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domingo, 14 de junio de 2026

Los íberos y la cuestión genética: continuidad biológica y diversidad cultural en la Hispania prerromana (últimos estudios genéticos)

Desde que apareció la genética en la arqueología, son constantes los cambios que observamos en la historia. Tambaleando en muchas ocasiones, los cimientos y conceptos sobre los que habíamos asentado nuestras creencias por décadas e incluso siglos. 

Hace poco ví una noticia referida a la genética de los iberos, un estudio bastante interesante, que pone al traste muchas de las cosas que se creían. Y aun cuando bien es cierto, que todos estos conceptos deben de ser tomados con cautela, pues ya de por si el estudio genético realizado, suele estar reducido a poblaciones considerablemente pequeñas de población ( en este caso 54 individuos), si que valen para tener una nueva idea o aproximación sobre cual podría haber sido la genética de las poblaciones ibéricas del noroeste peninsular. 

Y es que durante décadas, la historiografía tradicional presentó a los pueblos prerromanos de la Península Ibérica como entidades étnicas claramente diferenciadas. En esa visión clásica, los íberos aparecían como poblaciones autóctonas preindoeuropeas asentadas en la fachada mediterránea, mientras que celtas y celtíberos eran interpretados como pueblos invasores de origen indoeuropeo llegados desde Europa continental. Sin embargo, los avances recientes en arqueogenética están modificando profundamente esta interpretación, mostrando un panorama mucho más complejo y matizado.

Un estudio publicado en 2026 y difundido por medios especializados como La Brújula Verde sostiene que las poblaciones íberas del noreste peninsular mantuvieron una notable continuidad genética durante aproximadamente seis siglos, a pesar de su intenso contacto con fenicios, griegos y posteriormente cartagineses. El análisis de ADN antiguo procedente de diversos yacimientos arqueológicos reveló que la composición biológica de estas comunidades permaneció relativamente estable desde la Primera Edad del Hierro hasta la romanización.

Esta conclusión resulta especialmente significativa porque contradice antiguas hipótesis que interpretaban la aparición de la cultura ibérica como consecuencia de migraciones masivas procedentes del Mediterráneo oriental, incluso planteando que los iberos fueran pueblos del mar, o exiliados de Egipto. 

Los datos genéticos actuales indican, por el contrario, que los íberos fueron esencialmente descendientes de poblaciones locales que habían habitado la Península desde épocas anteriores. La influencia fenicia y griega existió, y fue enorme en términos culturales y económicos, pero no implicó un reemplazo demográfico sustancial.

No obstante, uno de los aspectos más interesantes de estos estudios es que muchos de los individuos analizados portaban el haplogrupo paterno R1b, un linaje asociado a las migraciones esteparias de la Edad del Bronce que transformaron genéticamente gran parte de Europa occidental entre el III y II milenio a.C. Este dato tiene implicaciones importantes para comprender la verdadera naturaleza de las poblaciones ibéricas.

Tradicionalmente se había tendido a identificar lo “preindoeuropeo” con una supuesta continuidad genética neolítica o paleolítica, diferenciada de las poblaciones célticas posteriores. Sin embargo, la arqueogenética moderna demuestra que esta asociación resulta simplista. La expansión de poblaciones con ascendencia esteparia y linajes R1b afectó a buena parte de la Península Ibérica, tanto a regiones posteriormente celtizadas como a aquellas que desarrollaron culturas no indoeuropeas.

En consecuencia, íberos y celtíberos probablemente compartían una base genética relativamente similar. Ambos grupos descendían en gran medida de poblaciones mezcladas surgidas tras las migraciones de la Edad del Bronce. Las diferencias entre ellos no eran tanto biológicas como lingüísticas y culturales. Mientras los celtíberos, y poblaciones de las mesetas indoeuropeas (celtas) hablaban lenguas célticas, mantenían cultura celta y tenían dioses celtas, claramente indoeuropeas, los íberos conservaron una lengua no indoeuropea cuya filiación exacta sigue siendo discutida. Del mismo modo, sus estructuras sociales, sus formas urbanas y sus influencias culturales divergieron notablemente, estando el mundo ibero mas influenciado por el mundo mediterraneo y pre indoeuropeo en su aspecto cultural y artistico (no genético) 

La cultura ibérica se desarrolló en estrecho contacto con el Mediterráneo colonial. Fenicios y griegos introdujeron sistemas de escritura, redes comerciales, nuevas formas artísticas y modelos urbanos que transformaron profundamente las sociedades indígenas de la costa oriental y meridional de Hispania. Sin embargo, esta mediterraneización cultural no implicó necesariamente una sustitución poblacional. Los íberos adoptaron elementos culturales externos mientras mantenían una continuidad biológica esencialmente local.

Este fenómeno no es excepcional en la historia humana. Numerosos pueblos han cambiado de lengua, religión o cultura sin experimentar grandes alteraciones genéticas. El caso de los íberos demuestra precisamente que genética y cultura no son categorías equivalentes. Compartir determinados linajes biológicos no implica hablar la misma lengua ni poseer la misma identidad colectiva.

De hecho, el propio concepto de “pueblo” en la Antigüedad debe entenderse de manera mucho más flexible de lo que sugerían las interpretaciones nacionalistas del siglo XIX. En parte porque en aquellos tiempos, el pueblo o los estados nación, no estaban tan ligados a la territorialidad de un lugar, como al parentesco étnico y racial que tenían sus gens entre ellos. Así pues, por ejemplo en el tema de los iberos.. hablaríamos de distintas tribus que ocupaban un territorio amplísimo, pero que por su semejanza física, cultural, étnica, linguistica, fueron llamados todos ellos con el nombre de Iberos por cartagineses, griegos y romanos. Pueblos extranjeros todos ellos, que si observaron semejanzas entre los habitantes de una zona que mantenían parentestco étnico y cultural entre si, a pesar de formar parte de tribus distintas.  

En este contexto, la Península Ibérica prerromana aparece cada vez menos como un mosaico de razas separadas y más como un espacio de interacción continua entre comunidades emparentadas biológicamente pero diferenciadas por sus tradiciones culturales y lingüísticas. La llegada de Roma sí produjo posteriormente un cambio demográfico mucho más intenso, incorporando poblaciones procedentes de múltiples regiones del Mediterráneo y favoreciendo una integración genética a gran escala dentro del Imperio.

Los nuevos estudios arqueogenéticos no eliminan las diferencias entre íberos y celtas, pero obligan a reinterpretarlas. Más que pueblos radicalmente distintos desde un punto de vista biológico, probablemente fueron sociedades vecinas surgidas de una base poblacional común, que evolucionaron de manera diferente según sus contactos culturales, sus lenguas y sus procesos históricos particulares. Seguramente las poblaciones iberas de las costas mediterraneas no dejaban de ser "hispanos" emparentados con los celtiberos del interior mesetario, desde la propia llegada de las oleadas de yamnayas a Iberia. Momento en el que el mundo pre indoeuropeo desaparece paulatinamente, ante el empuje de los guerreros indoeuropeos llegados de las estepas. Algo que afecto por igual en mayor o menor porcentaje genetico tanto a iberos como a celtas de las mesetas y norte peninsular. 

lunes, 7 de julio de 2025

Sobre la exposición y los yelmos celtiberos de Aranda del Moncayo

Recientemente ha tenido lugar la inauguración de una exposición temporal en el museo arqueológico nacional de Madrid. Bajo el titulo de Alas Para la guerra, Aratis y la Celtiberia, se nos muestran desde el 24 de Junio hasta el 5 de Octubre, distintas piezas arqueológicas relacionadas con el yacimiento de Aranda de Moncayo. Siendo sin ninguna duda los restos de los populares yelmos celtiberos, las piezas estrellas de la exposición.

