis Vázquez había nacido en San Luis en 1798. Tenía apenas doce años cuando murió su padre, pero llegaría a convertirse en uno de los verdaderos mountain men de la época clásica del comercio de pieles. Trabajó en las Montañas Rocosas, estuvo relacionado con Andrew Sublette, participó en el establecimiento de Fort Vasquez en el actual Colorado y posteriormente mantuvo una estrecha asociación con el legendario Jim Bridger.

De repente, la historia adquiere una continuidad extraordinaria. Benito Vázquez había llegado a la frontera cuando todavía reinaba Carlos III. Su hijo Louis viviría en el mundo de los hombres de las montañas, los rendezvous de tramperos y las expediciones hacia las Rocosas. Entre padre e hijo se extiende prácticamente toda la transformación del Oeste norteamericano desde la frontera colonial española hasta la época clásica de los mountain men.

Benito no llegó a verlo. Murió en San Luis el 22 de febrero de 1810, con alrededor de setenta y un años. Sus últimos tiempos estuvieron lejos de la prosperidad que había conocido. Las pérdidas comerciales habían reducido considerablemente su patrimonio y existen referencias a que él y Julie tuvieron que desprenderse de propiedades y depender parcialmente de la ayuda de sus hijos.

Pero juzgar aquella vida por el dinero que quedaba al final sería perder de vista todo lo demás. Benito había nacido en Santiago de Compostela en 1738. Había servido en el Ejército español. Había cruzado el Atlántico. Había llegado a una de las fronteras más lejanas de la Monarquía Hispánica. Había comerciado con pueblos indígenas. Había navegado por el Mississippi y participado en las redes que se internaban por el Missouri. Había defendido San Luis durante la guerra contra Gran Bretaña. Había alcanzado el grado de capitán de milicias. Había creado una familia cuyos hijos continuarían avanzando hacia territorios que para muchos europeos todavía eran poco más que nombres sobre un mapa. Y había vivido lo suficiente para contemplar cómo el territorio español en el que había construido su vida se convertía en parte de los Estados Unidos.

Después de su muerte su nombre fue quedando enterrado bajo una historia del Oeste escrita principalmente desde la perspectiva estadounidense. Sin embargo, nunca desapareció completamente.

Durante el siglo XIX Frederick Louis Billon reunió documentos y testimonios sobre los primeros habitantes de San Luis y dejó entre sus papeles referencias a Benito Vázquez y sus actividades comerciales. A comienzos del siglo XX el historiador Louis Houck volvió a encontrar su nombre mientras investigaba el pasado colonial de Misuri. En obras como A History of Missouri from the Earliest Explorations and Settlements y especialmente The Spanish Regime in Missouri, Houck publicó numerosos documentos procedentes de archivos españoles, incluido el nombramiento de Benito como capitán firmado por Esteban Miró en 1784.

Más tarde Lawrence Kinnaird realizó una de las recopilaciones documentales fundamentales para comprender aquella época en Spain in the Mississippi Valley, 1765-1794. Abraham P. Nasatir reconstruyó las expediciones y redes comerciales anteriores a Lewis y Clark en su monumental Before Lewis and Clark. Investigadores posteriores, entre ellos Jaxine Lecompte al estudiar la vida de Baronet Vázquez, recurrieron directamente a los Vasquez Papers conservados por la Missouri Historical Society y volvieron a encontrarse inevitablemente con el viejo Benito.

Gracias a esos historiadores sabemos que no necesitamos convertirlo en una leyenda para que su historia resulte fascinante. Los documentos bastan. Su nombre aparece en testimonios comerciales de 1779. Aparece entre los hombres de la milicia española. Aparece en documentos de Esteban Miró. Aparece en los registros de los comerciantes de San Luis. Aparece en investigaciones sobre las relaciones con los pueblos indígenas. Y vuelve a aparecer cuando los historiadores siguen la pista de sus hijos hacia el interior del continente.

Quizá por eso "trampero español" sea una descripción demasiado pequeña para Benito Vázquez. Fue soldado, comerciante, miliciano, capitán, colono y hombre de frontera. Perteneció a una generación anterior a los grandes mountain men, a aquellos hombres que comenzaron a construir las redes comerciales y humanas que después permitirían internarse cada vez más profundamente en el continente.

Existe finalmente una coincidencia histórica difícil de mejorar incluso recurriendo a la ficción. En San Luis se levanta hoy el Gateway Arch, el gigantesco arco de acero construido como símbolo de la expansión estadounidense hacia el Oeste. Los visitantes caminan bajo él pensando en exploradores, pioneros, caravanas y hombres de las montañas.

Muy pocos saben que aproximadamente allí, cerca de uno de los extremos donde hoy se apoya aquella inmensa estructura, estuvo una vez la pequeña casa de madera de Benito Vázquez.

Una casa pagada con pieles. Allí vivió un gallego que había nacido cuando todavía reinaba Felipe V, que cruzó el Atlántico al servicio de España y que terminó sus días en una ciudad estadounidense. Allí formó una familia cuyos hijos continuarían avanzando hacia las Montañas Rocosas. Allí contempló cómo desaparecía la bandera bajo la que había servido durante buena parte de su vida.

Décadas después llegarían Jim Bridger, Kit Carson, las grandes compañías peleteras y todos aquellos nombres que acabarían alimentando la leyenda del Oeste.

Pero antes de los cowboys, antes de los revólveres Colt, antes de las diligencias, antes de las caravanas de colonos e incluso antes de que existieran los Estados Unidos, un español llamado Benito Vázquez ya había llegado hasta allí.

Sin duda una historia apasionante, que nos deja ver hasta donde ha llegado el mundo hispánico, y lo poco conocido y potenciado que es por los propios españoles. Seguramente si Benito Vazquez fuera francés, Americano, inglés o Alemán, todo el mundo conocería su nombre. Pero tristemente tuvo la desgracia de ser español. Un país que ha sido educado para olvidar y despreciar a sus propios héroes. 

Por ello, la historia de Benito, aun cuando digna de una película, nunca vera la luz en cine, o en libros.. no interesa a ningún compatriota hablar de un Gallego que sirvió con orgullo a las milicias españolas, y que defendió la bandera bajo las ordenes del rey. Así como que contribuyó a todo lo mencionado con orgullo y dedicación. 

