El episodio que vamos a abordar hoy es uno de esos relatos poco conocidos que apenas han logrado sobrevivir al paso de los años. Más aún en una época en la que determinados capítulos del pasado difícilmente encuentran espacio para el análisis y el debate cuando se apartan de la interpretación considerada oficial. Desde esta perspectiva, hablar de un negro falangista, miembro destacado del partido, activista, y estimado por sus compañeros, se hace difícil de entender, al presentarnos de manera oficial el nacional sindicalismo de la falange, como una ideología cercana al Nacional Socialismo alemán. pero no... lo cierto es que las ideas del nacional sindicalismo español, nunca fueron, o se centraron en la raza como eje fundamental de sus ideas.. Prueba de ello es la historia que voy a abordar hoy, rescatando con ello este curioso episodio, y dándole el peso historio que se merece. Hoy vamos a hablar del conocido como; El negro Pereira.
Para ello retrocedamos a las fotografías de la Falange de los primeros años, donde aparecen rostros que el tiempo terminó convirtiendo en nombres conocidos. José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo. Hombres fotografiados en mítines, reuniones políticas, entierros o formaciones de camisas azules. Junto a ellos aparecen otros a quienes la Historia apenas concedió unas líneas. Entre estos últimos hubo un hombre cuya presencia resultaba difícil de ignorar. Era negro. Se llamaba Antonio Gonzálvez Pereira, aunque para sus camaradas fue sencillamente el Negro Pereira.
Su historia constituye una de las biografías más singulares de aquella primera Falange anterior a la Guerra Civil. Pereira no fue un teórico del nacionalsindicalismo, no escribió libros ni artículos doctrinales, no pronunció grandes discursos y tampoco perteneció al pequeño círculo de intelectuales que intentó dotar de contenido ideológico al nuevo movimiento. Su nombre apenas ocupa espacio en las grandes historias dedicadas al fascismo español. Y, sin embargo, estuvo extraordinariamente cerca de algunos de sus fundadores, participó en aquella organización cuando pertenecer a Falange significaba todavía militar en un pequeño partido radical y terminó muriendo junto a varios de sus dirigentes en uno de los episodios más trágicos del Madrid de 1936.
Reconstruir su vida no resulta sencillo. Muchos de los datos biográficos que conocemos actualmente fueron recuperados décadas después, entre otros, por Juan Manuel Cepeda en sus investigaciones sobre la primera Falange y la denominada memoria azul. Esto obliga a caminar con cierta prudencia. Algunos episodios pueden contrastarse mediante documentación contemporánea; otros proceden de recuerdos, testimonios y reconstrucciones posteriores. La historia de Pereira se encuentra precisamente en esa frontera incómoda entre el documento y la memoria, entre aquello que sabemos y aquello que durante décadas se contó sobre él.
Había nacido hacia 1904 en lo que las fuentes de la época denominaban África portuguesa. Su origen africano explica probablemente el apellido portugués y, naturalmente, aquel rasgo físico que terminaría sustituyendo prácticamente a su nombre en el recuerdo de sus camaradas. En la España de los años veinte un hombre negro constituía todavía una presencia poco habitual, y más aún dentro de los ambientes militares y políticos en los que acabaría desenvolviéndose.
Siendo joven ingresó en la Legión Española. No era una institución cualquiera. Creada en 1920 para combatir fundamentalmente en Marruecos, la Legión había desarrollado rápidamente una identidad propia construida alrededor de la disciplina, el compañerismo, el sacrificio y una relación casi mística con la muerte. Aquella retórica, que hoy puede resultar extraña, impregnaba profundamente el espíritu legionario de la época. Para un joven africano llegado a España, además, el Ejército podía constituir una poderosa vía de integración social.
