domingo, 26 de julio de 2026

Incendios forestales. ¿Qué está fallando?

 Todos los que, en mayor o menor medida, vivimos en el campo o solemos hacer vida en él conocemos perfectamente esta sensación. No es algo nuevo. Llevamos años viéndolo y comentándolo. En mi caso, quienes me conocen de cerca saben que he repetido miles de veces la misma frase mientras paseaba por el monte: «El día que esto prenda, no hay quien detenga el incendio».

Y para llegar a esa conclusión no hace falta ser ingeniero forestal ni haber estudiado durante años el comportamiento del fuego. A veces basta simplemente con caminar, mirar alrededor y, sobre todo, mirar al suelo.

Hay montes en los que décadas de abandono han ido dejando una enorme cantidad de material vegetal acumulado. Ramas derribadas por el viento, maleza que crece durante la primavera y termina completamente seca con la llegada del verano, piñas, arbustos, árboles muertos, troncos caídos que permanecen allí año tras año... Todo se va acumulando hasta formar una auténtica alfombra de combustible.

En algunas zonas, como ocurre alrededor del lugar donde vivo, la situación llega a ser alarmante. Hay puntos en los que resulta complicado incluso caminar fuera de los senderos por la cantidad de ramas, matorral y restos vegetales que se han ido acumulando durante años.

Por eso siempre termino pensando lo mismo: el día que esto prenda, será prácticamente imposible detenerlo.

Podemos invertir millones de euros en bomberos, helicópteros, aviones y medios de extinción, y evidentemente debemos disponer de todos ellos. Pero hay un momento en el que el fuego adquiere tal intensidad que deja de ser únicamente un problema de medios. Cuando coinciden temperaturas extremas, viento, baja humedad y kilómetros de vegetación seca esperando para arder, llega un punto en el que ningún ejército de bomberos puede hacer milagros.

Y entonces surge una pregunta bastante lógica. Si existe toda esa madera caída, si hay ramas secas, maleza y restos vegetales acumulándose año tras año, ¿por qué los habitantes de los pueblos no entran periódicamente en los montes y retiran parte de ese material?

Es una pregunta comprensible, especialmente para quien contempla el mundo rural desde una ciudad.

Pero la realidad actual es bastante más complicada.

El monte español está sometido a una extensa regulación. Dependiendo de dónde nos encontremos, de quién sea el propietario del terreno, del tipo de monte y de su nivel de protección, recoger madera, leña u otros productos forestales puede estar sometido a permisos, autorizaciones, declaraciones responsables o prohibiciones.

En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, la extracción de madera y leña puede tener la consideración de aprovechamiento forestal y no existe un derecho general del ciudadano a entrar en un monte y llevarse aquello que encuentra en el suelo simplemente porque esté seco o haya caído de manera natural.

Evidentemente, esto no significa que alguien vaya a recibir una multa de 100.000 euros por meter cuatro piñas en una bolsa. Las sanciones dependen de la gravedad de la infracción, del daño causado, de la cantidad extraída, del lugar donde se produzca y de otras muchas circunstancias. Pero el fondo del problema permanece: algo que durante generaciones formó parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos se ha convertido en una actividad sometida a una importante burocracia.

Y aquí es donde aparece una contradicción que resulta difícil ignorar, pues durante generaciones, la gente utilizó el monte porque el monte era también un recurso. Se recogía leña para calentarse durante el invierno. Se recogían piñas. Se aprovechaba la madera. El ganado pastaba y consumía parte de la vegetación. Los campos se cultivaban. Los caminos eran transitados. Los alrededores de los pueblos estaban vivos porque había personas que obtenían de ellos parte de aquello que necesitaban para vivir.

Aquellas personas no recogían una rama pensando en prevenir un incendio forestal. La recogían porque necesitaban calentar su casa. No llevaban el ganado al monte pensando en reducir la biomasa. Lo hacían porque necesitaban alimentar a sus animales. No limpiaban determinados terrenos porque hubieran leído un plan de prevención de incendios. Lo hacían porque aquellos terrenos tenían un valor para ellos.

Pero precisamente ahí estaba la clave. El monte tenía valor y, por tanto, alguien tenía interés en aprovecharlo.