La visita es gratuita, y aun cuando no es muy extensa en tamaño, si que merece la pena visitarla. Digamos que la misma se divide en varias salas, siendo la primera de ellas donde se nos cuenta la historia de Aratis, la ciudad celta en la que se encontraron los populares cascos. Posteriormente se nos expone algunos datos básicos sobre su sociedad, territorio, guerra, la violencia, la panoplia militar, y el final del guerrero visto desde un aspecto religioso.

Sobre los cascos de Aranda de Moncayo, decir que fueron encontrados en el año 1993, en unas fincas privadas adyacentes al yacimiento arqueológico. El terreno fue comprado por Ricardo Granada Pérez, quien al encontrar las piezas las escondió en la localidad de Utebo, para posteriormente venderlas en subastas arqueológicas. De todo ello hay numerosa información en redes sociales, por lo que no voy a detenerme demasiado en la rocambolesca historia.

Decir no obstante, que fueron encontrados 18 cascos, de los cuales 7 fueron recuperados y devueltos a España. Encontrándose actualmente expuestos en el museo de Zaragoza. En el año 2020 se recuperó un octavo casco, habiéndose conseguido por tanto 8 de las 18 piezas originales.


Resulta extraño que en una zona tan pequeña, se hallaran 18 yelmos, pues estos elementos no debían de ser comunes a todos los guerreros. Quedando su utilización casi de forma exclusiva para elites aristócratas de las tribus o clanes locales. Se sabe que uno de los rituales celtas peninsulares, consistía en arrojar armas y yelmos a las aguas tras la muerte del guerrero. Causa que podría explicar la poca cantidad de material relacionado con estos elementos encontrados en  Iberia.

También se ha teorizado sobre el posible significado de los mismos. Algunos autores apuntan a un uso ceremonial o simbólico, es decir, no eran cascos utilizados para la guerra como tal. Sino solo para ceremonias concretas de exaltación de los héroes o de los dioses. Algo que podría estar relacionado con otros elementos similares en distintos siglos y puntos del continente, como por ejemplo los cascos de Vikso, en la edad del bronce danesa. O los yelmos de Sotton Hoo en la alta edad media anglosajona. En ambos casos, los cascos encontrados están adornados con símbolos como cuernos o escenas ritualisticas de la mitología escandinava, aceptándose a día de hoy,  que serían más propios del mundo ritual germánico que del mundo bélico practico.

¿Ocurrió lo mismo con los yelmos celtiberos de Aratis?. ¿Eran ceremoniales y no prácticos?. Me temo que es algo que no puede demostrarse actualmente, y dicha teoría forma parte de otras muchas expuestas sobre el tema. Los defensores de la hipótesis ritual, sostienen lo poco útil que resulta combatir con yelmos tan adornados y decorados. Quedando por tanto, solo la teoría del uso ceremonial como presumiblemente razonable. De ese modo, los cascos de Aranda del Moncayo serían piezas “religiosas” ofrecidas a los dioses, o que intentaban representar a los dioses por medio de la exageración de atributos heroizantes como cuernos o alas.

Una segunda teoría asociada, nos plantea la posibilidad de que no fueran de uso ritual, sino representación del estatus social. En tal caso los yelmos seguirían sin ser prácticos para el combate, y únicamente mostrarían el poder y prestigio de su propietario.

A este respecto es interesante recuperar la idea expuesta por el historiador Manuel Bendala, en su libro “Tartesios, iberos y celtas”. En ella expone una curiosa hipótesis relacionada con la simbología de la cornamenta en las representaciones de guerreros de las mal llamadas estelas tartesicas del bronce hispano. El escritor plantea de manera textual lo siguiente:

(..) La cultura material de la primera época de Tartesos deja traslucir una sociedad jerarquizada, cuyo más alto nivel lo ocupa el grupo o clase que  retratan tan particularmente las estelas grabadas. Se percibe en ellas una casta superior, cuyos componentes ejercen como guerreros (..) Se hace constar en la posesión de signos de distinción muy exclusivos, y en la recepción y ofrecimiento de ceremonias que sirven de recordatorio colectivo de sus virtudes o privilegios de clase.

(..) El hecho frecuente de que los guerreros de las estelas estén tocados de cascos de cuernos, en algún caso enormes, como para hacer bien visibles sus valores y su significado (..) El guerrero de la estela de Fuente de Cantos (Badajoz) luce uno de estos cascos de cuernos desmesurados. Parece que muestran aquí un sentido heroizador, que remite  a la vieja tradición mesopotámica en la que aparecen los cascos o tiaras de cuernos como atributos de los dioses (..)

Es decir, los cuernos como elemento decorador en los cascos de guerreros de las estelas del bronce hispano, representarían atributos divinos. A este respecto, no puedo dejar de relacionar la semejanza de los yelmos de Aranda de Moncayo, con la simbología de los cuernos tartesicos, y la posibilidad real de que mas allá que fueran elementos para la guerra, tuvieran un significado ritual o religioso puramente nativo, el cual perduraría en la antropología cultural hispana desde la edad del bronce hasta la edad del hierro.

Otra característica de las piezas de Aratis que ha servido para especular sobre la posible practica de combate y su utilización, ha sido la falta de una protección facial. Lo cual ha sido interpretado como prueba de un estilo de combate individual entre soldados. Dicho de otra forma, los guerreros celtiberos no practicaban el combate de tipo “falanges” o “muro de escudos”, sino combates individuales de guerreros contra guerreros. Especulándose nuevamente que dicha práctica podría estar asociada a combates rituales, como los llevados a cabo durante el funeral de Viriato. En cuyo caso, estaríamos una vez más ante la suposición de que los cascos de Aranda de Moncayo, serían ceremoniales y no funcionales.

Respecto a la simbología de los cascos celtiberos, es destacable que algunos de ellos estaban adornados con elementos espirales de carácter solar. Como los de la tumba A de la necrópolis del Val, en Alpaquense, Guadalajara. Lo cual podría ser interpretado como un símbolo protector, o incluso heroizante de cara al más allá. En una cerámica de Numancia se aprecian dos figuras que llevan un casco con cuernos, y otro que asemeja un animal con las fauces abiertas. Según Alberto Lorrio, este tipo de elementos estarían vinculados con una herencia de la cultura de La Tene (segundad edad del hierro celta).


Y es que los yelmos de la celtibería, son propios y originales de Hispania, sin parecido en el mundo celta. Pero recibieron influencia de distintas poblaciones con las que los viejos celtas hispanos tuvieron contacto. Algo fácilmente demostrable por la comparación entre diferentes yelmos calcídicos. Las piezas en cuestión fueron influenciadas por el mundo greco romano, evolucionando desde los cascos griegos e itálicos.

Al igual que estos, tienen una calota lisa, un nasal reforzado que divide las aperturas para los ojos, guardanucas plano, carrilleras móviles, y adornos tanto orgánicos como metálicos. Incorporando en el caso celtibero, eso sí, elementos nativos propios del mundo cultural del hierro peninsular.

Su origen seguramente gira en torno al siglo 4 en el sur de Italia. Donde los mercenarios celtas de Hispania los conocerían y traerían a la península. Sufriendo en los sucesivos años y siglos, algunas variaciones autóctonas, como la incorporación de piezas simbólicas, tales como alas o “cuernos”. Pudiéndose apreciar en algunos de ellos igualmente imágenes de serpientes. Animales sagrados para algunas sociedades celtas europeas.

En relación con lo citado previamente, y hablando nuevamente sobre lo extraño de la cantidad de las piezas encontradas en una zona muy pequeña. Se plantean varias posibilidades. Una de ellas teoriza sobre la existencia de un pequeño ejército financiado por el contexto de la expansión celtibera de esos siglos. Un momento concreto en el que confluyeron varios jefes y caudillos en una misma zona.  Otra, quizás más mitológica, relacionaría el lugar con un posible santuario al dios de la guerra celta. Significando la acumulación de cascos una ofrenda puntual a la divinidad, ya que casi todos presentan una homogeneidad que descarta que podamos estar hablando de ofrendas acumuladas a lo largo del tiempo. 