Según las reconstrucciones biográficas publicadas sobre él, Pereira alcanzó el empleo de sargento y habría recibido en 1927 la Cruz de María Cristina por sus servicios militares. Es uno de esos datos repetidos posteriormente en las semblanzas dedicadas a su figura que merecería todavía una investigación documental específica en los archivos militares, porque su expediente completo permitiría conocer mucho mejor unos años de su vida sobre los que apenas sabemos nada.
En algún momento de aquel recorrido su destino se cruzó con el de Julio Ruiz de Alda. El encuentro cambiaría su vida.
Ruiz de Alda era entonces una celebridad nacional. Aviador militar y uno de los tripulantes del Plus Ultra, había participado en 1926 en el histórico vuelo que unió Palos de la Frontera con Buenos Aires. Aquella hazaña había convertido a sus protagonistas en personajes populares en toda España. Cuando Pereira dejó la Legión terminó trabajando como chófer de Ruiz de Alda y, con el tiempo, desempeñó también funciones de acompañamiento y protección personal.
La relación entre ambos parece haber sido mucho más estrecha que la existente entre un simple empleado y su patrón. Debió de desarrollarse entre ellos una considerable confianza personal. Y esa relación explica en buena medida que cuando Ruiz de Alda se involucró en la creación de un nuevo movimiento político, Pereira terminara siguiéndolo.
El 29 de octubre de 1933 tuvo lugar en el Teatro de la Comedia de Madrid el acto considerado tradicionalmente como la presentación pública de Falange Española. Allí hablaron Alfonso García Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera. La imagen posterior de Falange, inevitablemente condicionada por la Guerra Civil y por su posterior integración en el sistema político franquista, puede deformar nuestra percepción de lo que aquel movimiento representaba en 1933.
Stanley G. Payne, en su conocido estudio Falange. Historia del fascismo español, insistió precisamente en las reducidas dimensiones iniciales del movimiento y en sus dificultades para conquistar un espacio propio dentro de la política española. La Falange que conoció Pereira no era todavía una organización de masas. Era un partido pequeño, radical, con escasos recursos y rodeado de adversarios.
Pereira se incorporó a aquella primera Falange y quedó también relacionado con la Central Obrera Nacional-Sindicalista, la CONS, mediante la cual los falangistas pretendían introducir su proyecto nacionalsindicalista en el mundo obrero. Su militancia parece haber estado estrechamente vinculada a Ruiz de Alda. No conservamos escritos políticos de Pereira ni reflexiones suyas acerca del fascismo, el sindicalismo o el nacionalismo, de modo que sería aventurado atribuirle una sofisticación doctrinal que desconocemos. Lo que sí aparece constantemente cuando se rastrea su trayectoria es su fidelidad personal hacia el aviador y su patriotismo español.
Pereira conducía su automóvil, lo acompañaba y, cuando las circunstancias lo exigían, contribuía a protegerlo. Era uno de aquellos hombres que permanecían unos pasos detrás de quienes ocupaban el centro de las fotografías.
La España republicana estaba entrando en una etapa cada vez más violenta. La política comenzaba a abandonar los parlamentos para continuar en las calles. Organizaciones de diferentes tendencias desarrollaban grupos de protección, juventudes uniformadas y estructuras de carácter paramilitar. Los atentados y las represalias comenzaron a alimentar una dinámica en la que cada muerto justificaba el siguiente.
El historiador Eduardo González Calleja ha dedicado buena parte de sus investigaciones precisamente al fenómeno de la violencia política durante la Segunda República. Sus trabajos permiten comprender que aquella violencia no perteneció exclusivamente a una organización o a un único espacio ideológico. Existieron culturas de confrontación revolucionarias y contrarrevolucionarias que fueron alimentándose mutuamente dentro de una sociedad progresivamente polarizada. En el caso de Falange, la violencia adquirió además una dimensión doctrinal particular: la acción directa, la disciplina, el sacrificio y la imagen del militante dispuesto a morir comenzaron a formar parte de su propia cultura política. Es de suponer que un antiguo legionario como Pereira no debía de sentirse extraño dentro de aquel universo.
