domingo, 14 de junio de 2026

Los íberos y la cuestión genética: continuidad biológica y diversidad cultural en la Hispania prerromana (últimos estudios genéticos)

Desde que apareció la genética en la arqueología, son constantes los cambios que observamos en la historia. Tambaleando en muchas ocasiones, los cimientos y conceptos sobre los que habíamos asentado nuestras creencias por décadas e incluso siglos. 

Hace poco ví una noticia referida a la genética de los iberos, un estudio bastante interesante, que pone al traste muchas de las cosas que se creían. Y aun cuando bien es cierto, que todos estos conceptos deben de ser tomados con cautela, pues ya de por si el estudio genético realizado, suele estar reducido a poblaciones considerablemente pequeñas de población ( en este caso 54 individuos), si que valen para tener una nueva idea o aproximación sobre cual podría haber sido la genética de las poblaciones ibéricas del noroeste peninsular. 

Y es que durante décadas, la historiografía tradicional presentó a los pueblos prerromanos de la Península Ibérica como entidades étnicas claramente diferenciadas. En esa visión clásica, los íberos aparecían como poblaciones autóctonas preindoeuropeas asentadas en la fachada mediterránea, mientras que celtas y celtíberos eran interpretados como pueblos invasores de origen indoeuropeo llegados desde Europa continental. Sin embargo, los avances recientes en arqueogenética están modificando profundamente esta interpretación, mostrando un panorama mucho más complejo y matizado.

Un estudio publicado en 2026 y difundido por medios especializados como La Brújula Verde sostiene que las poblaciones íberas del noreste peninsular mantuvieron una notable continuidad genética durante aproximadamente seis siglos, a pesar de su intenso contacto con fenicios, griegos y posteriormente cartagineses. El análisis de ADN antiguo procedente de diversos yacimientos arqueológicos reveló que la composición biológica de estas comunidades permaneció relativamente estable desde la Primera Edad del Hierro hasta la romanización.

Esta conclusión resulta especialmente significativa porque contradice antiguas hipótesis que interpretaban la aparición de la cultura ibérica como consecuencia de migraciones masivas procedentes del Mediterráneo oriental, incluso planteando que los iberos fueran pueblos del mar, o exiliados de Egipto. 

Los datos genéticos actuales indican, por el contrario, que los íberos fueron esencialmente descendientes de poblaciones locales que habían habitado la Península desde épocas anteriores. La influencia fenicia y griega existió, y fue enorme en términos culturales y económicos, pero no implicó un reemplazo demográfico sustancial.

No obstante, uno de los aspectos más interesantes de estos estudios es que muchos de los individuos analizados portaban el haplogrupo paterno R1b, un linaje asociado a las migraciones esteparias de la Edad del Bronce que transformaron genéticamente gran parte de Europa occidental entre el III y II milenio a.C. Este dato tiene implicaciones importantes para comprender la verdadera naturaleza de las poblaciones ibéricas.

Tradicionalmente se había tendido a identificar lo “preindoeuropeo” con una supuesta continuidad genética neolítica o paleolítica, diferenciada de las poblaciones célticas posteriores. Sin embargo, la arqueogenética moderna demuestra que esta asociación resulta simplista. La expansión de poblaciones con ascendencia esteparia y linajes R1b afectó a buena parte de la Península Ibérica, tanto a regiones posteriormente celtizadas como a aquellas que desarrollaron culturas no indoeuropeas.

En consecuencia, íberos y celtíberos probablemente compartían una base genética relativamente similar. Ambos grupos descendían en gran medida de poblaciones mezcladas surgidas tras las migraciones de la Edad del Bronce. Las diferencias entre ellos no eran tanto biológicas como lingüísticas y culturales. Mientras los celtíberos, y poblaciones de las mesetas indoeuropeas (celtas) hablaban lenguas célticas, mantenían cultura celta y tenían dioses celtas, claramente indoeuropeas, los íberos conservaron una lengua no indoeuropea cuya filiación exacta sigue siendo discutida. Del mismo modo, sus estructuras sociales, sus formas urbanas y sus influencias culturales divergieron notablemente, estando el mundo ibero mas influenciado por el mundo mediterraneo y pre indoeuropeo en su aspecto cultural y artistico (no genético) 

La cultura ibérica se desarrolló en estrecho contacto con el Mediterráneo colonial. Fenicios y griegos introdujeron sistemas de escritura, redes comerciales, nuevas formas artísticas y modelos urbanos que transformaron profundamente las sociedades indígenas de la costa oriental y meridional de Hispania. Sin embargo, esta mediterraneización cultural no implicó necesariamente una sustitución poblacional. Los íberos adoptaron elementos culturales externos mientras mantenían una continuidad biológica esencialmente local.

Este fenómeno no es excepcional en la historia humana. Numerosos pueblos han cambiado de lengua, religión o cultura sin experimentar grandes alteraciones genéticas. El caso de los íberos demuestra precisamente que genética y cultura no son categorías equivalentes. Compartir determinados linajes biológicos no implica hablar la misma lengua ni poseer la misma identidad colectiva.

De hecho, el propio concepto de “pueblo” en la Antigüedad debe entenderse de manera mucho más flexible de lo que sugerían las interpretaciones nacionalistas del siglo XIX. En parte porque en aquellos tiempos, el pueblo o los estados nación, no estaban tan ligados a la territorialidad de un lugar, como al parentesco étnico y racial que tenían sus gens entre ellos. Así pues, por ejemplo en el tema de los iberos.. hablaríamos de distintas tribus que ocupaban un territorio amplísimo, pero que por su semejanza física, cultural, étnica, linguistica, fueron llamados todos ellos con el nombre de Iberos por cartagineses, griegos y romanos. Pueblos extranjeros todos ellos, que si observaron semejanzas entre los habitantes de una zona que mantenían parentestco étnico y cultural entre si, a pesar de formar parte de tribus distintas.  

En este contexto, la Península Ibérica prerromana aparece cada vez menos como un mosaico de razas separadas y más como un espacio de interacción continua entre comunidades emparentadas biológicamente pero diferenciadas por sus tradiciones culturales y lingüísticas. La llegada de Roma sí produjo posteriormente un cambio demográfico mucho más intenso, incorporando poblaciones procedentes de múltiples regiones del Mediterráneo y favoreciendo una integración genética a gran escala dentro del Imperio.

Los nuevos estudios arqueogenéticos no eliminan las diferencias entre íberos y celtas, pero obligan a reinterpretarlas. Más que pueblos radicalmente distintos desde un punto de vista biológico, probablemente fueron sociedades vecinas surgidas de una base poblacional común, que evolucionaron de manera diferente según sus contactos culturales, sus lenguas y sus procesos históricos particulares. Seguramente las poblaciones iberas de las costas mediterraneas no dejaban de ser "hispanos" emparentados con los celtiberos del interior mesetario, desde la propia llegada de las oleadas de yamnayas a Iberia. Momento en el que el mundo pre indoeuropeo desaparece paulatinamente, ante el empuje de los guerreros indoeuropeos llegados de las estepas. Algo que afecto por igual en mayor o menor porcentaje genetico tanto a iberos como a celtas de las mesetas y norte peninsular. 

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