Esto nos deja ver, cuan insignificantes son las vidas que todos tenemos hoy, en comparación con esa generación de hombres, que desde los tercios de Flandes, hasta los pioneros americanos o las milicias hispanas de Bernardo de Gálvez defendiendo Pensacola, llevaron el nombre, la heroicidad y la épica española hasta niveles desconocidos en el presente. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

El negro Pereira: el falangista africano que la historia olvidó

El episodio que vamos a abordar hoy es uno de esos relatos poco conocidos que apenas han logrado sobrevivir al paso de los años. Más aún en una época en la que determinados capítulos del pasado difícilmente encuentran espacio para el análisis y el debate cuando se apartan de la interpretación considerada oficial. Desde esta perspectiva, hablar de un negro falangista, miembro destacado del partido, activista, y estimado por sus compañeros, se hace difícil de entender, al presentarnos de manera oficial el nacional sindicalismo de la falange, como una ideología cercana al Nacional Socialismo alemán. pero no... lo cierto es que las ideas del nacional sindicalismo español, nunca fueron, o se centraron en la raza como eje fundamental de sus ideas.. Prueba de ello es la historia que voy a abordar hoy, rescatando con ello este curioso episodio, y dándole el peso historio que se merece. Hoy vamos a hablar del conocido como; El negro Pereira.

Para ello retrocedamos a las fotografías de la Falange de los primeros años, donde aparecen rostros que el tiempo terminó convirtiendo en nombres conocidos. José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo. Hombres fotografiados en mítines, reuniones políticas, entierros o formaciones de camisas azules. Junto a ellos aparecen otros a quienes la Historia apenas concedió unas líneas. Entre estos últimos hubo un hombre cuya presencia resultaba difícil de ignorar. Era negro. Se llamaba Antonio Gonzálvez Pereira, aunque para sus camaradas fue sencillamente el Negro Pereira.

Su historia constituye una de las biografías más singulares de aquella primera Falange anterior a la Guerra Civil. Pereira no fue un teórico del nacionalsindicalismo, no escribió libros ni artículos doctrinales, no pronunció grandes discursos y tampoco perteneció al pequeño círculo de intelectuales que intentó dotar de contenido ideológico al nuevo movimiento. Su nombre apenas ocupa espacio en las grandes historias dedicadas al fascismo español. Y, sin embargo, estuvo extraordinariamente cerca de algunos de sus fundadores, participó en aquella organización cuando pertenecer a Falange significaba todavía militar en un pequeño partido radical y terminó muriendo junto a varios de sus dirigentes en uno de los episodios más trágicos del Madrid de 1936.

Reconstruir su vida no resulta sencillo. Muchos de los datos biográficos que conocemos actualmente fueron recuperados décadas después, entre otros, por Juan Manuel Cepeda en sus investigaciones sobre la primera Falange y la denominada memoria azul. Esto obliga a caminar con cierta prudencia. Algunos episodios pueden contrastarse mediante documentación contemporánea; otros proceden de recuerdos, testimonios y reconstrucciones posteriores. La historia de Pereira se encuentra precisamente en esa frontera incómoda entre el documento y la memoria, entre aquello que sabemos y aquello que durante décadas se contó sobre él.

Había nacido hacia 1904 en lo que las fuentes de la época denominaban África portuguesa. Su origen africano explica probablemente el apellido portugués y, naturalmente, aquel rasgo físico que terminaría sustituyendo prácticamente a su nombre en el recuerdo de sus camaradas. En la España de los años veinte un hombre negro constituía todavía una presencia poco habitual, y más aún dentro de los ambientes militares y políticos en los que acabaría desenvolviéndose.

Siendo joven ingresó en la Legión Española. No era una institución cualquiera. Creada en 1920 para combatir fundamentalmente en Marruecos, la Legión había desarrollado rápidamente una identidad propia construida alrededor de la disciplina, el compañerismo, el sacrificio y una relación casi mística con la muerte. Aquella retórica, que hoy puede resultar extraña, impregnaba profundamente el espíritu legionario de la época. Para un joven africano llegado a España, además, el Ejército podía constituir una poderosa vía de integración social.

Según las reconstrucciones biográficas publicadas sobre él, Pereira alcanzó el empleo de sargento y habría recibido en 1927 la Cruz de María Cristina por sus servicios militares. Es uno de esos datos repetidos posteriormente en las semblanzas dedicadas a su figura que merecería todavía una investigación documental específica en los archivos militares, porque su expediente completo permitiría conocer mucho mejor unos años de su vida sobre los que apenas sabemos nada.

En algún momento de aquel recorrido su destino se cruzó con el de Julio Ruiz de Alda. El encuentro cambiaría su vida.

Ruiz de Alda era entonces una celebridad nacional. Aviador militar y uno de los tripulantes del Plus Ultra, había participado en 1926 en el histórico vuelo que unió Palos de la Frontera con Buenos Aires. Aquella hazaña había convertido a sus protagonistas en personajes populares en toda España. Cuando Pereira dejó la Legión terminó trabajando como chófer de Ruiz de Alda y, con el tiempo, desempeñó también funciones de acompañamiento y protección personal.

La relación entre ambos parece haber sido mucho más estrecha que la existente entre un simple empleado y su patrón. Debió de desarrollarse entre ellos una considerable confianza personal. Y esa relación explica en buena medida que cuando Ruiz de Alda se involucró en la creación de un nuevo movimiento político, Pereira terminara siguiéndolo.

El 29 de octubre de 1933 tuvo lugar en el Teatro de la Comedia de Madrid el acto considerado tradicionalmente como la presentación pública de Falange Española. Allí hablaron Alfonso García Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera. La imagen posterior de Falange, inevitablemente condicionada por la Guerra Civil y por su posterior integración en el sistema político franquista, puede deformar nuestra percepción de lo que aquel movimiento representaba en 1933.

Stanley G. Payne, en su conocido estudio Falange. Historia del fascismo español, insistió precisamente en las reducidas dimensiones iniciales del movimiento y en sus dificultades para conquistar un espacio propio dentro de la política española. La Falange que conoció Pereira no era todavía una organización de masas. Era un partido pequeño, radical, con escasos recursos y rodeado de adversarios.