Yo mismo todavía recuerdo parte de aquel mundo. Recuerdo perfectamente aquellos inolvidables veranos de los años ochenta en los que acompañaba a mi abuelo al monte para recoger madera caída y piñas pensando ya en el invierno. No éramos los únicos. Lo hacía mucha gente. Era algo normal. Nadie consideraba que recoger unas ramas secas estuviera destruyendo la naturaleza.

Y mientras cada familia buscaba simplemente un beneficio para su propia casa, entre todos se estaba produciendo algo que hoy parece que hemos olvidado: se retiraba combustible del monte.

¿Eso evitaba los incendios? Evidentemente no. Los incendios forestales han existido siempre. También hubo incendios en España durante los años setenta y ochenta. Pero una cosa es que se produzca un incendio y otra muy diferente es la capacidad que ese incendio tenga para propagarse hasta convertirse en un monstruo prácticamente imposible de combatir. Algo que pasa ahora, en el 2026, con las leyes del 2026, y no con las leyes antiguas. Siendo así.. que ha ocurrido entre la prevención y relativo control de los incendios forestales de los años 70 y 80 (tiempos que yo recuerdo) y los incendios forestales del presente. ¿El cambio climático?.. No, los ecologistas de salón, los pijos universitarios que solo van al campo para hacer senderismo y sacarse unas fotos para el instagran con su correspondiente bandera de Palestina, su chapita de la LGTB y su camiseta feminista.

Lo cierto es que defender la causa del cambio climático como causa del fuego a día de hoy, cuando todos los veranos detienen a 5 "fulanos" en España por incendios.. Digamos que esta más relacionado con el sectarismo político y la retorica interesada que otra cosa, pero bueno.  

Realmente la comparación con el franquismo resulta incomoda en el presente, por que la modernidad se ha construido basada en una retorica de perfección que impide cualquier comparativa critica con el pasado. Es decir, el tiempo en el que vivimos es perfecto, y todo tiempo pasado, a exclusión de la idealizada 2º republica, es malo y negativo. Pero no, no es así.. todo periodo tiene sus cosas buenas y malas, y es de necios o de sectarios no reconocerlas.

Durante el franquismo, y también durante las décadas inmediatamente posteriores, la relación entre el mundo rural y el monte era radicalmente diferente a la actual. No porque Franco hubiera descubierto ninguna fórmula mágica contra los incendios ni porque la política forestal de aquella época fuese perfecta. No lo fue. Hubo decisiones discutibles, repoblaciones masivas, conflictos relacionados con los aprovechamientos comunales y políticas forestales que pueden y deben analizarse críticamente.

Pero existía una realidad difícil de negar: el monte estaba mucho más integrado en la economía cotidiana de los pueblos.

Había más población viviendo en el medio rural. Había más ganado. Había más pequeñas explotaciones agrícolas. Se recogía leña. Se aprovechaba la madera. Se utilizaban terrenos que posteriormente fueron abandonados. Existía, en definitiva, una presencia humana constante que transformaba el paisaje y retiraba una parte importante de la vegetación que hoy permanece en él.

Después llegó el éxodo rural, desaparecieron miles de pequeñas explotaciones, disminuyó el pastoreo en numerosas zonas, muchos cultivos fueron abandonados y buena parte de aquellos aprovechamientos dejaron de resultar económicamente interesantes.

Y mientras el campo perdía habitantes, nuestra legislación ambiental se hacía cada vez más compleja.

Muchas de aquellas normas eran necesarias. Evidentemente no podemos regresar a una época en la que cualquiera pueda entrar en un monte, cortar árboles o llevarse aquello que quiera sin ningún control. Proteger nuestros espacios naturales es necesario. Pero proteger no puede significar abandonar. Y regular no debería significar expulsar a las personas que durante generaciones formaron parte del propio ecosistema rural.

Porque hemos llegado a una situación paradójica. En determinados lugares ponemos enormes dificultades para que un vecino aproveche gratuitamente una parte de la biomasa del monte y, posteriormente, destinamos dinero público a contratar trabajos para retirar esa misma biomasa.

Primero convertimos algo que tenía valor en algo que nadie puede o quiere recoger. Después dejamos que se acumule. Y finalmente pagamos para eliminarlo. Y Es precisamente aquí donde comienza mi crítica al ecologismo actual.

