He hablado muchas veces de las festividades castellanas de las Mascaradas invernales. Unas fiestas de las cuales, incluso hice un video bastante interesante, a pesar de que casi no ha tenido visitas. Aún así, y estando emparentadas directamente, pocas veces he dedicado tiempo para hablar de otras festividades de mascaras carnavalescas españolas. Una de ellas, es la Baixada de Marelam en Galicia.
Se realiza en el corazón de Redondela, allí donde las rías dibujan una geografía de agua y montes suaves, cada año la Baixada de Marela irrumpe en el calendario como un estallido de color, música y memoria compartida. No es solo una fiesta: es un gesto colectivo, una forma de contarse a sí mismos quiénes son y de dónde vienen.
La celebración suele tener lugar a finales del verano, cuando el calor empieza a aflojar y las noches invitan a quedarse en la calle. En ese momento del año, cuando el ciclo agrícola tradicional ya ha dado sus frutos y la comunidad se permite un respiro, la villa se transforma. Las mascaradas desfilan entre risas y tambores, los disfraces exageran rasgos, caricaturizan personajes y convierten la plaza en un escenario abierto. Todo parece espontáneo, casi improvisado, pero en el fondo late una tradición que hunde sus raíces en formas antiguas de celebración popular.
Porque, aunque la Baixada de Marela tenga una formulación contemporánea, su espíritu conecta con algo mucho más antiguo en Galicia: la cultura de la máscara. Desde el Entroido rural hasta las comparsas satíricas, la máscara en el noroeste peninsular ha sido históricamente un instrumento de inversión simbólica. Quien se cubre el rostro deja de ser individuo para convertirse en personaje; puede decir lo que normalmente callaría, puede exagerar defectos colectivos, puede reírse del poder o de sí mismo. Antropológicamente, estas prácticas han funcionado como válvulas de escape social, momentos ritualizados en los que el orden cotidiano se suspende para reforzarse después con más fuerza.
La “baixada”, esa bajada festiva que da nombre a la celebración, también tiene una dimensión simbólica: descender juntos, ocupar el espacio público, fundirse en una identidad compartida. Es un movimiento físico que representa otro más profundo, el de volver a la comunidad, reconocerse en ella y celebrarla. Así, entre música, ironía y disfraces, la Baixada de Marela se convierte en un espejo alegre donde Redondela se mira cada año y se reafirma, no como postal turística, sino como pueblo vivo que transforma la tradición en presente.








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