domingo, 26 de julio de 2026

Incendios forestales. ¿Qué está fallando?

 Todos los que, en mayor o menor medida, vivimos en el campo o solemos hacer vida en él conocemos perfectamente esta sensación. No es algo nuevo. Llevamos años viéndolo y comentándolo. En mi caso, quienes me conocen de cerca saben que he repetido miles de veces la misma frase mientras paseaba por el monte: «El día que esto prenda, no hay quien detenga el incendio».

Y para llegar a esa conclusión no hace falta ser ingeniero forestal ni haber estudiado durante años el comportamiento del fuego. A veces basta simplemente con caminar, mirar alrededor y, sobre todo, mirar al suelo.

Hay montes en los que décadas de abandono han ido dejando una enorme cantidad de material vegetal acumulado. Ramas derribadas por el viento, maleza que crece durante la primavera y termina completamente seca con la llegada del verano, piñas, arbustos, árboles muertos, troncos caídos que permanecen allí año tras año... Todo se va acumulando hasta formar una auténtica alfombra de combustible.

En algunas zonas, como ocurre alrededor del lugar donde vivo, la situación llega a ser alarmante. Hay puntos en los que resulta complicado incluso caminar fuera de los senderos por la cantidad de ramas, matorral y restos vegetales que se han ido acumulando durante años.

Por eso siempre termino pensando lo mismo: el día que esto prenda, será prácticamente imposible detenerlo.

Podemos invertir millones de euros en bomberos, helicópteros, aviones y medios de extinción, y evidentemente debemos disponer de todos ellos. Pero hay un momento en el que el fuego adquiere tal intensidad que deja de ser únicamente un problema de medios. Cuando coinciden temperaturas extremas, viento, baja humedad y kilómetros de vegetación seca esperando para arder, llega un punto en el que ningún ejército de bomberos puede hacer milagros.

Y entonces surge una pregunta bastante lógica. Si existe toda esa madera caída, si hay ramas secas, maleza y restos vegetales acumulándose año tras año, ¿por qué los habitantes de los pueblos no entran periódicamente en los montes y retiran parte de ese material?

Es una pregunta comprensible, especialmente para quien contempla el mundo rural desde una ciudad.

Pero la realidad actual es bastante más complicada.

El monte español está sometido a una extensa regulación. Dependiendo de dónde nos encontremos, de quién sea el propietario del terreno, del tipo de monte y de su nivel de protección, recoger madera, leña u otros productos forestales puede estar sometido a permisos, autorizaciones, declaraciones responsables o prohibiciones.

En la Comunidad de Madrid, por ejemplo, la extracción de madera y leña puede tener la consideración de aprovechamiento forestal y no existe un derecho general del ciudadano a entrar en un monte y llevarse aquello que encuentra en el suelo simplemente porque esté seco o haya caído de manera natural.

Evidentemente, esto no significa que alguien vaya a recibir una multa de 100.000 euros por meter cuatro piñas en una bolsa. Las sanciones dependen de la gravedad de la infracción, del daño causado, de la cantidad extraída, del lugar donde se produzca y de otras muchas circunstancias. Pero el fondo del problema permanece: algo que durante generaciones formó parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos se ha convertido en una actividad sometida a una importante burocracia.

Y aquí es donde aparece una contradicción que resulta difícil ignorar, pues durante generaciones, la gente utilizó el monte porque el monte era también un recurso. Se recogía leña para calentarse durante el invierno. Se recogían piñas. Se aprovechaba la madera. El ganado pastaba y consumía parte de la vegetación. Los campos se cultivaban. Los caminos eran transitados. Los alrededores de los pueblos estaban vivos porque había personas que obtenían de ellos parte de aquello que necesitaban para vivir.

Aquellas personas no recogían una rama pensando en prevenir un incendio forestal. La recogían porque necesitaban calentar su casa. No llevaban el ganado al monte pensando en reducir la biomasa. Lo hacían porque necesitaban alimentar a sus animales. No limpiaban determinados terrenos porque hubieran leído un plan de prevención de incendios. Lo hacían porque aquellos terrenos tenían un valor para ellos.

Pero precisamente ahí estaba la clave. El monte tenía valor y, por tanto, alguien tenía interés en aprovecharlo.