No al ecologismo entendido como respeto por la naturaleza, porque proteger nuestros bosques, nuestros ríos y nuestra fauna debería ser una preocupación de cualquiera que ame el campo. Mi crítica va dirigida a otra cosa: al ecologismo convertido en estructura burocrática, económica e institucional, no pocas veces politizada desde la izquierda. 

Durante las últimas décadas hemos creado alrededor de la protección ambiental una enorme maquinaria formada por administraciones, organismos, empresas, consultoras, asociaciones, subvenciones, fondos europeos, certificaciones, proyectos, estudios, campañas y programas públicos.

Todo ello mueve enormes cantidades de dinero. Y que exista dinero alrededor de la protección del medio ambiente no significa automáticamente que exista corrupción, ni mucho menos que toda política ambiental sea inútil. Sería absurdo afirmarlo.

Pero cuando alrededor de una causa aparecen miles de puestos de trabajo, presupuestos millonarios, subvenciones, contratos públicos e intereses empresariales, esa causa deja de ser únicamente una idea y comienza también a convertirse en una industria.

Y cualquier industria termina desarrollando intereses propios. Por eso quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos protegiendo nuestros montes o estamos protegiendo la enorme estructura que hemos construido alrededor de la idea de protegerlos? Y tristemente esto es aplicable a todas las causas actuales, desde el negocio del feminismo, al negocio de la LGTB, al negocio de las ONg's

la realidad es que podemos redactar miles de páginas de legislación ambiental y permitir, al mismo tiempo, que determinados montes acumulen combustible durante décadas.

Podemos invertir cantidades cada vez mayores en apagar incendios mientras olvidamos que quizá sería más inteligente evitar que el territorio llegue al verano convertido en una inmensa masa continua de combustible.

Podemos llenar despachos de técnicos, crear organismos, aprobar planes, conceder subvenciones y desarrollar campañas institucionales, pero cuando un fulano en alguna parte de España, decide prender una montaña cubierta de vegetación seca, y esta comienza a arder con cuarenta grados y viento fuerte, al fuego le importa bastante poco cuántas páginas tenía nuestro último plan medioambiental.

Quizá ha llegado el momento de recuperar algo del sentido práctico que durante siglos tuvo el mundo rural. Y plantearnos que en el pasado, no todo fue malo y desastroso, mas bien al contrario, ejemplo de como deberíamos de hacer el futuro.. máxime cuando a la vista está, las cosas no están funcionando bien. 

No se trata de regresar al pasado como tal. Ni de permitir que cualquiera haga lo que quiera en nuestros montes (como ya he comentado). Se trata de comprender que la presencia humana no siempre es enemiga de la naturaleza y que, en determinados ecosistemas, el abandono tampoco significa conservación, sino negocio ecologista que mueve miles de millones anuales en toda Europa. 

Tal vez deberíamos volver a facilitar aprovechamientos controlados de leña y biomasa, recuperar el pastoreo donde sea posible, mantener caminos y cortafuegos, favorecer mosaicos agrícolas y forestales y conseguir, sobre todo, que vivir junto al monte vuelva a proporcionar algún beneficio a quienes tienen que cuidarlo durante todo el año.

Porque mientras continuemos tratando el mundo rural como un museo que debe contemplarse desde lejos, el monte seguirá creciendo, secándose y acumulando combustible. 

Los incendios seguirán existiendo. Siempre han existido y siempre existirán. La cuestión es qué encontrarán cuando comiencen. Y que podemos hacer para controlarlos evitando que tengan combustible para arder de forma incontrolada.

Y quizá, después de tantos años hablando de políticas ambientales, sostenibilidad, transición ecológica y millones de euros destinados a proteger nuestros espacios naturales, deberíamos volver a escuchar a aquellos que viven todos los días junto al monte. Los cuales, os puedo asegurar, que no están de acuerdo con los pijo corbatitas ecologistas de Bruselas con bandera palestina, y fin de semana senderista en Guadarrama por la causa feminista. 