Esto supondría un acontecimiento único en un momento único, que forzó a los celtiberos de Aratis, a ofrecer una gran cantidad de yelmos con atributos nativos y heroizantes en busca del favor del Dios. todo ello dentro de un contexto histórico y social que desconocemos.

Alvar Ordoño / la era del hierro blog / 2025

sábado, 30 de noviembre de 2024

Los celtas en Hispania y el pueblo de los Carpetanos

Uno de los grandes problemas que nos encontramos al tratar el tema de los celtas en la península ibérica, es el de la propia romantización que de ellos ha hecho el folklore popular. En España nos encontramos con territorios fuertemente anclados en tradiciones que se auto definen como celtas. Tenemos música celta en el norte, hablamos de naciones celtas en el marco atlántico, y de raíz cultural celta en buena parte de la cornisa cantábrica. Pero curiosamente, nada de esto es totalmente cierto, formando todo ello, más parte del folklore moderno y de la idealización que del mundo antiguo se ha hecho para atraer turistas, que de una realidad histórica.

La dura realidad desde el punto de vista histórico y antropológico, es que la música celta actual, poco o nada tiene que ver con la música de las poblaciones de la era del hierro, contexto en el que se desarrollaron los celtas. Las autodenominadas naciones celtas del presente, poco tienen de celtas, obedeciendo normalmente más a intentos políticos de separar étnicamente a los españoles, que de buscar unas conexiones históricas celtas con su pasado. Y la raíz cultural de los celtas del norte cantábrico, se pierde a día de hoy en España dentro de un territorio mucho más amplio que abarcaría toda la meseta, algunas partes de la actual Andalucía, y partes del norte ibérico. 

A todo esto habría que sumarle, un proceso complejo de poblaciones llegadas desde la edad de piedra, que fueron dando forma a culturas nativas autóctonas, las cuales evolucionaron y se desarrollaron por siglos de forma independiente, antes de que las poblaciones celtas llegaran a España durante las dos edades del hierro. 

Así pues, cuando los celtas como tales llegaron desde centro Europa a Hispania, aquí ya había pueblos guerreros fuertemente asentados desde la edad del bronce, cuyas raíces más antiguas habría que encontrarlas en las poblaciones indoeuropeas puras. Todos estos pueblos dejaron su impronta en los conocidos castros de las culturas del bronce atlántico, o bronce de las cogotas en la meseta norte. Construcciones atribuidas normalmente a los celtas, que nada tienen de celta. Remontándose sus construcciones a la edad del bronce. Eso sí, fueron reutilizadas por los invasores centro europeos cuando llegaron a nuestro país en distintas oleadas. 

De esta forma, poblaciones indoeuropeas del bronce, conocidos popularmente como proto celtas, y celtas de la cultura del hierro, se extendieron por la península dando origen a un sinfín de pueblos a lo largo del territorio. Extendiendo lazos y parentescos culturales entre ellos, de norte a sur peninsular. Estando mucho más cercanos y relacionados con el bronce autóctono, que con el hierro centroeuropeo. Así pues no es sorprendente, que actualmente todos los arqueólogos, encuentren una relación más cercana de los yelmos astures de Pico las Torres, en Ribadesella, con las poblaciones mediterráneas indoeuropeas, que con ningún tipo de guerrero celta de centro Europa. Y es que durante miles de años, todos los pueblos hispánicos del bronce, desde Galicia, hasta la Bética andaluza, guerrearon, se fusionaron, e intercambiaron cultura que daría forma a una identidad nativa propia y única en Europa.

Tribus como los Turmogos, los cántabros, los astures, los galaicos, los autrigones, los várdulos, entre otros muchos, fueron poblaciones autóctonas, fuertemente desarrolladas de forma autóctona, que recibieron aportes celtas en la edad del hierro. Siendo más bien celtizados desde un punto de vista racial y cultural, que celtas puros surgidos de la nada como consecuencia del mundo halstatico. 

Por ello, la cultura celta española, es única en toda Europa.. y si bien guarda relaciones culturales y antropológicas con las existentes en las Galias o Bélgica, no deja de tener condicionantes únicos y propios que la marcan como diferente y propia frente a las demás. 

Dentro de todo este conglomerado cultural, de tribus y aportes que relacionan a los pueblos del arco atlántico cantábrico, con las poblaciones de la meseta central, unidos por el desarrollo indoeuropeo del bronce atlántico o de las cogotas. Nos encontramos con una población poco nombrada más allá del área a la que pertenece. Una población de la que poco se sabe, y de la que tan solo nos ha llegado el nombre que la dieron los invasores, alguna batalla que protagonizó, y el nombre de uno de sus caudillos… Nos estamos refiriendo a los Carpetanos de la Carpetania. 

Normalmente se suele hablar de los carpetanos, como uno de los muchos pueblos celtas que habitaban la península ibérica. Pero como ya hemos dicho, esto no es del todo cierto. Las tribus carpetanas, proceden del desarrollo cultural del bronce mesetario anterior a los celtas de la edad del hierro. Eran hombres y mujeres de lengua indoeuropea, cuyas raíces más antiguas seguramente se encontrarían en las primeras invasiones arias de finales de la edad de piedra. En aquellos tiempos tan remotos, los invasores encontraron terrenos fértiles en Hispania, asentándose en ellos, y desarrollando distintos procesos culturales cuya máxima eclosión autóctona sería la cultura bronce de las cogotas o bronce de las mesetas. Recibiendo muchos siglos después, un nuevo aporte céltico llegado desde centro y norte de Europa, tierras donde los yamnaya se fusionaron con las poblaciones de la cerámica cordada o del hacha de guerra.

Estos pueblos mesetarios, serían vecinos de los vetones, y de los arévacos, manteniendo estrechas relaciones con poblaciones tradicionalmente ibéricas del sur, incluso llegando a tener posible aportes culturales del mundo tartessico. Ocuparían una zona que iría desde la comunidad de Madrid, hasta Toledo. No en vano, por algo se llama a la sierra del Guadarrama, montes carpeto vetonicos. 

En el área carpetana, se dan construcciones de poblados tanto en montes, como en llano, en ambos casos carentes de muros sólidos, lo que sugiere, un posible estacionamiento temporal, o una relativa movilidad de la población según las estaciones del año. Es a partir del siglo 8 antes de cristo, cuando se generaliza en todo el área indoeuropea de Hispania, un típo de fortificación llamada Castro. Se caracterizaba por tener viviendas circulares, estar fortificados con muros, y situados en colinas o cerros altos, desde donde podían controlar los territorios que dominaban. Esta evolución, debida probablemente a una creciente inestabilidad, generaría también una estructura social basada en una incipiente jerarquización, con elites guerreras en lo más alto de la pirámide de control. 

A partir del siglo sexto antes de Cristo, en todas las tierras altas de la meseta, se desarrolla la cultura celtibérica. Caracterizada principalmente por la adopción del hierro para el armamento, y por la aparición de una estructura gentilicia, menos rica que su predecesora del bronce, pero muy semejante con las que aparecen en el mismo tiempo en Europa central, norte de Italia, y sur de Francia. El urbanismo de la construcción de los nuevos poblados, evoluciona en grandes oppida. Pueblos amurallados y cerrados para su defensa frente a otros invasores o enemigos. 

Los mayores conflictos a los que se enfrentaron los carpetanos, fueron contra los cartagineses. De hecho, el propio Anibal utilizó mercenarios carpetanos para atravesar los pirineos. Si bien es cierto, estos abandonaron al cartaginés antes de llegar a las montañas que dividen Hispania de las Galias. Al parecer, la superstición que entre ellos existía acerca de dioses que vivían en las montañas, fue un impedimento para que se atrevieran a cruzar los Pirineos junto al general de cartaginés.