Pereira se incorporó a aquella primera Falange y quedó también relacionado con la Central Obrera Nacional-Sindicalista, la CONS, mediante la cual los falangistas pretendían introducir su proyecto nacionalsindicalista en el mundo obrero. Su militancia parece haber estado estrechamente vinculada a Ruiz de Alda. No conservamos escritos políticos de Pereira ni reflexiones suyas acerca del fascismo, el sindicalismo o el nacionalismo, de modo que sería aventurado atribuirle una sofisticación doctrinal que desconocemos. Lo que sí aparece constantemente cuando se rastrea su trayectoria es su fidelidad personal hacia el aviador y su patriotismo español. 

Pereira conducía su automóvil, lo acompañaba y, cuando las circunstancias lo exigían, contribuía a protegerlo. Era uno de aquellos hombres que permanecían unos pasos detrás de quienes ocupaban el centro de las fotografías.

La España republicana estaba entrando en una etapa cada vez más violenta. La política comenzaba a abandonar los parlamentos para continuar en las calles. Organizaciones de diferentes tendencias desarrollaban grupos de protección, juventudes uniformadas y estructuras de carácter paramilitar. Los atentados y las represalias comenzaron a alimentar una dinámica en la que cada muerto justificaba el siguiente.

El historiador Eduardo González Calleja ha dedicado buena parte de sus investigaciones precisamente al fenómeno de la violencia política durante la Segunda República. Sus trabajos permiten comprender que aquella violencia no perteneció exclusivamente a una organización o a un único espacio ideológico. Existieron culturas de confrontación revolucionarias y contrarrevolucionarias que fueron alimentándose mutuamente dentro de una sociedad progresivamente polarizada. En el caso de Falange, la violencia adquirió además una dimensión doctrinal particular: la acción directa, la disciplina, el sacrificio y la imagen del militante dispuesto a morir comenzaron a formar parte de su propia cultura política. Es de suponer que un antiguo legionario como Pereira no debía de sentirse extraño dentro de aquel universo.

El 3 de julio de 1934 fue detenido en Madrid junto a Sinforiano Moldes, otro personaje peculiar de aquella Falange primitiva, procedente del mundo anarcosindicalista. Según la documentación recuperada posteriormente por Juan Manuel Cepeda, la policía encontró a Pereira una pistola del calibre 7,65 y ocho cartuchos. Fue puesto en libertad, aunque poco después volvió a ser detenido durante una redada policial realizada en la sede falangista de la calle Marqués de Riscal.

Fuera de aquel mundo de política, pistolas y enfrentamientos existía, sin embargo, otro Pereira. Estaba casado con una mujer sevillana llamada María Galindo Cano y el matrimonio vivía en Madrid, en el número 82 de la calle Zurbano. Es uno de esos pequeños datos aparentemente irrelevantes que de pronto devuelven humanidad a un personaje histórico. Pereira tenía una casa, una esposa, un trabajo y una existencia cotidiana. Antes de convertirse en una pequeña nota al pie de la historia de Falange había sido simplemente un hombre intentando construir una vida en Madrid.

Las elecciones de febrero de 1936 y la victoria del Frente Popular abrieron una nueva fase de enfrentamiento político. Durante aquella primavera se multiplicaron las agresiones, los atentados y las represalias. Falange participó activamente en aquella espiral violenta y, al mismo tiempo, sufrió la muerte de numerosos militantes. Joan Maria Thomàs, uno de los historiadores que más extensamente ha estudiado el falangismo, ha mostrado cómo durante aquellos meses el movimiento se radicalizó mientras la represión gubernamental trataba de desarticularlo. La organización fue ilegalizada y José Antonio Primo de Rivera y numerosos dirigentes y militantes acabaron detenidos.

Pereira fue arrestado nuevamente en marzo de 1936 y terminó encerrado en la Cárcel Modelo de Madrid. Allí volvió a encontrarse con Julio Ruiz de Alda.

Cuando el 18 de julio comenzó la sublevación militar que desembocaría en la Guerra Civil, Pereira continuaba preso. Madrid permaneció bajo control de la República y las cárceles de la capital comenzaron a concentrar a militares, falangistas, monárquicos, derechistas y personas consideradas sospechosas de simpatizar con la rebelión. La Modelo se convirtió así en una prisión en la que estaban recluidos algunos personajes importantes de la derecha española. Entre ellos se encontraban Julio Ruiz de Alda y Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio. También estaba Pereira.

El antiguo chófer permanecía nuevamente cerca del hombre al que había acompañado durante años, aunque esta vez ninguno de los dos disponía de un automóvil con el que marcharse.

El 22 de agosto de 1936 todo terminó.

Madrid vivía entonces bajo una tensión difícil de imaginar. La guerra apenas llevaba unas semanas, circulaban noticias sobre asesinatos cometidos en ambos territorios, existía un miedo obsesivo a la quinta columna y los rumores sobre conspiraciones y fugas se propagaban con enorme facilidad. Aquel día se produjo un incendio en la Cárcel Modelo y grupos de milicianos acabaron penetrando en el recinto. Las autoridades republicanas fueron incapaces de recuperar eficazmente el control de la situación. Se improvisaron interrogatorios y comenzaron las ejecuciones.

Fue uno de los episodios más graves de violencia política ocurridos en Madrid durante aquellos primeros meses de guerra. los "rojos" entraron en la carcel para fusilar a todos los disidentes ideologicos que estaban encerrados sin poder defenderse

Entre los asesinados se encontraban Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera y José María Albiñana. También murió Sinforiano Moldes. Y si, también Antonio Gonzálvez Pereira.

Una referencia periodística posterior hablaría expresamente de la muerte de «Julio Ruiz de Alda y su chófer, el negro Pereira». Incluso después de muerto seguía siendo identificado por las dos características que habían marcado su existencia pública: su color y su relación con Ruiz de Alda.

Existe una narración mucho más dramática acerca de sus últimos minutos. Según la reconstrucción difundida posteriormente por Juan Manuel Cepeda a partir de testimonios sobre lo sucedido en la prisión, Pereira habría recibido varios disparos sin morir inmediatamente. El doctor Groizard y Gerardo González Sampedro, que tenía conocimientos sanitarios, habrían intentado atenderlo. Mientras trataban de salvarle la vida, una miliciana relacionada con la CNT habría aparecido y lo habría rematado de un disparo, en el suelo, a sangre fría y completamente indefenso. 

Algunas versiones no demostrables, pues todo lo relacionado con Pereira es muy difuso y carente de documentación historia evidente, atribuyen determinadas palabras a su mujer mujer antes de que fuera asesinado a sangre fría. 