Lo cierto es que muchos lugareños de pueblos y montes, llevan años mirando esa acumulación de ramas, árboles caídos y vegetación seca mientras repiten exactamente la misma frase que yo os he comentado:

«El día que esto prenda, no hay quien lo pare». Ni el ecologismo, ni los universitarios, ni los bomberos forestales, ni la bandera Palestina. 

jueves, 9 de julio de 2026

Mercenarios germanos en la Hispania Roaman.. los Salii iuniores Gallicani del Comes Hispaniarum

Los Salii iuniores Gallicani eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre hace referencia a los francos salios, uno de los principales pueblos germánicos establecidos en el bajo Rin. Su denominación indica un origen vinculado a este grupo étnico, cuyos guerreros fueron incorporados progresivamente al ejército romano como parte de la política imperial de integración de contingentes bárbaros en las fuerzas militares de Occidente. El calificativo Gallicani sugiere además su vinculación previa con el ejército de la Galia antes de su asignación a otro teatro de operaciones.

La Notitia Dignitatum, compilada entre finales del siglo IV y comienzos del V, sitúa a los Salii iuniores Gallicani bajo el mando del Comes Hispaniarum, comandante del ejército de campaña de las provincias hispanas. Su inclusión en este documento demuestra que una unidad de origen franco, y por tanto germánico, formaba parte de las fuerzas imperiales destinadas administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque es probable que en esa época la unidad ya estuviera integrada por soldados de procedencias diversas, consecuencia del sistema de reemplazos del ejército romano, conservó su nombre tradicional, que seguía reflejando su origen entre los francos salios y evidencia la creciente presencia de contingentes germánicos en el ejército romano occidental.

Soldados germanos en la Hispania romana. La unidad de los Brisigavi seniores

Los Brisigavi seniores eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre deriva de los Brisigavi, un pueblo germánico perteneciente al grupo de los alamanes, asentado en la región del Breisgau, al este del Rin. Su denominación conserva el recuerdo de ese origen étnico, lo que los identifica como una formación inicialmente reclutada entre guerreros germanos incorporados al servicio de Roma.

La Notitia Dignitatum, compilada entre finales del siglo IV y comienzos del V, sitúa a los Brisigavi seniores bajo el mando del Comes Hispaniarum, el comandante del ejército de campaña de las provincias hispanas. Esta es una de las pruebas más claras de la presencia de una unidad de origen germánico destinada administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque en esa época la composición de la unidad probablemente ya era diversa debido al sistema de reemplazos del ejército romano, el nombre Brisigavi seniores seguía reflejando su procedencia original y constituye un ejemplo de la integración de pueblos germánicos en las fuerzas militares del Imperio romano occidental.

Mercenarios germanos en la Hispania romana, los Tubantes del Comes Hispaniarum

Los Tubantes eran una unidad de auxilia palatina del ejército romano tardío cuyo nombre procede de los Tubantes, un pueblo germánico asentado en la región de Twente, en el actual este de los Países Bajos, dentro del área del bajo Rin. Su denominación conserva el origen étnico de la unidad, indicando que fue formada inicialmente con guerreros de este pueblo germánico incorporados al servicio del Imperio romano.

La Notitia Dignitatum, redactada entre finales del siglo IV y comienzos del V, incluye a los Tubantes entre las tropas bajo el mando del Comes Hispaniarum, responsable del ejército de campaña de las provincias hispanas. Su presencia en este documento constituye una evidencia de que una unidad de origen germánico estaba destinada administrativamente en Hispania durante el Bajo Imperio. Aunque para entonces sus efectivos probablemente ya no estuvieran compuestos exclusivamente por tubantes debido al sistema de reclutamiento y reemplazo del ejército romano, la unidad conservó su nombre tradicional, que seguía recordando su procedencia germánica y el papel cada vez más importante de los pueblos germanos en las fuerzas militares de Roma.

domingo, 5 de julio de 2026

Germanos al servicio de Roma: la presencia de tropas del Rin en la Hispania tardoimperial

Cuando se aborda la presencia de pueblos germánicos en Hispania, la historiografía tradicional suele situar el inicio de este fenómeno en el año 409 d.C., momento en el que suevos, vándalos y alanos atravesaron los Pirineos aprovechando la profunda crisis política y militar que afectaba al Imperio romano de Occidente. Aquellas invasiones marcaron el comienzo de una nueva etapa histórica que culminaría con el establecimiento de los primeros reinos germánicos en la Península. Sin embargo, esta visión, aunque correcta en términos generales, simplifica una realidad mucho más compleja.