Tras las batallas existentes entre cartagineses y carpetanos, estos quedaron prácticamente anulados como pueblo a la llegada de los romanos. Siendo en algunas ocasiones aliados de estos, y en otras, aliados, cuando no absorbidos, por sus vecinos vetones de la Vetonia 

La primera campaña que dirigió Anibal contra los carpetanos fue contra la tribu ibera de los Olcades, aliados al sur de los carpetanos. Este ataque se ha interpretado tradicionalmente como una venganza de Anibal contra el rey celta Tagus. Ya que su hermano Asdrubal murió a manos de un sirviente de él que a su vez vengó a su señor de Asdrubal. Pues este mandó crucificar al rey celta, de quien las crónicas de la época que nos han llegado, lo describen como un noble y valiente guerrero. Parece ser que en esos tiempos Olcades y Carpetanos eran aliados, aunque previamente habían sido enemigos temporales. Tagus protagonizó una rebelión contra ellos, motivo por el que fue castigado por Asdrubal. 

En la entrada del siguiente año (220 a C) Anibal inicia una campaña a través del sur de la meseta que le llevó hasta el territorio de los vacceos donde conquisto Helmantike y Arbucala (Toro). Fue a su vuelta cuando un gran ejército carpetano salió a su paso con la ayuda de los supervivientes vacceos, algunos olcades  y posiblemente vetones mercenarios. La batalla fue conocida como la "batalla de Tajo", al ser el escenario de la sangrienta batalla. 

Tito Livio entre otros cifra el ejercito carpetano en 100.000 hombres, si bien parece exagerado y hoy se estipula la cifra de 40.000 como más aproximada a la realidad. Sea como fuere debió de ser un número importante de guerreros para aquella época.

La batalla no salió bien para el bando "celtiberico" ya que Anibal consiguió una aplastante victoria gracias a la estrategia de aprovechamiento del entorno y a su caballería, la cual se impuso con superioridad a las tropas celtas hispanas que se basaban mayoritariamente, por no decir con total exclusividad, en la infantería. El mundo carpetano no volvió a levantar cabeza tras esta derrota, y aun cuando en los siguientes años siguieron los conflictos puntuales con la rebeldía de los carpetanos como protagonistas, nunca supusieron ya una verdadera amenaza para el dominio cartaginés desapareciendo poco a poco.

Los romanos combatieron también contra los carpetanos, si bien estas guerras coincidieron con los intentos de expansión de otras poblaciones indoeuropeas de la zona contra la Carpetania, buscando en última instancia la alianza con los romanos por parte de estos para sobrevivir. Alianzas que perduraría en el tiempo hasta las guerras lusitanas, llegando los carpetanos a ser en sus últimos años, un pueblo completamente romanizado. 

Dentro de ese contexto y Gracias  tito Livio, conocemos el nombre de uno de sus caudillos militares,. Turo o Turus. Caudillo de unos cuarenta años de edad que vivió las guerras celtibéricas y las primeras guerras púnicas contra los cartagineses. Tito Livio nos dice de él:

(..) "Marchó después de vuelta a Alce y comenzó el asedio de aquel lugar. Al principio los habitantes resistieron los asaltos, pero cuando se vieron atacados por máquinas de asedio además de por armas, dejaron de confiar en la protección de sus murallas y se retiraron todos a la ciudadela. Por último, enviaron emisarios poniéndose ellos y todos sus bienes a merced de los romanos. Aquí se capturó una gran cantidad de botín, así como muchos de sus nobles, entre los que se encontraban dos hijos y la hija de Thurro. Este hombre era el régulo de aquellos pueblos, y con mucho el hombre más poderoso de Hispania. Al enterarse del desastre a sus compatriotas, mandó a solicitar un salvoconducto para visitar a Graco en su campamento. Cuando llegó, su primera pregunta fue si se les permitiría vivir a su familia y a él. Al responderle el pretor que sus vidas estarían a salvo, le preguntó, además, si se le permitiría luchar del lado de los romanos. Graco también le concedió esa petición y él le dijo: "Te seguiré contra mis antiguos aliados, ya que ellos no han querido tomar las armas para defenderme". A partir de entonces, estuvo junto a los romanos y en muchas ocasiones sus valientes y fieles servicios resultaron útiles a la causa romana. (..)


Parece que debido a una traición de sus propios aliados, quienes no movieron un dedo en su defensa cuando este la necesito contra Roma, fue la causa por la que el líder carpetano decidió poner a sus hombres al servicio del imperio contra los que fueron viejos aliados. 

Thuro vivió alrededor del 179 antes de Cristo en la Carpetania bajo la conquista romana. Estando sus acciones bélicas más cercanas a la primera parte de las guerras celtibéricas. Por los textos sabemos que tenía varios hijos, concretamente dos y una hija que fueron capturados por Graco. Causa por lo cual se especula con la edad del líder militar, suponiendo que rondaría los 40 o 45 años. Habría nacido por tanto cerca del 225 antes de Cristo, viviendo durante su infancia, luchas entre carpetanos y cartagineses. 

Los carpetanos no eran un pueblo que tuviera una organización militar o estructural basada en el centralismo que giraba en torno a una ciudad grande o rey. Por lo que hace pensar que Thuro era más bien un caudillo militar, que aglutinaba varias facciones guerreras independientes de la propia Carpetania.

No puede por tanto considerarsele un caudillo o jefe de todos los carpetanos, sino de un grupo en concreto de ellos, que protagonizaron una rebelión contra Roma. No obstante la importancia o carisma del líder fue notable entre todos sus compatriotas, pues como veremos más adelante, la decisión de alianza de este con los romanos fue secundada por toda la nación.

la conquista romana del interior de la meseta se hizo como política de guerra preventiva. Algo muy propio de los romanos. Estos internaron las legiones en las mesetas para prevenir posibles ataques de los bárbaros contra las ricas regiones de la actual Andalucía. La campaña duró 14 años y se desarrolló en dos fases. La primera de las campañas como es obvio, marchó contra la ciudad más importante de los carpetanos, Toletum. Se buscaba controlar la ciudad y el curso frontera del Tajo. 

la segunda estuvo más centrada en evitar que los pueblos de más al norte; vacceos y celtiberos, atacaran las tierras ya controladas por Roma. Realmente el control del imperio se centraba casi exclusivamente aun en el sur de Carpetania, las tierras de Toledo con frontera sur del Tajo. Todo el norte seguía siendo una zona bajo control militar vigilante, pero no dominada. En esas zonas aún había grandes extensiones de terreno vírgenes que escapaban al control real del imperio. 

Todas esas tierras estaban bajo una especie de protectorado indígena de las tríbus celtíberas de la meseta superior. Una muestra de que la Carpetania ya no era esa "potencia" que se describió en las primeras guerras púnicas, y que resistió el avance de Anibal. Ahora las naciones estado carpetanas necesitaban de la ayuda de los celtiberos para seguir siendo libres ante Roma. 

Y si bien no se tiene certeza absoluta, parece que ésta fue la causa de la enemistad de Thuro contra sus compatriotas. Ya que cuando Graco inició acciones de castigo contra sus tierras, los celtiberos rechazaron auxiliar la ciudad de Alce, donde se refugiaban los hijos de Thuro. El motivo de ello se desconoce en realidad, aunque se supone que el destacamento celtibero para defender la zona no era suficiente ante las marchas de las legiones de Romanas.

Esta ofensa debió de molestar mucho al caudillo carpetano, quien lo consideró una terrible traición, posicionándose como ya hemos comentado anteriormente, al lado de los romanos para combatir a los celtiberos.

La decisión y del peso de Thuro entre los suyos, parece era notable, ya que desde ese momento toda Carpetania, la dominada por el imperio situada al sur del rio Tajo, y las "salvajes" tierras al norte de este río que vivían libres de romanización, secundaron la alianza de Thuro con Roma, posicionándose del lado romano. Desde ese momento las acciones militares que sufriría Carpetania no vendrían ya de manos romanas, sino de los pueblos norteños de la meseta norte, y de los vetones, quienes pasaron a ser enemigos que atacaban y saqueaban las ricas y fertiles tierras de las vegas Carpetanas en busca de botín, y posiblemente como política de desgaste al imperio extranjero, que iba ganando terreno y amenazaba con dominar sus tierras.  