Es precisamente aquí donde conviene detenerse. El asesinato de Pereira durante los sucesos de la Modelo está suficientemente establecido. Los detalles exactos de sus últimos minutos no poseen necesariamente el mismo grado de certeza documental. Proceden fundamentalmente de testimonios y reconstrucciones posteriores conservados dentro de la memoria falangista. Pueden contener elementos ciertos, pero el historiador debe distinguir entre un hecho acreditado y una escena reconstruida décadas después. Sabemos que Pereira murió. Sabemos dónde y cuándo. Resulta mucho más difícil afirmar exactamente cómo fueron sus últimos segundos.

En el día de su muerte tenía aproximadamente treinta y dos años. Su amigo y compañero Julio Ruiz de Alda murió aquel mismo día. En el mismo lugar, y junto a su camarada.

De alguna manera, aquella relación que había comenzado años atrás terminó también junta.

No obstante, a pesar de su trágico final, Pereira todavía iba a aparecer una última vez en la documentación de aquella España en guerra, y esta vez no sería a través de un recuerdo escrito muchos años después.

En noviembre de 1936 José Antonio Primo de Rivera estaba siendo juzgado en Alicante. Durante uno de los interrogatorios apareció una pregunta acerca de un hombre negro supuestamente relacionado con su protección personal. José Antonio negó reconocer al individuo al que parecía referirse la acusación y realizó entonces una precisión extraordinariamente reveladora. El único negro que conocía, explicó, era Antonio Pereira, afiliado a Falange y especialmente vinculado a Ruiz de Alda.

Más allá de las pequeñas diferencias existentes entre las transcripciones que posteriormente circularon del proceso, la referencia posee un considerable valor histórico. José Antonio conocía a Pereira. Sabía que pertenecía a Falange y, sobre todo, lo identificaba por el vínculo personal que había unido al africano con Julio Ruiz de Alda.

Cuando José Antonio pronunció aquellas palabras, Pereira llevaba casi tres meses muerto. Ruiz de Alda también. Y pocos días después, el 20 de noviembre de 1936, el propio José Antonio sería fusilado en Alicante.

La presencia de Antonio Gonzálvez Pereira dentro de la Falange fundacional plantea inevitablemente otra cuestión. Un hombre negro militando en una organización fascista europea de los años treinta parece, contemplado desde el presente, una contradicción inmediata. Pero esa impresión nace en buena medida de identificar automáticamente todos los fascismos europeos con el sistema racial desarrollado por el nacionalsocialismo alemán.

No eran fenómenos idénticos. La historiografía del fascismo español, desde los trabajos clásicos de Stanley G. Payne hasta investigaciones posteriores de autores como Joan Maria Thomàs, ha mostrado las semejanzas existentes entre Falange y los movimientos fascistas europeos, pero también sus peculiaridades. El falangismo compartió con ellos el ultranacionalismo, el antiparlamentarismo, la organización jerárquica, la exaltación de la juventud, la movilización política y la legitimación de la violencia. Sin embargo, su concepción nacional estaba profundamente condicionada por la tradición histórica española, el pasado imperial y la idea de Hispanidad. La cuestión racial no ocupó en la doctrina falangista fundacional la posición central y biológica que alcanzó en el nacionalsocialismo alemán.

La existencia de Pereira no permite, naturalmente, sacar conclusiones generales sobre las actitudes raciales de todos los falangistas. Pero sí demuestra algo mucho más concreto y difícil de discutir: un hombre negro pudo militar en la Falange fundacional, relacionarse personalmente con sus dirigentes y desenvolverse durante años en el círculo inmediato de uno de sus fundadores sin que su origen africano impidiera su integración en el movimiento.

Y quizá sea precisamente ahí donde su historia adquiere una dimensión que supera la mera curiosidad.

Los movimientos políticos suelen sobrevivir en los libros a través de quienes escribieron sus doctrinas y pronunciaron sus discursos. Recordamos a los fundadores, a los ideólogos y a quienes llegaron al poder. Pero las organizaciones políticas estuvieron compuestas también por hombres cuyos nombres raramente alcanzaron las páginas de los grandes estudios históricos. Chóferes, escoltas, enlaces, militantes que transportaban propaganda, vigilaban una puerta, conducían durante la noche o acompañaban a un dirigente. Pereira fue uno de ellos.

Un africano nacido bajo dominio portugués que terminó vistiendo el uniforme de la Legión española. Un soldado que acabó conduciendo el automóvil de uno de los aviadores más famosos de España. Un chófer que siguió a aquel hombre hasta una pequeña organización política recién fundada. Un negro entre las camisas azules de la primera Falange. Un hombre casado con una sevillana que vivía en la calle Zurbano. Un militante armado durante los años violentos de la República. Un preso encerrado en la Modelo cuando España comenzó a matarse a sí misma.

Y finalmente, uno de los muertos del 22 de agosto de 1936.

Pereira no llegó a conocer la Falange multitudinaria de la Guerra Civil ni su unificación forzosa por Franco en 1937. No conoció el partido único, ni los ministerios, ni los gobernadores civiles, ni los grandes desfiles de la posguerra. La Falange que él conoció había sido otra. La pequeña. La peligrosa. La de las reuniones clandestinas en locales modestos, las detenciones, las pistolas ocultas bajo la ropa y los militantes que conocían personalmente a sus dirigentes.

Su Falange fue la de antes de la guerra. Tal vez por eso resulte insuficiente contemplar al Negro Pereira simplemente como una extravagancia histórica, como aquel extraño «falangista negro» que aparece inesperadamente en una fotografía de los años treinta. Su breve biografía contiene muchas de las contradicciones de aquella generación: África y España, la guerra de Marruecos y la política madrileña, la Legión y el fascismo, la camaradería y la violencia propia de la inestabilidad política de la 2º republica, la vida cotidiana y finalmente la Guerra Civil.

La Historia conservó muy pocas palabras de Antonio Gonzálvez Pereira. En realidad, casi ninguna. Fueron siempre otros quienes hablaron de él.

