Normalmente, en el inconsciente popular europeo, solemos ver las Cruzadas como una empresa de los caballeros cristianos occidentales por conquistar, dominar y acaparar una tierra lejana y ajena a nosotros. Una tierra en la que el islam vivía controlando pacíficamente sus territorios, sin meterse con nadie, hasta la llegada de los imperialistas europeos.
Pocas veces, sin embargo, se enfoca el contexto de las Cruzadas desde una perspectiva histórica más amplia: como el intento por parte de la cristiandad de recuperar unas tierras que habían sido cristianas durante siglos antes de quedar bajo dominio musulmán.
Porque la realidad es que las Cruzadas no surgieron de la nada ni comenzaron con la llegada de los caballeros occidentales a Oriente. Las cruzadas, Fueron precedidas por siglos de expansión y conquistas musulmanas sobre territorios que anteriormente habían formado parte del mundo cristiano.
Por tanto, reducir las Cruzadas simplemente a un intento imperialista occidental por conquistar tierras árabes deja fuera una parte fundamental de su contexto histórico. Una respuesta a una expansión y a unos conflictos que habían comenzado mucho antes con el auge y apogeo del islam
Pero para comprender realmente cómo se llegó hasta allí, debemos empezar desde el principio..
Cuando el papa Urbano II tomó la palabra ante los reunidos en el Concilio de Clermont, el 27 de noviembre de 1095, Jerusalén llevaba más de cuatro siglos bajo gobiernos musulmanes. Habían transcurrido aproximadamente 457 años desde la conquista árabe de la ciudad en el siglo VII. Para los hombres que escuchaban al pontífice, por tanto, la pérdida de Jerusalén pertenecía a un pasado remoto. Ninguno de ellos había conocido una Jerusalén cristiana y tampoco sus padres, sus abuelos ni muchas generaciones anteriores. Sin embargo, en la memoria religiosa de la cristiandad aquella ciudad nunca había dejado de ocupar un lugar central.
Este hecho permite abordar las Cruzadas desde una perspectiva que a menudo queda oscurecida cuando la narración comienza directamente en 1095. Porque el Oriente hacia el que marcharon los cruzados no había sido siempre islámico. Al contrario: el islam era históricamente posterior al cristianismo en Jerusalén, Palestina, Siria, Egipto y buena parte del Mediterráneo oriental y norteafricano.
Aún así, y siendo realistas, no podemos ni deseamos afirmar que todo el territorio que acabaría componiendo el mundo islámico hubiera sido anteriormente cristiano. La Arabia en la que nació Mahoma contenía comunidades cristianas y judías, pero también diferentes cultos paganos árabes; Persia era fundamentalmente zoroastriana, aunque poseía importantes comunidades cristianas. Sin embargo, cuando desplazamos la mirada hacia Siria, Palestina y Egipto, la situación cambia radicalmente. A comienzos del siglo VII estas regiones pertenecían al Imperio romano de Oriente y estaban pobladas por comunidades cristianas de diferentes tradiciones.
El Metropolitan Museum of Art describe precisamente aquel mundo anterior a las conquistas árabes señalando que, al comenzar el siglo VII, los territorios desde Siria hasta Egipto y el norte de África estaban gobernados desde Constantinopla y eran hogar de cristianos ortodoxos, coptos y siríacos, además de comunidades judías y otros grupos religiosos paganos.
El cristianismo, además, no había llegado allí desde Europa. Había nacido allí. Jerusalén era el escenario de la crucifixión y, para los cristianos, de la resurrección de Cristo. Antioquía había sido uno de los grandes centros del cristianismo primitivo. Alejandría se convirtió en una de las grandes sedes episcopales e intelectuales de la Iglesia antigua. Siria produjo teólogos, ascetas y tradiciones monásticas fundamentales. Durante los siglos IV, V y VI, iglesias, monasterios, basílicas y lugares de peregrinación habían transformado profundamente el paisaje religioso de aquellas regiones.
Por ello, cuando los primeros ejércitos musulmanes comenzaron a penetrar en los territorios bizantinos durante el siglo VII no estaban conquistando tierras históricamente islámicas, algo cronológicamente imposible, sino provincias que llevaban siglos vinculadas al cristianismo.