Yo mismo todavía recuerdo parte de aquel mundo. Recuerdo perfectamente aquellos inolvidables veranos de los años ochenta en los que acompañaba a mi abuelo al monte para recoger madera caída y piñas pensando ya en el invierno. No éramos los únicos. Lo hacía mucha gente. Era algo normal. Nadie consideraba que recoger unas ramas secas estuviera destruyendo la naturaleza.

Y mientras cada familia buscaba simplemente un beneficio para su propia casa, entre todos se estaba produciendo algo que hoy parece que hemos olvidado: se retiraba combustible del monte.

¿Eso evitaba los incendios? Evidentemente no. Los incendios forestales han existido siempre. También hubo incendios en España durante los años setenta y ochenta. Pero una cosa es que se produzca un incendio y otra muy diferente es la capacidad que ese incendio tenga para propagarse hasta convertirse en un monstruo prácticamente imposible de combatir. Algo que pasa ahora, en el 2026, con las leyes del 2026, y no con las leyes antiguas. Siendo así.. que ha ocurrido entre la prevención y relativo control de los incendios forestales de los años 70 y 80 (tiempos que yo recuerdo) y los incendios forestales del presente. ¿El cambio climático?.. No, los ecologistas de salón, los pijos universitarios que solo van al campo para hacer senderismo y sacarse unas fotos para el instagran con su correspondiente bandera de Palestina, su chapita de la LGTB y su camiseta feminista.

Lo cierto es que defender la causa del cambio climático como causa del fuego a día de hoy, cuando todos los veranos detienen a 5 "fulanos" en España por incendios.. Digamos que esta más relacionado con el sectarismo político y la retorica interesada que otra cosa, pero bueno.  

Realmente la comparación con el franquismo resulta incomoda en el presente, por que la modernidad se ha construido basada en una retorica de perfección que impide cualquier comparativa critica con el pasado. Es decir, el tiempo en el que vivimos es perfecto, y todo tiempo pasado, a exclusión de la idealizada 2º republica, es malo y negativo. Pero no, no es así.. todo periodo tiene sus cosas buenas y malas, y es de necios o de sectarios no reconocerlas.

Durante el franquismo, y también durante las décadas inmediatamente posteriores, la relación entre el mundo rural y el monte era radicalmente diferente a la actual. No porque Franco hubiera descubierto ninguna fórmula mágica contra los incendios ni porque la política forestal de aquella época fuese perfecta. No lo fue. Hubo decisiones discutibles, repoblaciones masivas, conflictos relacionados con los aprovechamientos comunales y políticas forestales que pueden y deben analizarse críticamente.

Pero existía una realidad difícil de negar: el monte estaba mucho más integrado en la economía cotidiana de los pueblos.

Había más población viviendo en el medio rural. Había más ganado. Había más pequeñas explotaciones agrícolas. Se recogía leña. Se aprovechaba la madera. Se utilizaban terrenos que posteriormente fueron abandonados. Existía, en definitiva, una presencia humana constante que transformaba el paisaje y retiraba una parte importante de la vegetación que hoy permanece en él.

Después llegó el éxodo rural, desaparecieron miles de pequeñas explotaciones, disminuyó el pastoreo en numerosas zonas, muchos cultivos fueron abandonados y buena parte de aquellos aprovechamientos dejaron de resultar económicamente interesantes.

Y mientras el campo perdía habitantes, nuestra legislación ambiental se hacía cada vez más compleja.

Muchas de aquellas normas eran necesarias. Evidentemente no podemos regresar a una época en la que cualquiera pueda entrar en un monte, cortar árboles o llevarse aquello que quiera sin ningún control. Proteger nuestros espacios naturales es necesario. Pero proteger no puede significar abandonar. Y regular no debería significar expulsar a las personas que durante generaciones formaron parte del propio ecosistema rural.

Porque hemos llegado a una situación paradójica. En determinados lugares ponemos enormes dificultades para que un vecino aproveche gratuitamente una parte de la biomasa del monte y, posteriormente, destinamos dinero público a contratar trabajos para retirar esa misma biomasa.

Primero convertimos algo que tenía valor en algo que nadie puede o quiere recoger. Después dejamos que se acumule. Y finalmente pagamos para eliminarlo. Y Es precisamente aquí donde comienza mi crítica al ecologismo actual.