Quizá por eso, cuando intentamos reconstruir hoy su existencia, encontramos una y otra vez la misma imagen: la de un hombre situado unos pasos detrás de los protagonistas, suficientemente cerca para acompañarlos en la Historia, pero demasiado lejos para que la Historia se acordara de preguntarle quién era. Posiblemente su temprano asesinato en la cárcel a manos de republicanos madrileños, impidió igualmente que el personaje jugara un rol importante en la guerra civil, quien sabe.. ¿habría sido conocido?, ¿habría realizado grandes hazañas?, ¿hoy su nombre sería mencionado?.. Nunca lo sabremos. Solo sabemos, que él, junto con otros muchos "idealistas de ambos bandos en aquellos tiempos, jugaron un papel secundario dentro del protagonismo principal de la historia. 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Las cruzadas nacieron como respuesta a la conquista islámica del reino Bizantino

Normalmente, en el inconsciente popular europeo, solemos ver las Cruzadas como una empresa de los caballeros cristianos occidentales por conquistar, dominar y acaparar una tierra lejana y ajena a nosotros. Una tierra en la que el islam vivía controlando pacíficamente sus territorios, sin meterse con nadie, hasta la llegada de los imperialistas europeos.

Pocas veces, sin embargo, se enfoca el contexto de las Cruzadas desde una perspectiva histórica más amplia: como el intento por parte de la cristiandad de recuperar unas tierras que habían sido cristianas durante siglos antes de quedar bajo dominio musulmán.

Porque la realidad es que las Cruzadas no surgieron de la nada ni comenzaron con la llegada de los caballeros occidentales a Oriente. Las cruzadas, Fueron precedidas por siglos de expansión y conquistas musulmanas sobre territorios que anteriormente habían formado parte del mundo cristiano.

Por tanto, reducir las Cruzadas simplemente a un intento imperialista occidental por conquistar tierras árabes deja fuera una parte fundamental de su contexto histórico. Una respuesta a una expansión y a unos conflictos que habían comenzado mucho antes con el auge y apogeo del islam

Pero para comprender realmente cómo se llegó hasta allí, debemos empezar desde el principio.. 

Cuando el papa Urbano II tomó la palabra ante los reunidos en el Concilio de Clermont, el 27 de noviembre de 1095, Jerusalén llevaba más de cuatro siglos bajo gobiernos musulmanes. Habían transcurrido aproximadamente 457 años desde la conquista árabe de la ciudad en el siglo VII. Para los hombres que escuchaban al pontífice, por tanto, la pérdida de Jerusalén pertenecía a un pasado remoto. Ninguno de ellos había conocido una Jerusalén cristiana y tampoco sus padres, sus abuelos ni muchas generaciones anteriores. Sin embargo, en la memoria religiosa de la cristiandad aquella ciudad nunca había dejado de ocupar un lugar central.

Este hecho permite abordar las Cruzadas desde una perspectiva que a menudo queda oscurecida cuando la narración comienza directamente en 1095. Porque el Oriente hacia el que marcharon los cruzados no había sido siempre islámico. Al contrario: el islam era históricamente posterior al cristianismo en Jerusalén, Palestina, Siria, Egipto y buena parte del Mediterráneo oriental y norteafricano.

Aún así, y siendo realistas, no podemos ni deseamos afirmar que todo el territorio que acabaría componiendo el mundo islámico hubiera sido anteriormente cristiano. La Arabia en la que nació Mahoma contenía comunidades cristianas y judías, pero también diferentes cultos paganos árabes; Persia era fundamentalmente zoroastriana, aunque poseía importantes comunidades cristianas. Sin embargo, cuando desplazamos la mirada hacia Siria, Palestina y Egipto, la situación cambia radicalmente. A comienzos del siglo VII estas regiones pertenecían al Imperio romano de Oriente y estaban pobladas por comunidades cristianas de diferentes tradiciones. 

El Metropolitan Museum of Art describe precisamente aquel mundo anterior a las conquistas árabes señalando que, al comenzar el siglo VII, los territorios desde Siria hasta Egipto y el norte de África estaban gobernados desde Constantinopla y eran hogar de cristianos ortodoxos, coptos y siríacos, además de comunidades judías y otros grupos religiosos paganos.

El cristianismo, además, no había llegado allí desde Europa. Había nacido allí. Jerusalén era el escenario de la crucifixión y, para los cristianos, de la resurrección de Cristo. Antioquía había sido uno de los grandes centros del cristianismo primitivo. Alejandría se convirtió en una de las grandes sedes episcopales e intelectuales de la Iglesia antigua. Siria produjo teólogos, ascetas y tradiciones monásticas fundamentales. Durante los siglos IV, V y VI, iglesias, monasterios, basílicas y lugares de peregrinación habían transformado profundamente el paisaje religioso de aquellas regiones.

Por ello, cuando los primeros ejércitos musulmanes comenzaron a penetrar en los territorios bizantinos durante el siglo VII no estaban conquistando tierras históricamente islámicas, algo cronológicamente imposible, sino provincias que llevaban siglos vinculadas al cristianismo.

Insisto, evidente no en su totalidad. No podemos afirmar que Palestina había sido «cristiana durante seiscientos años». En el siglo I los cristianos eran una minoría. La transformación religiosa del Imperio romano necesitó siglos. Es históricamente más exacto afirmar que, cuando los ejércitos musulmanes entraron en Palestina, el cristianismo llevaba allí unos seis siglos de existencia y aproximadamente tres siglos ocupando una posición predominante dentro del Imperio romano cristianizado. Lo que si se puede y se debe de afirmar, es que el Islam no ocupó Palestina al menos hasta el siglo VII de nuestra era. 

Mohamed nació aproximadamente en el año 570 después de Cristo, proclamándose el enviado de Dios en el año 610 d C, muriendo en el año 632 d C. En ese momento difícilmente podía imaginarse en la Constantinopla cristiana que, apenas unas décadas después, algunas de las provincias más antiguas y ricas del Imperio habrían desaparecido de su control siendo controladas por una nueva religión de los desiertos. 

La expansión del islam coincidió además con un Bizancio agotado. Durante décadas había combatido contra el Imperio sasánida. Los persas habían conquistado Jerusalén en 614 (no eran aun musulmanes) y se habían apoderado de la Vera Cruz, una catástrofe de enorme significado simbólico para los cristianos. El emperador Heraclio reaccionó mediante una extraordinaria contraofensiva que terminó destruyendo la capacidad persa. Jerusalén regresó al dominio bizantino y Heraclio restituyó solemnemente la reliquia de la Cruz.

Parecía una restauración, pero en realidad era el final de una época.