Insisto, evidente no en su totalidad. No podemos afirmar que Palestina había sido «cristiana durante seiscientos años». En el siglo I los cristianos eran una minoría. La transformación religiosa del Imperio romano necesitó siglos. Es históricamente más exacto afirmar que, cuando los ejércitos musulmanes entraron en Palestina, el cristianismo llevaba allí unos seis siglos de existencia y aproximadamente tres siglos ocupando una posición predominante dentro del Imperio romano cristianizado. Lo que si se puede y se debe de afirmar, es que el Islam no ocupó Palestina al menos hasta el siglo VII de nuestra era.
Mohamed nació aproximadamente en el año 570 después de Cristo, proclamándose el enviado de Dios en el año 610 d C, muriendo en el año 632 d C. En ese momento difícilmente podía imaginarse en la Constantinopla cristiana que, apenas unas décadas después, algunas de las provincias más antiguas y ricas del Imperio habrían desaparecido de su control siendo controladas por una nueva religión de los desiertos.
La expansión del islam coincidió además con un Bizancio agotado. Durante décadas había combatido contra el Imperio sasánida. Los persas habían conquistado Jerusalén en 614 (no eran aun musulmanes) y se habían apoderado de la Vera Cruz, una catástrofe de enorme significado simbólico para los cristianos. El emperador Heraclio reaccionó mediante una extraordinaria contraofensiva que terminó destruyendo la capacidad persa. Jerusalén regresó al dominio bizantino y Heraclio restituyó solemnemente la reliquia de la Cruz.
Parecía una restauración, pero en realidad era el final de una época.
Los primeros enfrentamientos entre las fuerzas procedentes de Arabia y el mundo bizantino aparecieron ya durante los últimos años de vida de Mahoma. En 629, cerca de Mu'ta, en la actual Jordania, se produjo un enfrentamiento entre una expedición musulmana y fuerzas vinculadas al Imperio bizantino. No fue todavía la gran invasión que transformaría Oriente Próximo, pero anunciaba una frontera que estaba comenzando a moverse.
Tras la muerte de Mahoma y la consolidación del primer califato, la expansión adquirió otra dimensión. En 634 los ejércitos musulmanes penetraron decisivamente en Siria y Palestina. Las fuerzas bizantinas intentaron contenerlos. Cerca de Ajnadayn, probablemente en Palestina, se produjo aquel verano una importante derrota cristiano romana. Meses después, en Fihl, en el valle del Jordán, las fuerzas musulmanas consiguieron otra victoria... el fin del cristainismo en esa parte del mundo era cuestión de tiempos frente al avance de la espada del islam.
Aún así, si tuviéramos que destacar un enfrentamiento de aquella época, nos decantaríamos por el sucedido en el verano del año 636
A orillas del Yarmuk, un afluente del Jordán, se decidió buena parte del futuro de Oriente Próximo. Allí se enfrentaron las fuerzas del califato y el ejército del emperador Heraclio. Walter E. Kaegi, uno de los grandes especialistas modernos en las conquistas islámicas tempranas, ha señalado la necesidad de reconstruir aquellos acontecimientos utilizando conjuntamente las tradiciones árabes y testimonios cristianos tempranos, pues las cifras proporcionadas por las fuentes medievales son frecuentemente exageradas. Lo que no ofrece dudas es el resultado.
Bizancio sufrió una derrota decisiva. Robert Schick resume la secuencia señalando cómo las victorias musulmanas en Ajnadayn y Fihl desembocaron finalmente en la derrota de un gran ejército cristiano romano en Yarmuk, en agosto de 636. La consecuencia fue extraordinaria: el Imperio perdió su capacidad inmediata para mantener Siria y Palestina.
Damasco quedó bajo dominio musulmán. Las ciudades fueron cayendo o negociando su capitulación. La Jerusalén cristiana resistió durante algún tiempo, pero hacia 638 también ella capituló. El patriarca cristiano de la ciudad era entonces Sofronio de Jerusalén.
Su figura resulta especialmente interesante porque permite contemplar la conquista no desde las crónicas posteriores, sino desde los ojos de un cristiano que vivió aquella catástrofe. Los textos atribuidos a Sofronio reflejan la angustia causada por las incursiones árabes, las matanzas de cristianos y las dificultades para acceder a los lugares santos.