El 3 de julio de 1934 fue detenido en Madrid junto a Sinforiano Moldes, otro personaje peculiar de aquella Falange primitiva, procedente del mundo anarcosindicalista. Según la documentación recuperada posteriormente por Juan Manuel Cepeda, la policía encontró a Pereira una pistola del calibre 7,65 y ocho cartuchos. Fue puesto en libertad, aunque poco después volvió a ser detenido durante una redada policial realizada en la sede falangista de la calle Marqués de Riscal.
Fuera de aquel mundo de política, pistolas y enfrentamientos existía, sin embargo, otro Pereira. Estaba casado con una mujer sevillana llamada María Galindo Cano y el matrimonio vivía en Madrid, en el número 82 de la calle Zurbano. Es uno de esos pequeños datos aparentemente irrelevantes que de pronto devuelven humanidad a un personaje histórico. Pereira tenía una casa, una esposa, un trabajo y una existencia cotidiana. Antes de convertirse en una pequeña nota al pie de la historia de Falange había sido simplemente un hombre intentando construir una vida en Madrid.
Las elecciones de febrero de 1936 y la victoria del Frente Popular abrieron una nueva fase de enfrentamiento político. Durante aquella primavera se multiplicaron las agresiones, los atentados y las represalias. Falange participó activamente en aquella espiral violenta y, al mismo tiempo, sufrió la muerte de numerosos militantes. Joan Maria Thomàs, uno de los historiadores que más extensamente ha estudiado el falangismo, ha mostrado cómo durante aquellos meses el movimiento se radicalizó mientras la represión gubernamental trataba de desarticularlo. La organización fue ilegalizada y José Antonio Primo de Rivera y numerosos dirigentes y militantes acabaron detenidos.
Pereira fue arrestado nuevamente en marzo de 1936 y terminó encerrado en la Cárcel Modelo de Madrid. Allí volvió a encontrarse con Julio Ruiz de Alda.
Cuando el 18 de julio comenzó la sublevación militar que desembocaría en la Guerra Civil, Pereira continuaba preso. Madrid permaneció bajo control de la República y las cárceles de la capital comenzaron a concentrar a militares, falangistas, monárquicos, derechistas y personas consideradas sospechosas de simpatizar con la rebelión. La Modelo se convirtió así en una prisión en la que estaban recluidos algunos personajes importantes de la derecha española. Entre ellos se encontraban Julio Ruiz de Alda y Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio. También estaba Pereira.
El antiguo chófer permanecía nuevamente cerca del hombre al que había acompañado durante años, aunque esta vez ninguno de los dos disponía de un automóvil con el que marcharse.
El 22 de agosto de 1936 todo terminó.
Madrid vivía entonces bajo una tensión difícil de imaginar. La guerra apenas llevaba unas semanas, circulaban noticias sobre asesinatos cometidos en ambos territorios, existía un miedo obsesivo a la quinta columna y los rumores sobre conspiraciones y fugas se propagaban con enorme facilidad. Aquel día se produjo un incendio en la Cárcel Modelo y grupos de milicianos acabaron penetrando en el recinto. Las autoridades republicanas fueron incapaces de recuperar eficazmente el control de la situación. Se improvisaron interrogatorios y comenzaron las ejecuciones.
Fue uno de los episodios más graves de violencia política ocurridos en Madrid durante aquellos primeros meses de guerra. los "rojos" entraron en la carcel para fusilar a todos los disidentes ideologicos que estaban encerrados sin poder defenderse
Entre los asesinados se encontraban Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera y José María Albiñana. También murió Sinforiano Moldes. Y si, también Antonio Gonzálvez Pereira.
Una referencia periodística posterior hablaría expresamente de la muerte de «Julio Ruiz de Alda y su chófer, el negro Pereira». Incluso después de muerto seguía siendo identificado por las dos características que habían marcado su existencia pública: su color y su relación con Ruiz de Alda.