Los primeros enfrentamientos entre las fuerzas procedentes de Arabia y el mundo bizantino aparecieron ya durante los últimos años de vida de Mahoma. En 629, cerca de Mu'ta, en la actual Jordania, se produjo un enfrentamiento entre una expedición musulmana y fuerzas vinculadas al Imperio bizantino. No fue todavía la gran invasión que transformaría Oriente Próximo, pero anunciaba una frontera que estaba comenzando a moverse.

Tras la muerte de Mahoma y la consolidación del primer califato, la expansión adquirió otra dimensión. En 634 los ejércitos musulmanes penetraron decisivamente en Siria y Palestina. Las fuerzas bizantinas intentaron contenerlos. Cerca de Ajnadayn, probablemente en Palestina, se produjo aquel verano una importante derrota cristiano romana. Meses después, en Fihl, en el valle del Jordán, las fuerzas musulmanas consiguieron otra victoria... el fin del cristainismo en esa parte del mundo era cuestión de tiempos frente al avance de la espada del islam. 

Aún así, si tuviéramos que destacar un enfrentamiento de aquella época, nos decantaríamos por el sucedido en el verano del año 636

A orillas del Yarmuk, un afluente del Jordán, se decidió buena parte del futuro de Oriente Próximo. Allí se enfrentaron las fuerzas del califato y el ejército del emperador Heraclio. Walter E. Kaegi, uno de los grandes especialistas modernos en las conquistas islámicas tempranas, ha señalado la necesidad de reconstruir aquellos acontecimientos utilizando conjuntamente las tradiciones árabes y testimonios cristianos tempranos, pues las cifras proporcionadas por las fuentes medievales son frecuentemente exageradas. Lo que no ofrece dudas es el resultado.

Bizancio sufrió una derrota decisiva. Robert Schick resume la secuencia señalando cómo las victorias musulmanas en Ajnadayn y Fihl desembocaron finalmente en la derrota de un gran ejército cristiano romano en Yarmuk, en agosto de 636. La consecuencia fue extraordinaria: el Imperio perdió su capacidad inmediata para mantener Siria y Palestina.

Damasco quedó bajo dominio musulmán. Las ciudades fueron cayendo o negociando su capitulación. La Jerusalén cristiana resistió durante algún tiempo, pero hacia 638 también ella capituló. El patriarca cristiano de la ciudad era entonces Sofronio de Jerusalén.

Su figura resulta especialmente interesante porque permite contemplar la conquista no desde las crónicas posteriores, sino desde los ojos de un cristiano que vivió aquella catástrofe. Los textos atribuidos a Sofronio reflejan la angustia causada por las incursiones árabes, las matanzas de cristianos y las dificultades para acceder a los lugares santos. 

Sarah Davis-Secord ha estudiado testimonios cristianos griegos, siríacos y coptos relacionados con las primeras conquistas y ha mostrado que estas produjeron episodios de violencia, miedo, cautiverio y desplazamiento, aunque las circunstancias variaron considerablemente según el lugar y el momento.

Jerusalén pasó así de soberanía cristiana a soberanía musulmana. Pero aquí se encuentra uno de los aspectos más interesantes y menos comprendidos de aquella transformación: la conquista musulmana de Palestina (Jerusalén) no convirtió inmediatamente a los territorios en musulmanes. A lo largo de la historia, ninguna conquista trasforma la totalidad de sus gentes y territorios de un día para otro. 

Una cosa era conquistar un área geográfica y otra completamente diferente transformar su religión, su lengua y su cultura.

Las gentes de Jerusalén y Palestina continuaron durante generaciones viviendo allí con grandes comunidades cristianas, eso si, bajo la correspondiente multa o impuesto religioso a los no musulmanes, la popular yizya. Las iglesias no desaparecieron de repente. Los monasterios siguieron funcionando. Los cristianos continuaron peregrinando, comerciando y relacionándose con las nuevas autoridades. La islamización fue un proceso de siglos.

Michael Ehrlich, al estudiar la islamización de Tierra Santa desde la conquista de 634, insiste precisamente en esta dimensión gradual. La conquista inició procesos que terminarían haciendo del islam la religión mayoritaria, pero esa transformación no se produjo simultáneamente con la victoria militar.

Lo mismo sucedió en otras regiones. Después de Siria y Palestina llegó Egipto. Los ejércitos musulmanes dirigidos por Amr ibn al-As penetraron en la provincia bizantina a partir de 639. La fortaleza de Babilonia cayó y Alejandría, una de las grandes capitales intelectuales del cristianismo antiguo, terminó también bajo dominio árabe. Desde Egipto la expansión continuó hacia el oeste y alcanzó progresivamente las antiguas provincias romanas del norte de África.

En apenas unas generaciones, el mapa mediterráneo había cambiado de una forma que habría resultado inimaginable un siglo antes.

El islam, que había comenzado como una religión predicadora de Paz, terminó con un Mahoma capitaneando ejércitos militares contra otros árabes, y tras su muerte, como un impulso militar expansionista que había eliminado y sometido a cuantos pueblos tenía como vecinos. 

De todas formas, la historia tampoco fue una línea continua de expansión islámica y retroceso cristiano. Durante siglos hubo contraataques, treguas, intercambios de prisioneros, comercio, alianzas e incursiones en ambas direcciones. Bizancio nunca olvidó completamente los territorios perdidos. En el siglo X, bajo emperadores como Nicéforo II Focas, los bizantinos recuperaron extensos territorios y regresaron a Antioquía y al norte de Siria.

La frontera se desplazaba de un lado a otro.  Cristianos y musulmanes combatían, pero también comerciaban. Y, cuando la política lo exigía, cristianos podían aliarse con musulmanes contra otros cristianos, del mismo modo que gobernantes musulmanes podían buscar aliados cristianos contra rivales musulmanes. La imagen de dos civilizaciones separadas durante siglos por una frontera perfectamente definida pertenece más a la imaginación posterior que a la complejidad política del Mediterráneo medieval.

Esa situación volvió a modificarse radicalmente durante el siglo XI con la expansión de los turcos selyúcidas. Y aquí quiero comentar un pequeño matiz. Los turcos Selyúcidas, no eran como los turcos actuales. Se trataba de guerreros de las estepas de Asia, con apariencia asiática, y cultura militar asiática, que había incorporado elementos musulmanes y étnicos caucásicos e iranios. 