Sarah Davis-Secord ha estudiado testimonios cristianos griegos, siríacos y coptos relacionados con las primeras conquistas y ha mostrado que estas produjeron episodios de violencia, miedo, cautiverio y desplazamiento, aunque las circunstancias variaron considerablemente según el lugar y el momento.
Jerusalén pasó así de soberanía cristiana a soberanía musulmana. Pero aquí se encuentra uno de los aspectos más interesantes y menos comprendidos de aquella transformación: la conquista musulmana de Palestina (Jerusalén) no convirtió inmediatamente a los territorios en musulmanes. A lo largo de la historia, ninguna conquista trasforma la totalidad de sus gentes y territorios de un día para otro.
Una cosa era conquistar un área geográfica y otra completamente diferente transformar su religión, su lengua y su cultura.
Las gentes de Jerusalén y Palestina continuaron durante generaciones viviendo allí con grandes comunidades cristianas, eso si, bajo la correspondiente multa o impuesto religioso a los no musulmanes, la popular yizya. Las iglesias no desaparecieron de repente. Los monasterios siguieron funcionando. Los cristianos continuaron peregrinando, comerciando y relacionándose con las nuevas autoridades. La islamización fue un proceso de siglos.
Michael Ehrlich, al estudiar la islamización de Tierra Santa desde la conquista de 634, insiste precisamente en esta dimensión gradual. La conquista inició procesos que terminarían haciendo del islam la religión mayoritaria, pero esa transformación no se produjo simultáneamente con la victoria militar.
Lo mismo sucedió en otras regiones. Después de Siria y Palestina llegó Egipto. Los ejércitos musulmanes dirigidos por Amr ibn al-As penetraron en la provincia bizantina a partir de 639. La fortaleza de Babilonia cayó y Alejandría, una de las grandes capitales intelectuales del cristianismo antiguo, terminó también bajo dominio árabe. Desde Egipto la expansión continuó hacia el oeste y alcanzó progresivamente las antiguas provincias romanas del norte de África.
En apenas unas generaciones, el mapa mediterráneo había cambiado de una forma que habría resultado inimaginable un siglo antes.
El islam, que había comenzado como una religión predicadora de Paz, terminó con un Mahoma capitaneando ejércitos militares contra otros árabes, y tras su muerte, como un impulso militar expansionista que había eliminado y sometido a cuantos pueblos tenía como vecinos.
De todas formas, la historia tampoco fue una línea continua de expansión islámica y retroceso cristiano. Durante siglos hubo contraataques, treguas, intercambios de prisioneros, comercio, alianzas e incursiones en ambas direcciones. Bizancio nunca olvidó completamente los territorios perdidos. En el siglo X, bajo emperadores como Nicéforo II Focas, los bizantinos recuperaron extensos territorios y regresaron a Antioquía y al norte de Siria.
La frontera se desplazaba de un lado a otro. Cristianos y musulmanes combatían, pero también comerciaban. Y, cuando la política lo exigía, cristianos podían aliarse con musulmanes contra otros cristianos, del mismo modo que gobernantes musulmanes podían buscar aliados cristianos contra rivales musulmanes. La imagen de dos civilizaciones separadas durante siglos por una frontera perfectamente definida pertenece más a la imaginación posterior que a la complejidad política del Mediterráneo medieval.
Esa situación volvió a modificarse radicalmente durante el siglo XI con la expansión de los turcos selyúcidas. Y aquí quiero comentar un pequeño matiz. Los turcos Selyúcidas, no eran como los turcos actuales. Se trataba de guerreros de las estepas de Asia, con apariencia asiática, y cultura militar asiática, que había incorporado elementos musulmanes y étnicos caucásicos e iranios.
Es importante aclarar esto, pues normalmente se suele ver al islam como una raza vinculada a un pueblo, y eso es terriblemente inexacto. El islam es una religión, que tuvo sus orígenes en el mundo árabe, pero que al expandirse y dominar otros pueblos, fue islamizando a cuantas razas y tierras empezó a dominar. Por ello, en el siglo XI, gran parte de los pueblos de Eurasia, como los turcos, eran ya musulmanes de religión, pero no árabes.