No al ecologismo entendido como respeto por la naturaleza, porque proteger nuestros bosques, nuestros ríos y nuestra fauna debería ser una preocupación de cualquiera que ame el campo. Mi crítica va dirigida a otra cosa: al ecologismo convertido en estructura burocrática, económica e institucional, no pocas veces politizada desde la izquierda. 

Durante las últimas décadas hemos creado alrededor de la protección ambiental una enorme maquinaria formada por administraciones, organismos, empresas, consultoras, asociaciones, subvenciones, fondos europeos, certificaciones, proyectos, estudios, campañas y programas públicos.

Todo ello mueve enormes cantidades de dinero. Y que exista dinero alrededor de la protección del medio ambiente no significa automáticamente que exista corrupción, ni mucho menos que toda política ambiental sea inútil. Sería absurdo afirmarlo.

Pero cuando alrededor de una causa aparecen miles de puestos de trabajo, presupuestos millonarios, subvenciones, contratos públicos e intereses empresariales, esa causa deja de ser únicamente una idea y comienza también a convertirse en una industria.

Y cualquier industria termina desarrollando intereses propios. Por eso quizá deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos protegiendo nuestros montes o estamos protegiendo la enorme estructura que hemos construido alrededor de la idea de protegerlos? Y tristemente esto es aplicable a todas las causas actuales, desde el negocio del feminismo, al negocio de la LGTB, al negocio de las ONg's

la realidad es que podemos redactar miles de páginas de legislación ambiental y permitir, al mismo tiempo, que determinados montes acumulen combustible durante décadas.

Podemos invertir cantidades cada vez mayores en apagar incendios mientras olvidamos que quizá sería más inteligente evitar que el territorio llegue al verano convertido en una inmensa masa continua de combustible.

Podemos llenar despachos de técnicos, crear organismos, aprobar planes, conceder subvenciones y desarrollar campañas institucionales, pero cuando un fulano en alguna parte de España, decide prender una montaña cubierta de vegetación seca, y esta comienza a arder con cuarenta grados y viento fuerte, al fuego le importa bastante poco cuántas páginas tenía nuestro último plan medioambiental.

Quizá ha llegado el momento de recuperar algo del sentido práctico que durante siglos tuvo el mundo rural. Y plantearnos que en el pasado, no todo fue malo y desastroso, mas bien al contrario, ejemplo de como deberíamos de hacer el futuro.. máxime cuando a la vista está, las cosas no están funcionando bien. 

No se trata de regresar al pasado como tal. Ni de permitir que cualquiera haga lo que quiera en nuestros montes (como ya he comentado). Se trata de comprender que la presencia humana no siempre es enemiga de la naturaleza y que, en determinados ecosistemas, el abandono tampoco significa conservación, sino negocio ecologista que mueve miles de millones anuales en toda Europa. 

Tal vez deberíamos volver a facilitar aprovechamientos controlados de leña y biomasa, recuperar el pastoreo donde sea posible, mantener caminos y cortafuegos, favorecer mosaicos agrícolas y forestales y conseguir, sobre todo, que vivir junto al monte vuelva a proporcionar algún beneficio a quienes tienen que cuidarlo durante todo el año.

Porque mientras continuemos tratando el mundo rural como un museo que debe contemplarse desde lejos, el monte seguirá creciendo, secándose y acumulando combustible. 

Los incendios seguirán existiendo. Siempre han existido y siempre existirán. La cuestión es qué encontrarán cuando comiencen. Y que podemos hacer para controlarlos evitando que tengan combustible para arder de forma incontrolada.

Y quizá, después de tantos años hablando de políticas ambientales, sostenibilidad, transición ecológica y millones de euros destinados a proteger nuestros espacios naturales, deberíamos volver a escuchar a aquellos que viven todos los días junto al monte. Los cuales, os puedo asegurar, que no están de acuerdo con los pijo corbatitas ecologistas de Bruselas con bandera palestina, y fin de semana senderista en Guadarrama por la causa feminista. 

Lo cierto es que muchos lugareños de pueblos y montes, llevan años mirando esa acumulación de ramas, árboles caídos y vegetación seca mientras repiten exactamente la misma frase que yo os he comentado:

«El día que esto prenda, no hay quien lo pare». Ni el ecologismo, ni los universitarios, ni los bomberos forestales, ni la bandera Palestina. 

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