Si bien Turo fue quizás el líder carpetano más conocido, no fue el único, pues la historia también ha inmortalizado el nombre de Hilernus, a quien Tito Livio nuevamente da categoría de Rey. No obstante, y siendo honestos, en este caso no puede detallarse con certeza, si Hilernus fue carpetano, o líder de alguna facción o tribu celta que existía en la zona. Fueron tiempos donde los Galos realizaron campañas mercenarias apoyando a los celtas hispanos, y donde en algunos casos se asentaron, e incluso lideraron pueblos celtiberos, como es el caso de Vismarus y sus campañas de saqueo contra la Andalucia romana.

De cualquier forma, parece que el Hilernus congregó un número importante de celtas hispánicos en las inmediaciones de Toledo, con la finalidad de frenar el avance de Marco Fulvio. Vaceos, Vetones, carpetanos, y arévacos se unieron para detener al romano, si bien la unión no llegó a buen fin, pues el ejercito celtibérico fue derrotado por las legiones romanas, e Hilernus capturado por el imperio, sin que se supiera posteriormente que ocurrió con su vida. 

Con ello concluye el paso por la historia del pueblo carpetano, quienes tras su conquista y dominación romana, desaparecen para formar parte del mundo civilizado que llego con la civilización del imperio romano. 

Alvar Ordoño

¿Y SI HALLOWEEN NO TUVIERA ORIGEN CELTA? / EL ORIGEN INDOEUROPEO DE LA N...

sábado, 10 de febrero de 2024

Guerrero aristócrata celtibérico del siglo II

Desconozco de quien es este dibujo, pero lo cierto que es que esta bastante acertado. En el se recrea un guerrero aristocrático celtibero de la zona de la meseta central. Pertenece al siglo II antes de Cristo, y porta una lanza con regatón, cuchillo biglobular y espada de tipo la Tene I, modificada con elementos ofensivos.

Igualmente sobre su cabeza lleva un casco celtiberico, también conocidos como Hispano calcídico, un kardiphilax y caetra como elementos defensivos.

De adornos porta una fíbula de torrecilla, una hebilla, ambas de bronce, y dos virias o brazaletes que podrían ser de bronce. 

Llama mi atención la recreación de los pantalones. Algo que a mi modo de ver debería de ser común en aquellos tiempos de alguna u otra forma, para protegerse del frio y de las hiervas altas del campo. Curiosamente muy poco representados cuando se dibuja celtiberos, u otras poblaciones del hierro hispánico. 

Igualmente las rastrojeras o winingas.. las protecciones femorales que tiene atadas a las espinillas. Algo propio de la alta edad media, pero que igualmente, supongo que debería de ser habitual en otras épocas. 

martes, 4 de abril de 2023

Los orígenes paganos del mito del hombre lobo. Desde los cazadores del paleolítico y las cofradías guerreras indoeuropeas, hasta las leyendas de nuestros días.

Desde épocas inmemoriales, el ser humano ha intentado por medio de la magia y la mística, adquirir el poder de los animales salvajes que tenía a su alrededor. No en vano los primeros dioses de la humanidad no fueron antropomorfos, sino zoomorfos. En su libro: Historia de las creencias y de las ideas religiosas, el filosofo e historiador rumano Mircea Eliade, experto en el mundo antiguo y las religiones prehistóricas, nos cuenta como ya entre los paleantrópidos era frecuente recurrir a elementos propios de los animales para representar a sus dioses o espíritus de la caza.

Por ejemplo en la caverna francesa de Trois-Freres se puede apreciar una escena que ha sido interpretada como un hombre danzante disfrazado de bisonte, el cual, toca una flauta a modo de instrumento musical que ayudaba a los participantes en su viaje espiritual dentro de la supuesta ceremonia ritual representada en las paredes de la caverna del paleolítico.

La interpretación parece convincente, pues en el arte rupestre se conocen otras 55 figuras de seres humanos cubiertos de pieles, recreando posibles ceremonias religiosas, dentro de las cuales los danzantes, magos o sacerdotes, intentaban asimilar atributos de los animales mágicos a través del uso de sus pieles, cornamentas o garras.   

De ellos, posiblemente el más conocido sea el “Gran Mago” de Trois-Freres. Figura grabada sobre una pared, que mide unos 75 cm de alto. El dibujo de Breuil lo representa con cabeza de ciervo provista de amplia cornamenta, pero con rostro de búho, orejas de lobo y barba de rebeco. Los brazos parecen terminar en zarpas de oso, y ostenta una larga cola de caballo. Tan solo los miembros inferiores de la figura, el sexo y su posición de danzante, nos indican que se trata de una figura humana.

Los primeros dioses que tuvo la humanidad, fueron dioses relacionados con la caza y la supervivencia en la naturaleza

Tradicionalmente este elemento ha sido interpretado por los arqueólogos y antropólogos como un “señor” de los animales, o un hechicero de las poblaciones europeas del paleolítico. El elemento animal, estaba presente en la espiritualidad humana ancestral, pero no solo en su aspecto religioso, sino también en su condición de cazador.

Los cazadores de las tribus paleolíticas y mesolíticas, recurrían con frecuencia a ceremonias chamanicas mediante las cuales pretendían adquirir la fuerza, fiereza o efectividad de los depredadores que admiraban y con los que convivían, tales como osos, lobos, leones…

Respecto a esto, nuevamente Mircea  Eliade nos cuenta en referencia a los rituales religiosos chamánicos del paleolítico. 

(..) Como ya hemos observado, parece atestiguado en el paleolítico el éxtasis de tipo chamanico. Ello implica, por una parte, la creencia en un “alma” capaz de abandonar el cuerpo y de viajar libremente por el mundo. Y por otra parte la convicción de que durante ese viaje se puede reconocer el alma de ciertos seres sobrehumanos, antepasados, y animales a los que pedirles ayuda o bendiciones. El éxtasis chamánico implica además la posibilidad de “poseer” los cuerpos de los seres humanos, es decir, de penetrar en ellos, así como la de “ser poseídos” por el alma de un muerto o de un animal, por un espíritu o por un dios (..) 

En el peleolitico era común la creencia animista de la trasmutación de las almas. En dichas tradiciones el brujo podía contactar en el mas allá con el alma de los animales, y hacer que estos poseyeran el cuerpo de los hombres transformandolos en cazadores sobrenaturales. 

Para facilitar este tránsito entre el mundo de los vivos y el de los espíritus, el chaman, o el cazador, se vestían con atributos propios de los seres invocados; cornamenta, plumas, huesos, o pieles.

Tras ello, y acompañados por el brujo de la tribu, se iniciaba una ceremonia ritual al compas de tambores tantricos, donde el chaman acompañaba a los cazadores en el viaje espiritual. Este llamaba a los espíritus de los animales para que poseyeran el alma de los hombres con la finalidad de ayudarles en la caza. 

En dichas ceremonias conocidas como “danzas  circulares” (Mircea Eliade / Historia de las creencias y de las ideas religiosas / ritos, símbolos y creencias entre los cazadores paleolíticos). Los cazadores entraban en trance ayudados por los sonidos rítmicos del tambor. Y vestidos con pieles de lobos, osos o leones, se ponían a cuatro patas, olisqueaban el suelo, rugían, gruñían, enseñaban los dientes y aullaban.

Ya no eran humanos, eran una manada de lobos, y se comportaban como una manada de lobos, copiando sus técnicas de caza y su valentía frente a animales potencialmente superiores en fuerza a los hombres, como ciervos, bisontes o jabalíes. 