Mucho antes de que los pueblos bárbaros penetraran en Hispania como invasores, hombres de origen germánico ya recorrían sus caminos, defendían sus ciudades y servían en sus guarniciones. No llegaron como enemigos del Imperio, sino como soldados del propio ejército romano. Formaban parte de un sistema militar profundamente transformado durante el siglo IV, en el que el origen étnico de los reclutas había dejado de ser un elemento determinante y donde la fidelidad al emperador y la disciplina militar prevalecían sobre cualquier consideración cultural.

Durante los siglos I y II d.C., las legiones romanas destinadas en Hispania estaban integradas principalmente por ciudadanos del propio Imperio y por auxiliares procedentes de diversas provincias. Sin embargo, las profundas reformas militares impulsadas a partir del siglo III, especialmente durante los reinados de Diocleciano y Constantino, modificaron radicalmente la estructura del ejército romano. La presión constante sobre las fronteras del Rin y del Danubio obligó a incrementar el reclutamiento en las regiones limítrofes, incorporando contingentes completos de pueblos germánicos que, una vez integrados en el ejército, pasaban a formar parte del aparato militar imperial.


Lejos de tratarse de mercenarios ocasionales, muchos de estos soldados desarrollaron largas carreras militares dentro del ejército romano. Algunos alcanzaron incluso los más altos cargos del Imperio, demostrando hasta qué punto Roma había transformado su política de integración. Batavos, francos, salios, bructeros, tubantes, hérulos o ampsivarios aparecen documentados sirviendo bajo las enseñas imperiales en numerosas campañas desarrolladas durante los siglos IV y V.

Una de las fuentes más valiosas para conocer esta realidad es la Notitia Dignitatum, un extraordinario documento administrativo elaborado entre finales del siglo IV y comienzos del V que recoge la organización civil y militar del Imperio romano. Aunque el texto conservado es el resultado de varias actualizaciones, constituye el inventario más completo que poseemos sobre la distribución del ejército romano tardío.

Para Hispania, la Notitia Dignitatum resulta especialmente reveladora. Bajo la autoridad del Comes Hispaniarum, comandante del ejército de campaña destinado en la diócesis hispana, aparecen registradas diversas unidades de infantería y caballería pertenecientes al ejército móvil de Occidente (comitatenses y auxilia palatina). Entre ellas destacan varios cuerpos cuya propia denominación remite a las provincias del Rin inferior y de la Galia Bélgica, regiones donde el ejército romano obtenía desde hacía décadas una parte muy importante de sus efectivos.

Especial interés presentan los Batavi iuniores, unidad cuyo origen debe relacionarse con los antiguos batavos establecidos en el delta del Rin, en el territorio de los actuales Países Bajos. Los batavos habían mantenido una estrecha relación con Roma desde el siglo I d.C., proporcionando algunos de los mejores auxiliares del ejército imperial y adquiriendo una reputación militar que perduró durante toda la Antigüedad tardía. Aunque los Batavi iuniores del siglo IV ya no eran necesariamente descendientes directos de aquellos guerreros, su nombre refleja la continuidad de una tradición militar asociada a una de las regiones más importantes del limes renano.

Junto a ellos aparecen también los Cortoriacenses, cuyo nombre parece derivar de Cortoriacum (la actual Kortrijk o Courtrai, en Bélgica). Esta ciudad se encontraba en una zona fronteriza profundamente militarizada, donde convivían poblaciones galorromanas con numerosos grupos francos y otros pueblos germánicos incorporados progresivamente al sistema defensivo romano. Aunque la Notitia Dignitatum no especifica la composición étnica de la unidad, resulta razonable pensar que buena parte de sus efectivos procediera de este entorno cultural y militar característico del bajo Rin.