Es importante aclarar esto, pues normalmente se suele ver al islam como una raza vinculada a un pueblo, y eso es terriblemente inexacto. El islam es una religión, que tuvo sus orígenes en el mundo árabe, pero que al expandirse y dominar otros pueblos, fue islamizando a cuantas razas y tierras empezó a dominar. Por ello, en el siglo XI, gran parte de los pueblos de Eurasia, como los turcos, eran ya musulmanes de religión, pero no árabes.

El 26 de agosto de 1071, cerca de la ciudad armenia de Manzikert, el emperador Romano IV Diógenes se enfrentó al ejército del sultán Alp Arslan. El resultado fue una humillación extraordinaria: el ejército bizantino fue derrotado y el propio emperador capturado.

Durante mucho tiempo se presentó Manzikert como el momento exacto en que Bizancio perdió Anatolia. La historiografía moderna ha matizado esta interpretación. La batalla fue importantísima, pero la posterior desintegración de la autoridad bizantina, las guerras civiles y las luchas internas facilitaron enormemente la expansión turca. No existió un único día en el que Anatolia dejara de ser bizantina.

Sin embargo, el resultado final fue indiscutible. En las décadas posteriores a Manzikert, el poder turco penetró profundamente en una región que durante siglos había constituido uno de los principales territorios del Imperio bizantino cristiano.

Fue precisamente esta situación la que terminó vinculando Constantinopla con los acontecimientos de Clermont.

El emperador Alejo I Comneno necesitaba soldados. Buscó ayuda occidental. Pero la respuesta que recibió fue mucho mayor de lo que probablemente esperaba.

Cuando Urbano II habló en Clermont en noviembre de 1095, la petición bizantina se transformó en algo distinto. El pontífice habló de los cristianos de Oriente y de los lugares santos. Las diferentes versiones medievales de su discurso impiden reconstruir literalmente cada una de sus palabras, pero otros documentos contemporáneos confirman la importancia concedida a la ayuda a las Iglesias orientales y a Jerusalén.

Jonathan Riley-Smith, uno de los historiadores que más profundamente estudió las motivaciones de los primeros cruzados, señaló que en el llamamiento papal estaban presentes tanto la ayuda a los cristianos orientales como la liberación del Santo Sepulcro. Una carta papal dirigida a los fieles de Flandes poco después de Clermont empleaba una expresión particularmente reveladora: ad liberationem Orientalium ecclesiarum, «para la liberación de las Iglesias orientales».

Aparecía así una idea fundamental: recuperar / reconquistar

Pero ¿qué significaba exactamente recuperar después de más de cuatrocientos años?. Aquí se encuentra uno de los grandes problemas interpretativos de las Cruzadas.

Para un observador moderno, cuatro siglos y medio constituyen un periodo inmenso. Para la mentalidad religiosa medieval, sin embargo, Jerusalén no era simplemente una ciudad que había pertenecido hacía mucho tiempo a otro Estado. Era el lugar de la muerte y resurrección de Cristo. El Santo Sepulcro continuaba allí. Belén continuaba allí. Los Evangelios continuaban situando en aquellas tierras los acontecimientos fundacionales del cristianismo. Y, además, seguían existiendo comunidades cristianas orientales oprimidas bajo el mando musulmán. Y quizás, por encima de todo.. aun existía un sentimiento de perdida de una tierra que en el pasado había sido cristiana, y hoy, causa efecto de conquistas y guerras fruto de la expansión islámica eran musulmanas

Desde esta perspectiva puede comprenderse por qué muchos participantes de la Primera Cruzada no interpretaban necesariamente su viaje como la conquista de un territorio extraño, sino como una peregrinación armada destinada a recuperar los lugares santos y ayudar a otros cristianos.

Esto no significa que sus acciones posteriores quedaran moralmente justificadas por esa percepción. Tampoco significa que las Cruzadas fueran exclusivamente guerras defensivas. Las motivaciones fueron religiosas, penitenciales, políticas, familiares, económicas y militares, y variaron según los individuos y los momentos. Significa simplemente que la idea de recuperación formaba realmente parte del universo mental de los cruzados y no constituye una interpretación inventada retrospectivamente.

Los ejércitos comenzaron a desplazarse hacia Oriente en 1096. Después de los desastres sufridos por algunas expediciones iniciales, los principales contingentes cruzados llegaron a Constantinopla y atravesaron el Bósforo.

En 1097 apareció ante ellos Nicea, entonces en poder del sultanato selyúcida de Rum. La ciudad terminó rindiéndose a los bizantinos. Después los cruzados continuaron su marcha a través de Anatolia, soportando hambre, sed y enfermedades, hasta llegar ante una ciudad cuyo nombre poseía un significado extraordinario para cualquier cristiano medieval: Antioquía.

Allí, según los Hechos de los Apóstoles, los seguidores de Jesús habían sido llamados cristianos por primera vez.

El sitio comenzó en octubre de 1097 y se prolongó durante meses. El hambre llegó a extremos terribles. Hombres y caballos murieron. Hubo deserciones. Finalmente, en junio de 1098, los cruzados consiguieron penetrar en Antioquía gracias a contactos con un defensor de las murallas.

La victoria estuvo a punto de convertirse inmediatamente en desastre. Pocos días después llegó un gran ejército dirigido por Kerbogha de Mosul. Los cruzados quedaron atrapados dentro de la ciudad que acababan de conquistar. Debilitados por meses de hambre, salieron finalmente a enfrentarse con sus sitiadores y, contra unas expectativas aparentemente muy desfavorables, consiguieron derrotarlos.

Un año después, el objetivo que había alimentado todo el movimiento apareció finalmente ante ellos.... Jerusalén.

Los cruzados llegaron a sus murallas en junio de 1099. Para entonces Jerusalén estaba controlada por los fatimíes de Egipto, que se la habían arrebatado recientemente a sus adversarios musulmanes. Este detalle recuerda nuevamente hasta qué punto sería incorrecto imaginar la guerra como un enfrentamiento permanente entre dos bloques homogéneos.

El 15 de julio de 1099 los cruzados atravesaron las defensas. Siguió una matanza de habitantes musulmanes y judíos. Las fuentes cristianas celebraron la conquista utilizando un lenguaje religioso y frecuentemente brutal; las fuentes musulmanas conservaron la memoria de la catástrofe. Las cifras ofrecidas por los cronistas medievales son difíciles de aceptar literalmente, pero la violencia de la conquista está fuera de duda.