Las pieles utilizadas en dicho ritual, ya no eran más que un elemento mágico mediante el cual, el cazador adquiría la fuerza de su espíritu protector. Eran su amuleto para entrar en el mundo de los espíritus.

Con el paso del tiempo el mundo de los cazadores dio paso al mundo de los hombres modernos que basaban sus sociedades en la agricultura. Las sociedades de cazadores dejaron de tener peso en el mesolítico, comenzando a tener más importancia las ciudades fortificadas que defendían sus zonas agrícolas de los ataques de animales o de otros humanos.

Posiblemente ese fue el punto en el que nacieron los guerreros, al transformarse los viejos cazadores en defensores de sus territorios, a la par que asaltantes y ladrones de los recursos de pueblos foráneos en caso de necesidad.

No obstante, a pesar de que el mundo había cambiado en el mesolítico, las tradiciones religiosas no cambiaron, simplemente se adaptaron y modificaron a los nuevos tiempos. Así pues desde la edad del bronce, pasando por la era del hierro, y continuando en la edad media, muchas creencias primitivas se mantuvieron bajo nuevas perspectivas contextualizadas a los tiempos que corrían.

Los dioses o espíritus de la caza fueron dejando de tener peso en las ceremonias humanas según los hombres fueron siendo sedentarios. Al trabajar y esperar frutos de la tierra, la necesidad hizo que los humanos incorporaran una divinidad de la fertilidad, una diosa madre. Fue en ese momento cuando la Diosa tierra y el matriarcado comenzaron a ganar importancia frente a los dioses de la caza de la primera edad de piedra. 

Tradicionalmente se ha interpretado esta época, como un tiempo de paz entre los humanos. Cosa que desmiente el historiador Yuval Noah en su libro Sapiens: De animales a dioses. Un maravilloso libro que recomiendo a todo el mundo, en el que Yuval nos describe distintos episodios de violencia propios del mundo paleolítico.  

Igualmente Yuval nos cuenta el proceso en el que el hombre comenzó a ser “avaricioso” con la llegada de las ciudades, la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento de los recursos previos a la fabricación y producción de elementos. 

(..) Una de las pocas leyes rigurosas de la historia, es que los lujos tienden a convertirse en necesidades  y a generar nuevas obligaciones. Una vez que la gente se acostumbra a un nuevo lujo, lo da por sentado. Después empiezan a contar con él. Finalmente llegan a un punto en el que no pueden vivir sin él (..)

la primera vez que se crea un culto religioso a la fertilidad de la tierra, naciendo en consecuencia las diosas madres propias del matriarcado previo a los indoeuropeos. Fue cuando el hombre primitivo dejó de cazar y recolectar para pasar a ser sedentario y agricultor. 

El lujo y la vida lujosa, fue el germen de la evolución humana hasta nuestros días. Por un lado nos facilitó la vida, pero por otro nos encadeno para siempre a un estilo de vida basado en la depredación de los recursos naturales, llegando incluso a crear guerras para anexionar tribus de cara a aumentar nuestras posesiones, con el objetivo de tener mayor poder y lujo que el pueblo vecino. 

Igualmente el hombre agricultor del mesolítico, domesticó a los animales salvajes que antes pastaban en grandes rebaños para no tener la necesidad de cazarlos. Nuevamente Yuval nos cuenta como fue este proceso. Los humanos amansaron a las fieras cazándolas y permitiendo durante generaciones que solo los más mansos se reprodujeran. De esa forma los genes de los más dóciles se perpetuaban en detrimento de los genes más salvajes aptos para la supervivencia en un entorno natural.  

El mundo había cambiado, pero el espíritu de los cazadores paleolíticos ahora convertidos en guerreros, no… Los ritos iniciáticos mediante los cuales los hombres pretendían adquirir cualidades animales se mantuvieron. Ciertamente no ya destinados a cazar presas para comer, sino a “cazar territorios” que incorporar a sus reinos, o tribus, que dieran más poder (lujo) a los señores y reyes junto a sus cofradías guerreras.

En todo ello jugó un papel fundamental un nuevo concepto cultural humano introducido por los pueblos indoeuropeos y turco mongoles… el culto a la guerra y al heroísmo solar.
Eliade nos dice sobre este proceso…

(..) Muchos milenios después del triunfo de la agricultura se hará sentir todavía en la historia el ideario del cazador primitivo. En efecto, las invasiones y las conquistas de los indoeuropeos y los turco-mongoles se emprenderán bajo el signo del cazador por excelencia, el animal de presa. Los miembros de las cofradías militares (Mänerbünde) indoeuropeas, y los jinetes nómadas de Asia central se comportan con respecto a las poblaciones sedentarias, a las que atacan, como animales de presa, que cazan, dan muerte y devoran a los herbívoros de la estepa o al ganado de los establos. Numerosas tribus indoeuropeas y turco mongoles tenían como epónimos a los animales de presa, especialmente al lobo, y se consideraban descendientes de un antepasado mítico teriomorfo. Las iniciaciones militares  de los indoeuropeos implicaban una transformación ritual en lobo: el guerrero ejemplar se apropiaba del comportamiento del animal de presa. (..) 

(..) Por otra parte, la persecución y la muerte de una fiera se convierte en el modelo mítico de la conquista de un territorio (Landnáma) y de la fundación de un estado. Entre los asirios, iranios y turco-mongoles, las técnicas de caza y las de la guerra se parecen tanto que llegan a confundirse (..)

Mircea Eliade (Historia de las creencias y de las ideas religiosas CAP – El descubrimiento de la agricultura – mesolítico y neolítico - La herencia de los cazadores paleolíticos)

Vemos pues, como desde finales de la edad de piedra, con la llegada de pueblos indoeuropeos a Europa, y turco-mongoles a Asia, el concepto ritual del cazador y su creencia ancestral basada en la idea de poder ser poseído por el alma de los grandes depredadores, se adaptó a los nuevos tiempos, incorporando el ideario de la caza a la guerra. Este sería uno de los comienzos del mito del hombre lobo, cuyo máximo exponente en la edad media serían los ulfhednar escandinavos, y los berserk nórdicos. 

El historiador Gonzalo Rodríguez García, nos intenta explicar la admiración que desde el presente se tiene por la cultura “vikinga” o más bien escandinava, de la siguiente forma. Para él, tal admiración se debe a lo ancestral de dicha cultura. Lo “vikingo”, lo escandinavo, no es más que el último exponente en Europa de la supervivencia arcaica de la cultura indoeuropea y de los pueblos de la edad del hierro. Es nuestro yo más primitivo que sobrevivió al mundo moderno medieval representado por el cristianismo. El hombre moderno de nuestros días, encuentra inconscientemente en lo “vikingo”, un referente cultural que nos une con ese pasado ritual, mitológico e identitario que todos tuvimos en la edad del hierro.

En la edad media ya no había celtas, ni celtiberos, ni iberos, ni griegos ni romanos.. Sus culturas originales y puras habían desaparecido. Pero en el norte y Este de Europa, aun se mantenían pueblos ajenos al desarrollo del mundo moderno. Pueblos que vivían anclados en ese periodo cultural que todos compartidos en la edad de piedra, basado en mitologías, tradiciones y rituales inmemoriales. 

En la era de Vendel, y dentro del mundo proto vikingo. Son comunes las representaciones de guerreros transformdos en hombres lobo, como parte de una proto creencia en los ulfhednar alto medievales de escandinavia

Y precisamente fue en ese entorno, donde el culto a las pieles, y a la trasmutación de las almas como elemento mágico y sagrado, se perpetuó por medio de los ulfhednar y Berserker. 

Muy posiblemente el origen del mito escandinavo se encuentre en una descripción que hace Tacito sobre el pueblo de los Harios en su Germania. De ellos nos resalta su aspecto salvaje y tenebroso. Destacando por su fuerza física sobre los demás pueblos de la Germania. Portan escudos negros, lanzas, y pintan sus cuerpos de piel blanca con pintura negra para combatir por la noche como un ejército de muertos.