Existe una narración mucho más dramática acerca de sus últimos minutos. Según la reconstrucción difundida posteriormente por Juan Manuel Cepeda a partir de testimonios sobre lo sucedido en la prisión, Pereira habría recibido varios disparos sin morir inmediatamente. El doctor Groizard y Gerardo González Sampedro, que tenía conocimientos sanitarios, habrían intentado atenderlo. Mientras trataban de salvarle la vida, una miliciana relacionada con la CNT habría aparecido y lo habría rematado de un disparo, en el suelo, a sangre fría y completamente indefenso.
Algunas versiones no demostrables, pues todo lo relacionado con Pereira es muy difuso y carente de documentación historia evidente, atribuyen determinadas palabras a su mujer mujer antes de que fuera asesinado a sangre fría.
Es precisamente aquí donde conviene detenerse. El asesinato de Pereira durante los sucesos de la Modelo está suficientemente establecido. Los detalles exactos de sus últimos minutos no poseen necesariamente el mismo grado de certeza documental. Proceden fundamentalmente de testimonios y reconstrucciones posteriores conservados dentro de la memoria falangista. Pueden contener elementos ciertos, pero el historiador debe distinguir entre un hecho acreditado y una escena reconstruida décadas después. Sabemos que Pereira murió. Sabemos dónde y cuándo. Resulta mucho más difícil afirmar exactamente cómo fueron sus últimos segundos.
En el día de su muerte tenía aproximadamente treinta y dos años. Su amigo y compañero Julio Ruiz de Alda murió aquel mismo día. En el mismo lugar, y junto a su camarada.
De alguna manera, aquella relación que había comenzado años atrás terminó también junta.
No obstante, a pesar de su trágico final, Pereira todavía iba a aparecer una última vez en la documentación de aquella España en guerra, y esta vez no sería a través de un recuerdo escrito muchos años después.
En noviembre de 1936 José Antonio Primo de Rivera estaba siendo juzgado en Alicante. Durante uno de los interrogatorios apareció una pregunta acerca de un hombre negro supuestamente relacionado con su protección personal. José Antonio negó reconocer al individuo al que parecía referirse la acusación y realizó entonces una precisión extraordinariamente reveladora. El único negro que conocía, explicó, era Antonio Pereira, afiliado a Falange y especialmente vinculado a Ruiz de Alda.
Más allá de las pequeñas diferencias existentes entre las transcripciones que posteriormente circularon del proceso, la referencia posee un considerable valor histórico. José Antonio conocía a Pereira. Sabía que pertenecía a Falange y, sobre todo, lo identificaba por el vínculo personal que había unido al africano con Julio Ruiz de Alda.
Cuando José Antonio pronunció aquellas palabras, Pereira llevaba casi tres meses muerto. Ruiz de Alda también. Y pocos días después, el 20 de noviembre de 1936, el propio José Antonio sería fusilado en Alicante.
La presencia de Antonio Gonzálvez Pereira dentro de la Falange fundacional plantea inevitablemente otra cuestión. Un hombre negro militando en una organización fascista europea de los años treinta parece, contemplado desde el presente, una contradicción inmediata. Pero esa impresión nace en buena medida de identificar automáticamente todos los fascismos europeos con el sistema racial desarrollado por el nacionalsocialismo alemán.
No eran fenómenos idénticos. La historiografía del fascismo español, desde los trabajos clásicos de Stanley G. Payne hasta investigaciones posteriores de autores como Joan Maria Thomàs, ha mostrado las semejanzas existentes entre Falange y los movimientos fascistas europeos, pero también sus peculiaridades. El falangismo compartió con ellos el ultranacionalismo, el antiparlamentarismo, la organización jerárquica, la exaltación de la juventud, la movilización política y la legitimación de la violencia. Sin embargo, su concepción nacional estaba profundamente condicionada por la tradición histórica española, el pasado imperial y la idea de Hispanidad. La cuestión racial no ocupó en la doctrina falangista fundacional la posición central y biológica que alcanzó en el nacionalsocialismo alemán.