El 26 de agosto de 1071, cerca de la ciudad armenia de Manzikert, el emperador Romano IV Diógenes se enfrentó al ejército del sultán Alp Arslan. El resultado fue una humillación extraordinaria: el ejército bizantino fue derrotado y el propio emperador capturado.
Durante mucho tiempo se presentó Manzikert como el momento exacto en que Bizancio perdió Anatolia. La historiografía moderna ha matizado esta interpretación. La batalla fue importantísima, pero la posterior desintegración de la autoridad bizantina, las guerras civiles y las luchas internas facilitaron enormemente la expansión turca. No existió un único día en el que Anatolia dejara de ser bizantina.
Sin embargo, el resultado final fue indiscutible. En las décadas posteriores a Manzikert, el poder turco penetró profundamente en una región que durante siglos había constituido uno de los principales territorios del Imperio bizantino cristiano.
Fue precisamente esta situación la que terminó vinculando Constantinopla con los acontecimientos de Clermont.
El emperador Alejo I Comneno necesitaba soldados. Buscó ayuda occidental. Pero la respuesta que recibió fue mucho mayor de lo que probablemente esperaba.
Cuando Urbano II habló en Clermont en noviembre de 1095, la petición bizantina se transformó en algo distinto. El pontífice habló de los cristianos de Oriente y de los lugares santos. Las diferentes versiones medievales de su discurso impiden reconstruir literalmente cada una de sus palabras, pero otros documentos contemporáneos confirman la importancia concedida a la ayuda a las Iglesias orientales y a Jerusalén.
Jonathan Riley-Smith, uno de los historiadores que más profundamente estudió las motivaciones de los primeros cruzados, señaló que en el llamamiento papal estaban presentes tanto la ayuda a los cristianos orientales como la liberación del Santo Sepulcro. Una carta papal dirigida a los fieles de Flandes poco después de Clermont empleaba una expresión particularmente reveladora: ad liberationem Orientalium ecclesiarum, «para la liberación de las Iglesias orientales».
Aparecía así una idea fundamental: recuperar / reconquistar
Pero ¿qué significaba exactamente recuperar después de más de cuatrocientos años?. Aquí se encuentra uno de los grandes problemas interpretativos de las Cruzadas.
Para un observador moderno, cuatro siglos y medio constituyen un periodo inmenso. Para la mentalidad religiosa medieval, sin embargo, Jerusalén no era simplemente una ciudad que había pertenecido hacía mucho tiempo a otro Estado. Era el lugar de la muerte y resurrección de Cristo. El Santo Sepulcro continuaba allí. Belén continuaba allí. Los Evangelios continuaban situando en aquellas tierras los acontecimientos fundacionales del cristianismo. Y, además, seguían existiendo comunidades cristianas orientales oprimidas bajo el mando musulmán. Y quizás, por encima de todo.. aun existía un sentimiento de perdida de una tierra que en el pasado había sido cristiana, y hoy, causa efecto de conquistas y guerras fruto de la expansión islámica eran musulmanas
Desde esta perspectiva puede comprenderse por qué muchos participantes de la Primera Cruzada no interpretaban necesariamente su viaje como la conquista de un territorio extraño, sino como una peregrinación armada destinada a recuperar los lugares santos y ayudar a otros cristianos.
Esto no significa que sus acciones posteriores quedaran moralmente justificadas por esa percepción. Tampoco significa que las Cruzadas fueran exclusivamente guerras defensivas. Las motivaciones fueron religiosas, penitenciales, políticas, familiares, económicas y militares, y variaron según los individuos y los momentos. Significa simplemente que la idea de recuperación formaba realmente parte del universo mental de los cruzados y no constituye una interpretación inventada retrospectivamente.
Los ejércitos comenzaron a desplazarse hacia Oriente en 1096. Después de los desastres sufridos por algunas expediciones iniciales, los principales contingentes cruzados llegaron a Constantinopla y atravesaron el Bósforo.