Las tribus atacadas eran fruto del pánico al ver a estos guerreros asaltar sus aldeas en total oscuridad. Consiguiendo un aspecto aterrador y místico sobrenatural, aderezado por la pintura negra que cubría sus cuerpos en contraste con sus cabellos, barbas rubias y sus ojos azules. 

Los Harios de Tacito, son un ejemplo de guerreros sobrenaturales de la edad del hierro, cuya tradición mística seguramente se encuentra en los viejos rituales cazadores de los hombres del paleolítico y mesolítico. Si bien, incorporando ya una influencia del culto a la guerra propio de los indoeuropeos. Siendo seguramente un precedente de la edad del hierro de los Ulfhednar y berserk alto medievales. 

Según el escritor romano Tacito, en su libro la Germania.. los guerreros Harios pintaban sus cuerpos de negro para aterrorizar a sus enemigos. Atacando poblaciones durante la noche entre gritos y ruido ensordecedor. 

De los Ulfhednar sabemos que eran guerreros lobo. Guerreros nórdicos que utilizaban las pieles de esos animales salvajes para entrar en un trance guerrero, pensándose poseídos por el espíritu de la bestia. Con ello pensaban combatir mejor, ignorando incluso los cortes de las armas enemigas. Por el contrario los berserk, eran básicamente lo mismo pero con el elemento oso como vinculo mágico. 

En ambos caso el uso de pieles era determinante como amuleto que les otorgaba una condición sagrada. Ni el ulfhednar, ni el Berserk, podían entrar en el trance sin la piel del animal invocado. 

En la saga de los Volsungos, tenemos un episodio relevante para el contexto, dentro de  la historia de Sinfljotli, quien junto a su padre roba unas pieles de lobo a unos viajeros. Las pieles estaban malditas, y al ponérselas, estos, adquieren  la cualidad de hombres lobo. Como vemos las tradiciones alto medievales escandinavas, están aun estrechamente ligadas con las creencias de los pueblos germánicos de la edad del hierro. 

En las sagas nórdicas tenemos cientos de ejemplos de “hombres lobo”. Otro ejemplo lo encontramos en la saga de Egil Skallagrimsson, donde se nos habla de un guerrero llamado Ulf, que siendo un poderoso señor de tierras, por las noches se volvía irritable y temible, diciéndose de él que podía cambiar de forma a voluntad. Recibiendo entonces el apodo de Kveld-Ulf, que significa “lobo nocturno”.

Para Gonzalo García Rodriguez (LOS CELTAS HEROES Y MAGIA. La cultura guerrera de la Hispania celtica) Estos “hombres lobo” alto medievales, serán el origen del mito de los hombres lobo del folclore moderno. Un mito que se extiende por todo el viejo continente, de norte a sur, y de este a oeste.

En la península ibérica tenemos ejemplos múltiples recogidos en la obra de Pablo Ruiz bajo el titulo de Hombres lobo y otros depredadores de la mitología. De ello hablaremos más adelante. Ahora vamos a centrarnos en los mitos religiosos relacionados con el lobo que hay en la península, y que nuevamente deberíamos de contextualizar como creencias religiosas arcaicas en la edad del hierro, procedentes del mundo paleolítico y del chamanismo del guerrero / cazador.

Lo cierto es que tanto en la Hispania celta como Ibera, tenemos numerosos ejemplos mitológicos girando en torno al lobo como figura sobrenatural. Apiano nos habla de heraldos celtiberos vestidos con pieles de lobo, sin ninguna duda como un atributo mágico religioso. En la estela cántabra de Zurita, se puede apreciar un ritual funerario relacionado con el más allá. Donde dos guerreros vestidos con pieles de lobo, velan a un cadáver caído en batalla que es devorado por buitres. Aquí nos encontramos con el caballo como símbolo de las elites guerreras, y a los “guerreros lobo” como símbolo de la hermandad sagrada, la männerbünde, la cofradía de soldados hermanados en la mística del más allá.

Los vetones de Segovia y Avila tenían a los Lupercum, los celtiberos a los Vailicon, del celta Vailos (lobo).  Silio Italico nos habla sobre los jinetes celtiberos de Uxama, descritos con “caras y fauces de fieras”. Plinio nos describe un ritual celtibérico que consistía en beberse el cerebro del oso cazado o sacrificado para obtener la fiereza de este. En Cubillas de Cerrato hay una estatuilla donde se aprecia un jinete hispano portando en sus manos una cabeza de oso con la que posiblemente se cubriría su cabeza. Los lusitanos de Viriato entraban en combate agitando sus cabellos largos, a la par que aullaban y gritaban, según la descripción de Apiano. Y el clan cántabro de los Orgonomescos, parece recibir el nombre de un “frenesí guerrero” similar al espasmo de furia de los Berserker vikingos. 

El culto a las cofradías guerreras indoeuropeas en la península, se extendió durante la edad del bronce hasta la edad del hierro. Como puede apreciarse en esta idealización de la estela de Zurita. Donde dos guerreros celtiberos portan pieles de lobo como símbolo de su condición de guerreros sagrados o consagrados al lobo.

Para Gonzalo García, estas referencias simbólicas a los lobos de las tribus celtiberas, tienen una relación directa y mística con el dios celta hispano Vaelico.

(..) Este nombre (Vaelico) derivará del radical celta Valios que significa “lobo” y “aullador”, lo que indudablemente nos pone frente a un dios del que podemos decir que estaría íntimamente relacionado con la figura del lobo . (..) 

Teniendo presente todo lo que ya hemos señalado respecto a ritos de iniciación y magia guerrera, y respecto a la figura del lobo y la licantropía, resultará sugerente pensar que este dios Vaelico sería precisamente una divinidad de las männerbünde, un tipo de dios relacionado directamente con el mundo de las fratrías  guerreras y sus ritos y creencias.

Gonzalo García Rodríguez (LOS CELTAS HEROES Y MAGIA – pag252 – Vaelico, el dios lobo de las männerbünde – CAP Magia guerrera y la figura del lobo).

Igualmente el escritor vincula el culto al dios lobo celtibero Vaelico, con el dios Galo Sucelus. Divinidad nocturna de los celtas franceses, que cubre su cabeza con una piel de lobo, y del cual algunas tribus galas se consideraban descendientes.

Sobre Vaelico, hay algunas curiosidades relacionadas con la geografía y la toponimia de los lugares donde se han encontrado algunas de las más importantes aras dedicadas al dios. Una de ellas por ejemplo, se encuentra en una ermita situada en un paraje llamado Postoloboso (Avila), haciendo referencia a la figura del lobo. Y como segunda curiosidad tenemos, que la ermita está consagrada al santo apócrifo San Bernardo de Candela. Un santo al que se le invoca para curar el mal de la rabia. Enfermedad que estaba estrechamente relacionada con los perros y lobos en la edad media. 

Todos sabemos que el proceso habitual de los lugares cristianizados, se basa en asentamientos donde previamente había un santuario pagano. Por lo cual es muy posible pensar que la ermita fuera levantada donde previamente existió un santuario a Vaelico. Puede incluso que un lugar relacionado con rituales de hermanamiento guerrero en la edad del hierro. Y que la santificación posterior dedicada a San Bernando de Candela, fuera una forma de “proteger” el lugar, que antaño fue centro de culto a  los “hombres lobo” de las “männerbünde” celtibéricas, a Vaelico, convertido en diablo con la llegada del cristianismo a la zona

Coincidencias como estas, o simples curiosidades, nos hacen pensar realmente que Vaelico pudiera ser realmente la divinidad de las cofradías guerreras celtibéras, las cuales se vinculaban espiritualmente al lobo en los tiempos de la edad del hierro hispánica. Unas hermandades guerreras que tendrían un aspecto sobrenatural al vincularse con divinidades del más allá. Haciendo de sus integrantes guerreros “sagrados” o “místicos” a los ojos del resto de habitantes de la tribu, incluso a ojos de otros guerreros. Siendo similar a la tradición alto medieval vikinga de los Berserker. De quienes se pensaba que eran guerreros seleccionados por el propio Odin. 