Estas tropas pertenecían a los Auxilia Palatina, una categoría de unidades creada durante las reformas constantinianas y considerada entre la infantería de mayor prestigio del ejército romano tardío. A diferencia de los antiguos cuerpos auxiliares del Alto Imperio, los Auxilia Palatina constituían fuerzas de élite integradas en los ejércitos de campaña imperiales, con elevada movilidad, excelente entrenamiento y una importancia táctica fundamental en las operaciones militares del siglo IV. Numerosos estudios han señalado que una parte considerable de estas unidades fue reclutada precisamente entre las poblaciones germánicas asentadas en las provincias del Rin, convertidas ya en uno de los principales centros de reclutamiento del ejército imperial.

La presencia de estas unidades en Hispania adquiere una dimensión aún más interesante cuando se compara con la evidencia arqueológica. Desde mediados del siglo XX, excavaciones realizadas en diversos yacimientos de la Meseta Norte han documentado una notable concentración de objetos característicos del equipamiento militar del ejército romano tardío. Entre los hallazgos más significativos destacan las necrópolis de Simancas (Valladolid), La Olmeda (Palencia), Hornillos del Camino (Burgos) y otros enclaves distribuidos a lo largo del valle del Duero.

Los ajuares recuperados incluyen fíbulas tipo Ballenfibel, hebillas militares de tradición renana, cinturones decorados con placas metálicas, espadas tipo spatha, puntas de lanza y otros elementos cuya distribución coincide estrechamente con la cultura material documentada en las provincias del Rin entre mediados del siglo IV y comienzos del V. Su cronología, situada aproximadamente entre los años 350 y 410 d.C., coincide precisamente con el periodo en el que la Notitia Dignitatum documenta la presencia de unidades del ejército de campaña en Hispania.


Durante décadas, muchos de estos objetos fueron considerados indicadores de asentamientos bárbaros o de la llegada temprana de poblaciones germánicas a la Península. Sin embargo, los avances experimentados por la arqueología militar durante las últimas décadas han llevado a reconsiderar esta interpretación. Hoy resulta evidente que buena parte de este equipamiento formaba parte del armamento reglamentario utilizado por las tropas del ejército romano occidental, independientemente del lugar donde estuvieran destinadas. Un cinturón militar de tradición renana no identifica necesariamente a un invasor franco; puede pertenecer igualmente a un soldado romano destinado en Hispania tras haber servido en las fronteras del Rin.

Esta reinterpretación encuentra un sólido respaldo documental en la propia Notitia Dignitatum. Si el ejército del Comes Hispaniarum incluía unidades reclutadas originalmente en las provincias renanas, resulta perfectamente lógico que sus miembros conservaran parte de su equipo, de sus costumbres funerarias e incluso de determinados elementos culturales propios de su lugar de origen. En consecuencia, la aparición de materiales "germánicos" en las necrópolis hispanas no debe entenderse necesariamente como el resultado de migraciones independientes, sino como la expresión arqueológica de un ejército romano profundamente multicultural, en el que seguramente convivían romanos propiamente dichos, con elementos de etnia germánica. 

En realidad, esta situación refleja una de las transformaciones más profundas experimentadas por el Imperio durante la Antigüedad tardía. El ejército romano dejó de ser una institución formada exclusivamente por itálicos o provinciales romanizados para convertirse en un auténtico mosaico de pueblos integrados bajo una misma estructura política y militar. Francos, batavos, alamanes, hérulos o sármatas podían combatir hombro con hombro bajo las órdenes de oficiales romanos, utilizando tácticas romanas y defendiendo intereses romanos, sin que ello implicara la desaparición completa de sus identidades culturales.

Desde esta perspectiva, Hispania aparece no como una provincia aislada y alejada de las fronteras imperiales, sino como un territorio plenamente integrado en las dinámicas militares del Bajo Imperio. Los soldados que protegían sus ciudades y recorrían sus calzadas procedían de lugares tan diversos como la Galia, Britania, Panonia o las provincias del Rin, convirtiendo a la Península en un espacio donde confluyeron tradiciones militares, culturales y étnicas procedentes de todo el Occidente romano.