En 1097 apareció ante ellos Nicea, entonces en poder del sultanato selyúcida de Rum. La ciudad terminó rindiéndose a los bizantinos. Después los cruzados continuaron su marcha a través de Anatolia, soportando hambre, sed y enfermedades, hasta llegar ante una ciudad cuyo nombre poseía un significado extraordinario para cualquier cristiano medieval: Antioquía.
Allí, según los Hechos de los Apóstoles, los seguidores de Jesús habían sido llamados cristianos por primera vez.
El sitio comenzó en octubre de 1097 y se prolongó durante meses. El hambre llegó a extremos terribles. Hombres y caballos murieron. Hubo deserciones. Finalmente, en junio de 1098, los cruzados consiguieron penetrar en Antioquía gracias a contactos con un defensor de las murallas.
La victoria estuvo a punto de convertirse inmediatamente en desastre. Pocos días después llegó un gran ejército dirigido por Kerbogha de Mosul. Los cruzados quedaron atrapados dentro de la ciudad que acababan de conquistar. Debilitados por meses de hambre, salieron finalmente a enfrentarse con sus sitiadores y, contra unas expectativas aparentemente muy desfavorables, consiguieron derrotarlos.
Un año después, el objetivo que había alimentado todo el movimiento apareció finalmente ante ellos.... Jerusalén.
Los cruzados llegaron a sus murallas en junio de 1099. Para entonces Jerusalén estaba controlada por los fatimíes de Egipto, que se la habían arrebatado recientemente a sus adversarios musulmanes. Este detalle recuerda nuevamente hasta qué punto sería incorrecto imaginar la guerra como un enfrentamiento permanente entre dos bloques homogéneos.
El 15 de julio de 1099 los cruzados atravesaron las defensas. Siguió una matanza de habitantes musulmanes y judíos. Las fuentes cristianas celebraron la conquista utilizando un lenguaje religioso y frecuentemente brutal; las fuentes musulmanas conservaron la memoria de la catástrofe. Las cifras ofrecidas por los cronistas medievales son difíciles de aceptar literalmente, pero la violencia de la conquista está fuera de duda.
Jerusalén había vuelto a estar bajo gobierno cristiano aproximadamente cuatro siglos y medio después de la conquista árabe del siglo VII.
La recuperación tampoco fue definitiva. Ochenta y ocho años después, el 4 de julio de 1187, el ejército del Reino de Jerusalén se enfrentó a Saladino cerca de los llamados Cuernos de Hattin. El calor, la falta de agua y la estrategia de las fuerzas de Saladino contribuyeron a destruir prácticamente el ejército cristiano. La Vera Cruz que los cruzados llevaban consigo cayó en manos musulmanas y buena parte de la nobleza del reino fue capturada.
Podríamos estar así durante horas, hablando de batallas entre moros y cristianos, cruzados contra islamistas, matanzas de uno y de otro lado. Si bien todos esos acontecimientos tienen un valor histórico, carecen de sentido señalarlos al detalle para el objetivo de este articulo.
Por eso el punto desde el que decidimos comenzar la narración condiciona profundamente nuestra percepción de los acontecimientos con respecto a la creencia popular. Si como hemos dicho, comenzamos con la idea inicial del siglo XI, contemplamos ejércitos europeos penetrando en territorios gobernados por musulmanes y conquistando violentamente sus ciudades.
Pero si retrocedemos hasta el siglo VII, al inicio del conflicto. Encontramos primero ejércitos musulmanes procedentes de Arabia penetrando en territorios gobernados por cristianos y conquistando Siria, Palestina, Jerusalén y Egipto.
La cuestión verdaderamente interesante no consiste, por tanto, en decidir quién poseía un derecho eterno sobre aquellas tierras, una categoría que difícilmente puede aplicarse sin anacronismo al mundo medieval. Consiste en comprender por qué, para los hombres que emprendieron la Primera Cruzada, Jerusalén podía ser percibida simultáneamente como una ciudad situada a miles de kilómetros de sus hogares y como algo que pertenecía íntimamente a su propia historia religiosa, e incluso cultural.
Los francos que atravesaron sus murallas en 1099 no eran los descendientes políticos directos de los bizantinos derrotados en Yarmuk. Habían transcurrido más de cuatrocientos años y pertenecían a sociedades distintas. Pero rezaban ante los mismos lugares santos, leían las mismas Escrituras y consideraban Jerusalén el centro geográfico de la historia de la salvación cristiana. Un lugar que a partir del año 610, sufriría la invasión de une nueva religión que conquistaba todas las tierras en las que había nacido el cristianismo, y donde había gobernado el cristianismo durante unos 600 años.