Si esta teoría fuera real,  tendríamos nuevamente dos culturas alejadas geográficamente, que tendrían una raíz común. No solo por su ascendencia indoeuropea, sino por su tradición paleolítica cazadora. Por raro que parezca, la tradición sagrada de vincularse a un dios de la guerra o dios lobo, por medio de rituales sagrados entre escandinavos, germanos y celtiberos, tendría un origen común en los albores de la edad de piedra.  

Tras la cristianización de Europa, gran parte de los mitos, leyendas y tradiciones paganas, no desaparecieron, sino que fueron asimiladas por la religión monoteísta bajo una nueva cosmovisión. Así pues los “hombres lobo” de las cofradías guerreras, pasaron a ser criaturas fruto de la brujería y de los pecados de los hombres.

Seguramente el culto al "hombre lobo" entre las sociedades de la edad del hierro indoeuropea hispana, se vinculaba con el dios celtibero Vaelio, de la raíz celta europea Valios, cuyo significado era lobo. 

En el ya mencionado libro de: Hombres lobo y otros depredadores de la mitología, su autor o autores, nos desarrollan un estudio sobre el mito desde la edad de piedra hasta nuestros días. Transcribiendo distintas leyendas hispanas del siglo 19 que tienen como protagonistas hombres o mujeres lobo.

El mito del que mana todo el romanticismo gótico, se centra en el llamado “renacimiento del hombre lobo” procedente del siglo XII. Un estudio de Gerald de Gales de Tubiry y Willian de Auvergne. El primer ejemplo de Licantropía romantizada lo encontramos en el poema de Bisclavret de Marie (1160 – 1215). Un cuento bretón en el que un noble se transforma en hombre lobo, y no puede regresar a su forma humana al robarle las ropas su amante. En el cuento, el lobo necesita su atuendo de humano para regresar a su forma original.

Cabe destacar que el mito de la transformación en un lobo antropomorfo, es moderno, pues en origen, y basándonos en las leyendas antiguas, el hombre lobo, o los guerreros lobo de la edad del hierro, no se transformaban en lobos humanos. Simplemente adquirían cualidades de estos, o se transformaban en lobos directamente.

Sea como fuere, lo cierto es que los mitos modernos del cine y la literatura gótica, inevitablemente tomaron influencia de las leyendas populares del siglo XVIII y XIX. Las cuales a su vez eran una herencia adaptada a los nuevos tiempos de cuentos medievales y renacentistas, que a su vez procedían de tiempos anteriores que se remontaban a los ya mencionados rituales chamánicos del paleolítico. 

En España existen numerosos casos de hombres lobo dentro del folklore cultural del siglo 19. Tenemos por ejemplo el caso de Juan Soriano “el lobero”. De quien las actas del santo oficio nos dicen que tenía el poder de dirigir a voluntad las manadas de lobos. Pudiéndose transformar él mismo en hombre lobo por medio de un pacto con el diablo. 

O las mujeres de Lastra (sierra del Guadarrama), de quien se decía que eran muy robustas, poco atractivas, y velludas. De allí en concreto existe una leyenda sobre una mujer lobo que se recoge en el libro de: Hombres lobo de Ion Ander Ramirez. Cuentan que vagaba por los bosques de la sierra carpeto-vetonica solitaria y empobrecida. Aullando como poseída en las noches de luna llena,  aterrorizando a las gentes de las aldeas.

Pullman sugiera sobre esta leyenda, que podría tratarse de una variación popular de “la serrana”. Cuento que nos habla de una mujer diabólica que seducía viajeros a los que devoraba y mataba.

En la propia Galicia tenemos una leyenda recogida por el profesor de antropología Mariño Ferrero llamada “la maldita comedora de carne”. Lo curioso de esta leyenda, es que la mujer lobo en cuestión, es castellana, o al menos reside en Castilla. La leyenda nos cuenta como una chica es muy aficionada a comer carne, y su padre la lanza una maldición a causa de la cual se convierte en mujer lobo. Al final del cuento, de regreso en Castilla, cuenta su aventura a sus amigas de siega, diciéndoles no haber tenido pena de los estragos que hizo en Galicia. Tan solo de un niño al que devoró, sintiendo que mientras lo despedazaba, este la miraba con inocencia.

A este respecto decir que en la tradición española el encantamiento del hombre lobo, puede producirse por hechizo, o por casualidad de nacimiento o herencia. Por ejemplo comer carne en cuaresma, rompiendo un tabú cristiano. También por ser el séptimo hijo varón ininterrumpido. O por dormir en una madriguera de lobo una noche de luna llena, comiendo donde comen los lobos, y bebiendo de los ríos en los que beben los lobos.

En cualquier caso, una característica hispánica, o creencia folklorica para romper la maldición, era eliminar o quemar la piel del lobo que causaba él hechizo. Así lo vemos, entre otros ejemplos, en la leyenda de Ahigal de Caceres. 

Nuevamente nos topamos con el simbolismo de la piel del que ya hemos hablado en los rituales paleolíticos y alto medievales de los berserk. La piel como el elemento mágico, o el amuleto que servía de conexión sobrenatural entre el hombre y el espíritu del animal que tomaba posesión del hombre. Y cuya creencia supersticiosa sobrevivió de alguna u otra forma hasta el siglo 19 en España y resto de Europa. 

Desde la edad media, y bajo la condición de la cristianización de Europa. El mito del hombre lobo siguió vinculado a las creencias populares, pero ya mas dentro del ámbito de la demonología y la brujería. Aun cuando su raíz seguía estando en las sociedades cazadoras peleoliticas, y cofradías guerreras indoeuropeas. 

En nuestra península son muy conocidos los Lobisomes gallegos, o el Llubu home asturiano, quizás menos conocido es el Lobo hechizado castellano. Algunas de sus leyendas han sido recogidas por Carlos Villar en su artículo para la revista folklórica de la fundación Joaquin Diaz. De ellos los más destacados serían el del lobo hechizado de Villamanrique, o el de Almeida. En ambos casos los lobos hechizados no perdían la conciencia de serlo, ni se transformaban en lobos o bestias.. Simplemente desarrollaban algunas características sobrenaturales en su anatomía, como garras, exceso de pelo en manos o cara, colmillos, y otras cosas por el estilo. 

A lo largo de este articulo, hemos visto como la línea de la creencia del mito del licántropo se remonta hasta la edad de piedra. Teniendo su origen en las sociedades animistas cazadoras del paleolítico. Las cuales se transformaron en cofradías guerreras con la llegada de los indoeuropeos, y posteriormente en brujería o leyendas aterradoras bajo la influencia del cristianismo.

Igualmente hemos teorizado sobre el posible motor espiritual religioso vinculado a las mänerbünde celtiberas relacionado con el culto al lobo celta hispano, el dios Vaelico. Aceptando como muy posible, que entre los pueblos indoeuropeos de la península, existieran cofradías guerreras entregadas al espíritu del lobo, igual que existían en la alta edad media nórdica.

Sin ninguna duda cada vez que hacemos referencia al mito del hombre lobo en un libro, o película de terror. Debemos de contextualizar el fenómeno, sabiendo que en realidad nos estamos remontando a una tradición antiquísima, que ahonda sus raíces en nuestro pasado más atávico. Un tiempo en el que  todos nosotros no éramos más que cazadores en busca de presas. Buscando en la magia, la religión y la espiritualidad, esa ayuda del mundo animal, que necesitábamos para comer y sobrevivir en una naturaleza hostil. 

ALVAR ORDOÑO (investigador histórico, y editor de los blogs: LA ERA DEL HIERRO, HISPANIA DE LOS VIKINGOS E HISPANIA BARBARORUM)