En definitiva, la combinación de las fuentes escritas y del registro arqueológico permite plantear una conclusión de gran interés histórico: la presencia de objetos de tradición germánica en Hispania durante la segunda mitad del siglo IV constituye, en muchos casos, la huella material de las propias tropas del ejército romano y no necesariamente la evidencia de invasiones o asentamientos bárbaros anteriores al año 409. Antes de la llegada de suevos, vándalos y alanos, hombres nacidos en las regiones del Rin ya defendían la Península como soldados del Imperio. Paradójicamente, fueron aquellos "bárbaros de Roma" quienes representaron una de las últimas líneas de defensa del poder imperial en Hispania, pocos años antes del colapso definitivo de la autoridad romana en Occidente.

¿Cuántos fueron? ¿En qué cantidad? ¿Cuál pudo ser su número? Evidentemente, resulta imposible establecer una cifra exacta. Las fuentes antiguas no indican el número de efectivos destinados en Hispania ni permiten conocer el origen étnico de cada soldado. Sin embargo, la documentación disponible demuestra que, varias décadas antes de las invasiones del año 409, la Península ya albergaba un contingente significativo de militares de origen germánico integrados en el ejército regular romano.

Aunque entramos inevitablemente en el terreno de la estimación, algunos datos permiten realizar una aproximación razonable. La mayoría de los especialistas, entre ellos A. H. M. Jones, Dietrich Hoffmann, Michael P. Speidel o Hugh Elton, consideran que un auxilium palatinum contaba normalmente con entre 500 y 800 hombres, si bien determinadas unidades pudieron alcanzar ocasionalmente cifras cercanas al millar de efectivos.

La Notitia Dignitatum atribuye al Comes Hispaniarum un ejército de campaña compuesto por varias unidades de Auxilia Palatina, comitatenses y vexillationes de caballería. Sumando las unidades documentadas, la mayoría de las estimaciones sitúan el contingente militar hispano entre 5.000 y 7.000 soldados, pudiendo alcanzar 8.000 o incluso 10.000 efectivos si todas las unidades se encontraban próximas a su plantilla teórica. Una cifra intermedia, cercana a los 6.000 hombres, suele considerarse hoy la hipótesis más verosímil.

Si una parte importante de estas tropas procedía originalmente de las provincias del Rin, tampoco resulta descabellado pensar que muchos de aquellos soldados estuvieran acompañados por sus familias. Desde finales del siglo III era habitual que los militares profesionales permanecieran largos periodos destinados en una misma provincia, formando hogares estables con esposas e hijos. Aunque no existen cifras concretas para Hispania, la presencia de varios miles de soldados podría haber dado lugar a comunidades vinculadas al ejército de entre 3.000 y 5.000 personas de origen o ascendencia germánica, plenamente integradas en la sociedad provincial y bajo la autoridad imperial.

En cuanto a su religión, una pregunta que seguramente muchos os estaréis haciendo. Tampoco puede establecerse una respuesta única. Entre aquellos soldados probablemente convivían individuos que conservaban las antiguas creencias paganas propias de los pueblos del Rin junto a otros que ya habían adoptado el cristianismo, especialmente entre quienes llevaban años sirviendo en el ejército romano. La diversidad religiosa debió de ser la norma en unas unidades donde el vínculo con Roma dependía más de la lealtad militar que de la identidad étnica o de las creencias personales.

Basándonos en la distribución de los hallazgos arqueológicos, parece probable que buena parte de estas unidades estuvieran acantonadas en un amplio corredor que comprendía Simancas, La Olmeda, Hornillos del Camino, el valle del Duero, el entorno de León y Astorga, e incluso algunos sectores del valle medio del Ebro. Desde esta posición estratégica, el ejército móvil podía desplazarse con relativa rapidez hacia cualquier punto de la Península en caso de necesidad.

Si aceptamos un ejército de campaña de unos 6.000 efectivos y un importante componente reclutado en las provincias renanas, es posible que la Hispania de finales del siglo IV albergara la mayor concentración de soldados de origen germánico conocida en la Península antes de las invasiones del año 409. No obstante, esta debe entenderse como una hipótesis histórica y no como un hecho demostrado, ya que las fuentes no permiten cuantificar con precisión la composición étnica de cada unidad. En cualquier caso, conviene recordar que el ejército romano tardío era una institución profundamente multicultural, en la que convivían soldados nacidos en Italia, Hispania, la Galia, Britania, Panonia o las fronteras del Rin, unidos no por su origen, sino por su servicio al Imperio.

Alvar Ordoño 2026