La existencia de Pereira no permite, naturalmente, sacar conclusiones generales sobre las actitudes raciales de todos los falangistas. Pero sí demuestra algo mucho más concreto y difícil de discutir: un hombre negro pudo militar en la Falange fundacional, relacionarse personalmente con sus dirigentes y desenvolverse durante años en el círculo inmediato de uno de sus fundadores sin que su origen africano impidiera su integración en el movimiento.
Y quizá sea precisamente ahí donde su historia adquiere una dimensión que supera la mera curiosidad.
Los movimientos políticos suelen sobrevivir en los libros a través de quienes escribieron sus doctrinas y pronunciaron sus discursos. Recordamos a los fundadores, a los ideólogos y a quienes llegaron al poder. Pero las organizaciones políticas estuvieron compuestas también por hombres cuyos nombres raramente alcanzaron las páginas de los grandes estudios históricos. Chóferes, escoltas, enlaces, militantes que transportaban propaganda, vigilaban una puerta, conducían durante la noche o acompañaban a un dirigente. Pereira fue uno de ellos.
Un africano nacido bajo dominio portugués que terminó vistiendo el uniforme de la Legión española. Un soldado que acabó conduciendo el automóvil de uno de los aviadores más famosos de España. Un chófer que siguió a aquel hombre hasta una pequeña organización política recién fundada. Un negro entre las camisas azules de la primera Falange. Un hombre casado con una sevillana que vivía en la calle Zurbano. Un militante armado durante los años violentos de la República. Un preso encerrado en la Modelo cuando España comenzó a matarse a sí misma.
Y finalmente, uno de los muertos del 22 de agosto de 1936.
Pereira no llegó a conocer la Falange multitudinaria de la Guerra Civil ni su unificación forzosa por Franco en 1937. No conoció el partido único, ni los ministerios, ni los gobernadores civiles, ni los grandes desfiles de la posguerra. La Falange que él conoció había sido otra. La pequeña. La peligrosa. La de las reuniones clandestinas en locales modestos, las detenciones, las pistolas ocultas bajo la ropa y los militantes que conocían personalmente a sus dirigentes.
Su Falange fue la de antes de la guerra. Tal vez por eso resulte insuficiente contemplar al Negro Pereira simplemente como una extravagancia histórica, como aquel extraño «falangista negro» que aparece inesperadamente en una fotografía de los años treinta. Su breve biografía contiene muchas de las contradicciones de aquella generación: África y España, la guerra de Marruecos y la política madrileña, la Legión y el fascismo, la camaradería y la violencia propia de la inestabilidad política de la 2º republica, la vida cotidiana y finalmente la Guerra Civil.
La Historia conservó muy pocas palabras de Antonio Gonzálvez Pereira. En realidad, casi ninguna. Fueron siempre otros quienes hablaron de él.
Quizá por eso, cuando intentamos reconstruir hoy su existencia, encontramos una y otra vez la misma imagen: la de un hombre situado unos pasos detrás de los protagonistas, suficientemente cerca para acompañarlos en la Historia, pero demasiado lejos para que la Historia se acordara de preguntarle quién era. Posiblemente su temprano asesinato en la cárcel a manos de republicanos madrileños, impidió igualmente que el personaje jugara un rol importante en la guerra civil, quien sabe.. ¿habría sido conocido?, ¿habría realizado grandes hazañas?, ¿hoy su nombre sería mencionado?.. Nunca lo sabremos. Solo sabemos, que él, junto con otros muchos "idealistas de ambos bandos en aquellos tiempos, jugaron un papel secundario dentro del protagonismo principal de la historia.
