Ese componente permite comprender el significado que ellos mismos otorgaron a la palabra «liberación». recuperar unas tierras que les habían sido arrebatadas, liberando a los creyentes que vivían bajo la espada del Islam, en el mundo en el que sus tatarabuelos habían crecido libres, como cristianos del imperio bizantino.
Las Cruzadas comenzaron formalmente en 1095, pero el territorio por el que se combatió poseía una historia cristiana muy anterior al nacimiento del islam. Olvidar las conquistas del siglo VII produce una historia incompleta del mismo modo que lo sería ocultar la violencia ejercida por los cruzados en 1099.
Las Cruzadas pertenecen al siglo XI. Pero para comprender por qué miles de hombres europeos estuvieron dispuestos a abandonar sus hogares y caminar hacia Jerusalén hay que retroceder mucho más. Hay que regresar al mundo anterior a su pérdida y al sentimiento existente en aquellos tiempos. El cual, haciendo un paralelismo actual, sería equiparable al ver Inglaterra, Alemania o Francia, tierras Europeas desde hace 2026 años, caer bajo el islam, y ser sometidas bajo el islam.
Posiblemente los europeos de dentro de 200 años, recordaran aquellos tiempos en los que la tierra de sus abuelos, pertenecía a su entidad cultural, la cual fue perdida por la llegada de unos pueblos que trajeron otro mundo distinto al existente de forma nativa.
Por eso debemos de comprender las cruzadas, como la respuesta del mundo cristiano a una previa invasión musulmana. De no haber existido esa usurpación de tierras, nunca habrían existido el sentimiento de las cruzadas. Como hemos visto, desde sus inicios el Islam fue predicado con la guerra, siendo Mohamed, o Mahoma como le llamamos en occidente, un caudillo militar que predicaba la paz, siempre que se aceptara el islam. Dominó pueblos paganos, cristianos, zoroástricos.. Extendió sus dominios por la guerra y la conquista a Persia, el Caucaso, Asia central, África, Europa y el Magreb.
Gran parte de ese mundo, especialmente en fronterizo con Europa (norte de África) llevaba siendo cristiano por siglos antes que musulmán. Es comprensible que los cristianos de aquellos tiempos, y en los procesos que ya hemos comentado, vieran al Islam como una fuerza de ocupación invasora que había eliminado a sus hermanos cristianos de cuantas tierras habían dominado. Es mas, no solo eso, si no que vieran al Islam como una amenaza violenta en un momento de auge militar, que conquistada y depredaba tierras bajo los cascos de sus caballos.
Surgieron en Arabia, destruyeron por la fuerza el imperio bizantino, a los sassanidas, pusieron fin al cristianismo en Egipto, Siria, Palestina.. se extendieron por todo el Magreb cristiano romano, y llegaron hasta el actual Marruecos y el Rif.. tierras cristianas bajo influencia romana. Pasando después a la península ibérica de los Godos, eliminando el reino cristiano, y subiendo hacia Francia con aspiraciones a dominar toda tierra conocida en occidente.
Seguramente desde nuestra perspectiva occidental del siglo XXI, cueste entender porque los viejos europeos vieron el islam como una amenaza, y mucho mas porque se lanzaron en diferentes cruzadas a reconquistar Jerusalén. Pero para el europeo del siglo VII, o del siglo VIII o del X, aun resonaría en su memoria el recuerdo de sus tatarabuelos, viendo sus tierras devastadas en guerras contra los pueblos invasores llegados desde Arabia.
Por ello desde nuestra perspectiva, y por supuesto desde nuestro análisis actual, no podemos entender las cruzadas mas que como una respuesta el imperialismo musulmán. Las cruzadas fueron la respuesta militar al expansionismo violento del Islam, y a como este conquistó y se apropió de tierras que previamente habían sido paganas durante 600 años antes del nacimiento de Mahoma.