Jerusalén había vuelto a estar bajo gobierno cristiano aproximadamente cuatro siglos y medio después de la conquista árabe del siglo VII.

La recuperación tampoco fue definitiva. Ochenta y ocho años después, el 4 de julio de 1187, el ejército del Reino de Jerusalén se enfrentó a Saladino cerca de los llamados Cuernos de Hattin. El calor, la falta de agua y la estrategia de las fuerzas de Saladino contribuyeron a destruir prácticamente el ejército cristiano. La Vera Cruz que los cruzados llevaban consigo cayó en manos musulmanas y buena parte de la nobleza del reino fue capturada.

Podríamos estar así durante horas, hablando de batallas entre moros y cristianos, cruzados contra islamistas, matanzas de uno y de otro lado. Si bien todos esos acontecimientos tienen un valor histórico, carecen de sentido señalarlos al detalle para el objetivo de este articulo. 

Por eso el punto desde el que decidimos comenzar la narración condiciona profundamente nuestra percepción de los acontecimientos con respecto a la creencia popular. Si como hemos dicho, comenzamos con la idea inicial del siglo XI, contemplamos ejércitos europeos penetrando en territorios gobernados por musulmanes y conquistando violentamente sus ciudades.

Pero si retrocedemos hasta el siglo VII, al inicio del conflicto. Encontramos primero ejércitos musulmanes procedentes de Arabia penetrando en territorios gobernados por cristianos y conquistando Siria, Palestina, Jerusalén y Egipto.

La cuestión verdaderamente interesante no consiste, por tanto, en decidir quién poseía un derecho eterno sobre aquellas tierras, una categoría que difícilmente puede aplicarse sin anacronismo al mundo medieval. Consiste en comprender por qué, para los hombres que emprendieron la Primera Cruzada, Jerusalén podía ser percibida simultáneamente como una ciudad situada a miles de kilómetros de sus hogares y como algo que pertenecía íntimamente a su propia historia religiosa, e incluso cultural. 

Los francos que atravesaron sus murallas en 1099 no eran los descendientes políticos directos de los bizantinos derrotados en Yarmuk. Habían transcurrido más de cuatrocientos años y pertenecían a sociedades distintas. Pero rezaban ante los mismos lugares santos, leían las mismas Escrituras y consideraban Jerusalén el centro geográfico de la historia de la salvación cristiana. Un lugar que a partir del año 610, sufriría la invasión de une nueva religión que conquistaba todas las tierras en las que había nacido el cristianismo, y donde había gobernado el cristianismo durante unos 600 años. 

Ese componente permite comprender el significado que ellos mismos otorgaron a la palabra «liberación». recuperar unas tierras que les habían sido arrebatadas, liberando a los creyentes que vivían bajo la espada del Islam, en el mundo en el que sus tatarabuelos habían crecido libres, como cristianos del imperio bizantino. 

Las Cruzadas comenzaron formalmente en 1095, pero el territorio por el que se combatió poseía una historia cristiana muy anterior al nacimiento del islam. Olvidar las conquistas del siglo VII produce una historia incompleta del mismo modo que lo sería ocultar la violencia ejercida por los cruzados en 1099.

Las Cruzadas pertenecen al siglo XI. Pero para comprender por qué miles de hombres europeos estuvieron dispuestos a abandonar sus hogares y caminar hacia Jerusalén hay que retroceder mucho más. Hay que regresar al mundo anterior a su pérdida y al sentimiento existente en aquellos tiempos. El cual, haciendo un paralelismo actual, sería equiparable al ver Inglaterra, Alemania o Francia, tierras Europeas desde hace 2026 años, caer bajo el islam, y ser sometidas bajo el islam. 

Posiblemente los europeos de dentro de 200 años, recordaran aquellos tiempos en los que la tierra de sus abuelos, pertenecía a su entidad cultural, la cual fue perdida por la llegada de unos pueblos que trajeron otro mundo distinto al existente de forma nativa. 

Por eso debemos de comprender las cruzadas, como la respuesta del mundo cristiano a una previa invasión musulmana. De no haber existido esa usurpación de tierras, nunca habrían existido el sentimiento de las cruzadas. Como hemos visto, desde sus inicios el Islam fue predicado con la guerra, siendo Mohamed, o Mahoma como le llamamos en occidente, un caudillo militar que predicaba la paz, siempre que se aceptara el islam. Dominó pueblos paganos, cristianos, zoroástricos.. Extendió sus dominios por la guerra y la conquista a Persia, el Caucaso, Asia central, África, Europa y el Magreb.  

Gran parte de ese mundo, especialmente en fronterizo con Europa (norte de África) llevaba siendo cristiano por siglos antes que musulmán. Es comprensible que los cristianos de aquellos tiempos, y en los procesos que ya hemos comentado, vieran al Islam como una fuerza de ocupación invasora que había eliminado a sus hermanos cristianos de cuantas tierras habían dominado. Es mas, no solo eso, si no que vieran al Islam como una amenaza violenta en un momento de auge militar, que conquistada y depredaba tierras bajo los cascos de sus caballos. 

Surgieron en Arabia, destruyeron por la fuerza el imperio bizantino, a los sassanidas, pusieron fin al cristianismo en Egipto, Siria, Palestina.. se extendieron por todo el Magreb cristiano romano, y llegaron hasta el actual Marruecos y el Rif.. tierras cristianas bajo influencia romana. Pasando después a la península ibérica de los Godos, eliminando el reino cristiano, y subiendo hacia Francia con aspiraciones a dominar toda tierra conocida en occidente. 

Seguramente desde nuestra perspectiva occidental del siglo XXI, cueste entender porque los viejos europeos vieron el islam como una amenaza, y mucho mas porque se lanzaron en diferentes cruzadas a reconquistar Jerusalén. Pero para el europeo del siglo VII, o del siglo VIII o del X, aun resonaría en su memoria el recuerdo de sus tatarabuelos, viendo sus tierras devastadas en guerras contra los pueblos invasores llegados desde Arabia. 

Por ello desde nuestra perspectiva, y por supuesto desde nuestro análisis actual, no podemos entender las cruzadas mas que como una respuesta el imperialismo musulmán. Las cruzadas fueron la respuesta militar al expansionismo violento del Islam, y a como este conquistó y se apropió de tierras que previamente habían sido paganas durante 600 años antes del nacimiento de Mahoma.